Acaba de finalizar el torneo de candidatos al título mundial de ajedrez y la cobertura informativa en los medios españoles ha sido, como suele, entre famélica y nula. Torneo calificado ya por los expertos como uno de los cinco o seis mejores de la historia, a la altura de aquel mítico de Linares del 94, y que ha terminado con la victoria del Mozart noruego del ajedrez, Magnus Carlsen, nuevo aspirante al título y cuyos precoces logros se suponía iban a sacar al ajedrez del gueto de elitismo en que se empeñan en condenarlo quienes no han jugado nunca. Pero que si quieres. El ajedrez sigue viéndose como una actividad hermética y sobre todo aburrida, una excentricidad ociosa para raritos que no saben en qué dar, cuya posible enseñanza ni siquiera cruza fugazmente por las cabezas de los encargados de proyectar los planes de estudio. Se discute mucho si Educación para la Ciudadanía sí o Educación para la Ciudadanía no, cuando el ajedrez es una vía mucho más directa, fiable y atractiva para enseñar todos esos valores ―respeto a las normas y a las formas, actitud crítica, independencia de pensamiento, paciencia― que se supone se pretende con la citada materia y en general con la educación primaria y secundaria (aparte de desarrollar otros valores en un plano estrictamente intelectual). Ya dijo Camus que todo lo que había aprendido de ética lo aprendió como portero de fútbol: el deporte como escuela de vida. En España tenemos la suerte de contar con el circuito de torneos más importante del mundo, de que varios grandes maestros estén afincados aquí ―campeón del mundo incluido hasta hace poco―, y tenemos la desgracia de que a nadie le importe un rábano. Tenemos pues la base, que es lo más difícil de adquirir. Pero esperar a que surja un Carlsen ibérico para implantar el ajedrez en la escuela es como esperar a que surja un Lincoln kantiano que solucione los delirios nacionalistas.
(El Norte de Castilla, 4/4/2013)