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Eduardo Roldán

ENFASEREM

Obsesión trabada

El asesino en serie es un producto tan genuinamente americano como la Coca-Cola. Pueden rastrearse ejemplos en la Edad Media y aun antes, y es Jack el Destripador, tan londinense como el Big-Ben, quien, a finales del XIX, define las características del tipo; pero es en EEUU donde el tipo termina por conformarse, pues el asesino en serie es también un producto del capitalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial, de la bonanza tranquila y suburbana de los años 50. La clase media se ha asentado en un ocio sostenido de centro comercial y barbacoa de domingo, y es en este clima color marengo donde termina por brotar el tedio y, como reacción eventual, el deseo de rebelión: la fiebre de los 60, los paraísos artificiales —mentales antes que materiales— y el empeño por abolir fronteras. El problema con los accesos vertiginosos es que los efectos de la resaca del despertar se ven multiplicados. En EEUU puede datarse ese despertar abrupto en las noches del 8 y 9 de agosto de 1969, con los asesinatos TateLaBianca, si bien estos no presentan las características atribuibles al asesino en serie —para empezar, se cometieron en grupo y fueron puntuales—, y ya con las muertes de Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy el sueño se había visto enturbiado, y confirmado que la de JFK no había sido una desgracia aislada y superable.

El asesino autodenominado Zodiac cometió su primer crimen —o el primero que dio a conocer— poco más de un mes antes que la familia Manson, en el patriótico 4 de julio: una pareja de jóvenes que se habían echo a un lado de la carretera para disfrutar de un rato de intimidad nocturna en el coche. ¿Por qué ellos? Esta es la gran novedad de los asesinatos en serie: la esencial banalidad de los mismos. El modus operandi de Eichmann durante el genocidio nazi no tenía nada de banal; quizá fuera un hombre gris, un mero tornillo sustituible en la máquina de muerte, pero la máquina tenía un propósito muy claro, y estaba programada para producir la máxima eficacia. Paralelamente, en los asesinatos de los Kennedy y Luther King —y en los de Tate-LaBianca— había motivos específicos (también en los de Jack el destripador: el ser prostitutas), además del peso simbólico-social de las víctimas. ¿Pero que tenía esta pareja que los hiciera especiales? Nada: estaban simplemente en el lugar equivocado en el momento equivocado; se introduce pues el azar en la ecuación de muerte, y con él la banalidad, la arbitrariedad. Y con ellas, la paranoia. Lo que contamina y espesa la labor policial, que a su vez se ve inmersa en un territorio desconocido, con muchos de los referentes que había manejado hasta ese momento obsoletos o insuficientes. En Zodiac, la cacería del asesino corre así paralela al signo de los tiempos, que ella sintetiza y además contribuye a forjar: el fin súbito del flower power, la paranoia creciente de los 70, la revolución conservadora reaganiana que adormece todo compromiso social.

Y David Fincher, en una apuesta de riesgo mayúsculo, opta desde el comienzo por centrarse en la investigación, sin desviarse ni del orden estricto de los hechos ni del <<impacto emocional>> que estos puedan tener, por escaso que este sea; lo que vemos es pura fenomenología de los sujetos y de las instituciones, pura observación del desarrollo de la pesquisa periodístico-policial: los cruces de llamadas telefónicas entre los cuatro distritos con competencias jurisdiccionales en el caso, cada uno con sus propios intereses; el cómo filtrar la catarata de telefonazos a comisaría que aseguran tener información sobre el asesino; la imposibilidad de hacer llegar un documento porque una de las jefaturas carece de fax y toca enviarlo por correo…; ni siquiera los diálogos resultan deliberadamente ingeniosos (aunque son magníficos, y sí están puntuados con ribetes de humor ocasional). Hay una escena ilustrativa en este sentido, cuando el inspector principal y el caricaturista que investiga por su cuenta coinciden en una sala de cine en que proyectan Harry el Sucio (basada en los crímenes de Zodiac); el inspector ha salido a fumar un purito, el otro le pregunta por la película y él se encoge de hombros con un resoplido y dice: <<Nada de procedimiento…>>, y se despide. Traducción: <<Así cualquiera, tomándose uno la justicia por su mano como hace el bueno de Clint…>>. Porque él tiene no solo un pálpito sino también media huella dactilar, un reloj modelo Zodiac, una huella de bota militar del mismo número y alguna evidencia más… que no bastan para que pueda llevar al pálpito ante el jurado.

Esta fidelidad férrea al procedimiento —y más en un metraje por encima de las dos horas y media— exige, so riesgo de incurrir en el tedio, una puesta en escena sin una fisura, no solo en el pulso del tempo narrativo, componente central y más delicado. Fincher no muestra ninguna. En muy pocas películas <<basadas en hechos reales>> el participio se halla más cerca de la realidad: el nivel de detalle con que las épocas son recreadas es tan minucioso como acertada la decisión de no subrayarlo.

Pero con todo, Zodiac es en primer lugar una película de personajes, cuyo tema central es la obsesión. Zodiac se cobra las víctimas materiales, y luego otras, colaterales, que son los principales actores en el caso: el caricaturista, que una noche llega a casa y se la encuentra huérfana de esposa e hijos; el inspector principal, quien ve cómo su compañero de siempre le anuncia de un día para otro que ha solicitado el traslado para poder disfrutar de su familia, y quien no puede, como el seguir llevando pajarita y patillas de hacha a finales de los 80 apunta, sacudirse el lastre del pasado, cerrar el caso en su mente por mucho que afirme lo ha hecho; y el reportero, abocado a una espiral sin fondo de alcohol, drogas y deudas, obligado a dejar el San Francisco Chronicle por un periódico de tercera en Sacramento. Víctimas todas marcadas para lo que les resta de vida, conscientes de que su recuperación nunca será ni mucho menos plena, y siempre abierta a la recaída.

La cinta finaliza en el año 91, más de dos décadas durante las cuales el caso se va enfriando, sin llegar a cerrarse en todas las jurisdicciones. La escena final relata la entrevista de la única víctima superviviente que pudo ver el rostro a Zodiac. Su resolución no supone ningún conejo abracadabrante a la manera de Seven, el superviviente se limita a señalar a quien su memoria, después de todos estos años, le grita es el asesino. Y sin más, el film funde a negro y aparecen los rótulos finales que informan, escuetos, sobre el destino de participantes y del caso: de manera tan sobria la posible sorpresa sobre la identidad del asesino, el motor de la obsesión que ha hecho girar toda la rueda, se ve reducida a un dato más.

Film de múltiples estratos, con el tiempo Zodiac ha adquirido (o terminará por adquirir) la condición de hito que pocos supieron detectar en el momento de su estreno.

(La sombra del ciprés, 22/5/2020)

@enfaserem

 

Ficha del film

Tít.: Zodiac

Año: 2007

Dir.: David Fincher

Ints.: Jake Gyllenhaal, Mark Ruffalo, Robert Downey Jr.

Estados Unidos, drama, color, 158 mins.

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Sobre el autor

Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.


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