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jorgepraga

Hoy empieza todo

Tarde sin suerte

La promesa de la tarde era ‘Bigger than life’, de Nicholas Ray, cuyo título está sin traducir porque nunca llegó a estrenarse en nuestro país. Una película de Ray, amada además por los apasionados críticos de Cahiers, no puede defraudar. Pero la promesa no se cumplió. Recibí una invitación de los patronos de este rincón para que asistiese a la Sección Oficial y respirase un poco de su aire selecto, y allí que me fui al teatro Calderón a la hora en que Ray se presentaba por el Centro Cívico de la plaza de San Juan. Diferencias.
Los alrededores del Calderón están permanentemente animados. A cualquier hora hay gente por allí, y además, como el tiempo colabora como si lo hubiera sobornado Javier Angulo, te puedes sentar en la grada de la acera de enfrente para observar mejor esa agitación. También hay una cola estabilizada, gente inmóvil que aguarda con fe a que la taquilla le deje algunas sobras de abonados y madrugadores. En ella destacaba una madre con el niño dormido en la silla que, la verdad, me enterneció. Cuánta cinefilia. Si tengo que decirlo todo, paso por los soportales del teatro con cierta irritación. Y es que no puedo esquivar en la cabeza la pregunta del millón, es decir, dónde se mete esta ingente y apasionado tropa de aficionados a partir del domingo, por qué prescinden del cine casi el resto del año, por qué han dejado morirse de soledad joyas como ‘Let’s Get Lost’, el documental de Bruce Weber sobre Chet Baker. Tal vez no sea el mejor ejemplo, ya que llegó a nuestras pantallas y lo disfruté, pero su penuria de taquilla atemorizará a los empresarios para futuros retos.
¿Y la película? ‘Adam’, Adam a secas. El mismo día se proyectó otro Adam, ‘resurrected’, firmado nada menos que por Paul Schrader, y que confío ver en su estreno comercial. De la que me tocó no conocía al director, ni a los actores, y, en fin, pronto me olvidaré de ellos. Es una película comercial con la veta resultona de un discapacitado a la manera de ‘Forrest Gump’, una comedia romántica, como reza la publicidad, bien enmarcada en un Manhattan de turistas en que se sale por la noche a Central Park a ver mapaches, y con un vestuario heredado de alguna película fallida de Woody Allen. Un telefilm de domingo por la tarde para quien quiera pasar la modorra de la comida frente al televisor (con el sonido bajito, que la música es apabullante y digna de Richard Clayderman). No sé con qué criterio ha llegado al Festival. Quien la haya dado paso no le aplicó ningún filtro de riesgo, ni de novedad, ni de representación de movimientos o cinematografías en dificultades financieras o comerciales.
La gran pena es que las películas del ciclo de la ‘nouvelle vague’, a diferencia de las demás, se ponen sólo una vez, sin repetición. Me quedé sin Ray. Como dicen en mi familia, te cayó bien.

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