He tratado de resistir como un jabato, de no claudicar ante lo inevitable. Son ya muchas lunas las transcurridas desde que decidí no rendirme ante la avalancha. He tenido tentaciones, lo reconozco, pero he sabido pararlas. Incluso he aprendido a domesticar los arrebatos, esa reacción que se hubiera justificado con que soy humano. Pero, de verdad, no puedo más, el continuo martilleo me supera y voy a dar un paso adelante. Hablaré del asunto para que nadie me descare por la calle y suelte un ‘Rojas que no te mojas’, algo que me dolería.
Sí, voy a escribir de la corrupción. Suelo evitar el tema porque siempre he pensado que hablar de si alguien roba es un viaje a ninguna parte, una forma de autoengañarnos y no intentar resolver otros problemas. Porque estarán de acuerdo conmigo en que lo que hagan los Bárcenas de ahora o los Roldán de hace dos decenios poco nos afecta a nuestra vida; que lo que se hayan llevado a manos llenas y a paladas no soluciona nuestra inquietud por el desempleo, la lacra de nuestro entorno, o la guerra y la hambruna, que son los males de otros lugares algo más lejanos.
Que la amargura eventual transformada en insatisfacción permanente que padecemos sin excepción, del niño al anciano, en esta sociedad tan desarrollada como estúpida no es por culpa de los corruptos, que se cuentan por miles a tenor de los datos judiciales. No nos engañemos que son unos árboles –podridos, eso sí, y que hay que podar e, incluso, talar– que nos impiden ver el maravilloso bosque que formamos la mayoría, bobalicones pero honrados. Ya ven el motivo para no hablar de ello, de mi tenaz aguante ante los cientos de conversaciones sobre el asunto que se han cruzado en mi vida durante estos años. Sin embargo, terco de mí, he procurado eludirlo como si tuviera alguna relación con esa nómina de malditos amantes del dinero sucio.
Porque es cierto que no nos dejan centrarnos en otros problemas más importantes y en hallar soluciones, pero también es una realidad que esta maraña frustra que disfrutemos de cosas que carecen de doblez. Por ejemplo, nos ha impedido, y es una pena, volcarnos a todos los españolitos en el centenario de Cervantes que, a pesar de los intentos de última hora, pasará sin pena ni gloria para la mayoría. No han machacado con ello, tan ocupados como estábamos en hacer política grosera donde solo y únicamente la corrupción parece la preocupación. Y es incierto, ya les digo, por lo que a mí se refiere y seguro que también respecto a muchos de ustedes, porque no es lo que más nos intranquiliza. Que me tiene sin cuidado, quien de los cuarenta ladrones de Alí Babá o de los dos que crucificaron junto a Cristo robó más.
Quiero descansar del gran asunto y volver la mirada aquí al lado para ver que hay gentes y proyectos que merecen la pena. Quiero hablar del nefrólogo Rafael Matesanz o del atleta Javier Guerra; también del rico judión de La Granja, de la empresa Copese, de la Federación Empresarial Segoviana y del Huercasa Country Festival, todos premiados con los galardones de la Diputación de Segovia y que dan un respiro en esta pesada atmósfera. Siento referirme tan poco a ellos y tanto al asunto que odio. Pero prometo que hago acto de contrición y no lo volveré a hacer más, frase que por cierto nunca dicen los corruptos.