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jorgepraga

Hoy empieza todo

Los jóvenes turcos

No sé cómo habrá ido a parar la ‘Nouvelle vague’ al centro cívico Vicente Escudero. He oído que se pretendía la difusión por los barrios de la Seminci, pero poca difusión y menos barrio me parece lo logrado. Seguimos en el cogollo Calderón-Manhattan (que a mí me viene de perlas). Además el salón del centro cívico suele proyectar en DVD, con lo que me olía una traición digital a los amantes por excelencia del celuloide. De la duda me sacó el conserje, que ante mi pregunta sobre el tipo de proyección respondió tajante: “Es en super ocho”. No me vio muy convencido de ese formato doméstico, así que me llevó a la cabina, y ante el moderno aparato de 35 mm. concluyó: “¿Lo ve cómo es en super ocho?”.
En el vestíbulo la espera se entretiene muy bien con los paneles sobre los ‘Cahiers du cinéma’. Los textos, las fotos del grupo de amigos. Lo primero que me llama la atención es la delgadez que arrastraba el grupo. Menús de postguerra. A André Bazin, el padre espiritual, siempre me lo había imaginado gordo; había proyectado sobre él la imagen del orondo Jean Renoir. Pero es el más flaco de todos, con enormes y salientes orejas y con una sonrisa fácil que desnuda la dentadura gastada. A los demás ya se les casa con su personalidad futura en estas fotos de juventud: Rohmer el cerebral, Chabrol con aspecto de burgués vitriólico presto a autodiseccionarse, Truffaut con el entusiasmo resplandeciendo en su cara, Rivette refugiado en la sonrisa de sus ojos. El que frena un poco el empuje del grupo es Godard, con aspecto de seminarista. ¿Fue su cine tan serio como se muestra él aquí? Había risas en su ‘Detective’, en su ‘Week-end’, y en todas siempre desenfado. Parece que Godard es tímido, ya lo era entonces.
Hay dos fotos que me llevaría a casa si pudiera, como el protagonista de ‘La noche americana’ que sueña con robar carteleras de cine. Las dos protagonizadas por François Truffaut. Una es la de su boda con la hija de un productor, previsible amor de un cinéfilo. Ese día (1957, no había debutado en el cine, no era más que un crítico) consiguió que asistiera nada menos que Roberto Rossellini, y que posara con los novios; luego publicó la fotografía en Cahiers. En la otra imagen aparece con Alfred Hitchcock, que le está presentando a una productora. Hitchcock rodea con su brazo izquierdo la espalda de Truffaut, la mano sobre el hombro, y se lleva la derecha, bien abierta, al pecho, en un gesto que dice: “Éste es el hombre, apuesto por él, comprometo mi mano y mi corazón.”
Qué pasión por el cine rezuman las fotos, y no digamos los textos, empeñados hasta las cejas en su política de autores, en su defensa de ciertos nombres y en el descrédito de otros muchos. Uno de los más amados, Nicholas Ray, tal vez intrigado por ese amor que no recibía en ninguna otra publicación, entró de incógnito en la redacción de la revista a pedir el favor de una llamada telefónica. Usó el teléfono, echó una mirada a aquellos chavales, y se marchó. Ninguno le reconoció.

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