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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Los carmelitas del Henar

Adalberto tenía 11 años cuando ingresó en el convento carmelita del Santuario del Henar. Tres años antes, en 1924, la orden se había instalado en el recinto abandonado y en estado de ruina en tierras cuellaranas. Aire lo dieron para convertirlo en un complejo habitable, al que llegó el joven con el honor de ser el primero de la villa en ingresar. Adalberto tenía 20 años cuando le asesinaron un mes después del comienzo de la guerra civil; fue fusilado en las tapias del cementerio madrileño de Carabanchel Bajo, junto a otros siete carmelitas.
Daniel ingresó en un seminario en Villarreal (Castellón) con tan solo 14 años, en 1927. Su hermano Aurelio siguió sus pasos al año siguiente y con tan solo 12 se marchó al mismo lugar. Vivían en Vallelado, donde su madre había llegado en 1918 para ejercer de maestra tras enviudar por segunda vez. Las dificultades de la época y la firme amistad con los Padres Carmelitas del Henar, sitio al que acudía la familia con frecuencia, despertó la vocación de los jóvenes. Su trayectoria religiosa y, por supuesto, vital fue cortada de raíz también en la noche del 17 de agosto de 1936, en la que fueron fusilados junto al camposanto de Carabanchel, cuando contaban con 23 y 20 años de edad.
Desde su traslado en 1950, los restos del cuellarano Adalberto y de Daniel y Aurelio, los hermanos valleladenses de adopción aunque no de nacimiento –llegaron a la localidad segoviana cuando tenían 5 y 2 años de edad– permanecen en el  Santuario del Henar. Junto a ellos yacen los otros jovencísimos cinco carmelitas, también víctimas de la trágica época que les tocó vivir y de las balas de los milicianos. Una lápida les recuerda en el interior del templo cuellarano. Y en 2013 fueron beatificados.
La historia es una de tantas que jalonaron esos años de barbarie. Hoy se la cuento –o se la recuerdo, si ya poseían conocimiento de ella– con toda la prudencia de la que soy capaz para no despertar el incomprensible odio que algunos aún llevan consigo. Y también les hago viajar en el tiempo porque sin pretenderlo los segovianos Adalberto, Daniel y Aurelio  y sus cinco compañeros han cobrado protagonismo como consecuencia de otra forma de crueldad: la estupidez.
La resurrección de estos infortunados religiosos les llegó de la mano del Ayuntamiento de Madrid que, en un ejercicio de ignorancia, les convirtió en noticia al quitar la placa que recordaba su fusilamiento a la entrada del cementerio donde se produjo el crimen. Lo hicieron invocando la Ley de Memoria Histórica y dentro de un paquete de varias actuaciones muchas de ellas de dudosa legalidad y coherencia con la Historia. Rectificaron con el argumento de que fue un error, aunque más bien parece que la marcha atrás es a causa del ruido mediático.
La placa la han vuelto a colocar en su sitio. Y los carmelitas descansan en paz en el Henar. Todo correcto después de la imbecilidad o el fallo, lo que cada uno de ustedes quiera pensar, que esto sí es una democracia para que haya división de opiniones sin peligro de muerte. Pero a mí me huele que no será la última tontería o error que cometan con el asunto. Mucho me temo que pretenden que la guerra de nuestros abuelos sea de buenos y malos, cuando lo evidente es que lo malo fue la guerra en sí. Y si no, recuerden a los pobres carmelitas del Henar.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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