Ya están aquí. Apenas quedan tres días para que de nuevo volvamos a abrir nuestros brazos para recibir otra campaña electoral. Qué pereza, pensarán, aunque por verlo desde el lado optimista decía mi padre que esto del debate político era muy bueno para los jubilados, que así estamos tan entretenidos.
Sí, ameno es para nuestra población envejecida, algo de lo que sabemos mucho en esta tierra. Un poquito de política, aderezada con algún cotilleo nacional y todos ensimismados en la España vacía. Y además en esta ocasión podemos mezclar los conceptos porque quién no conoce a alguien que se presente para concejal de su pueblo. Todos, sin excepción. Es lo que tiene que haya más de ocho mil municipios.
Entretenidos estaremos pues hasta final de mes con la cosa de la mixtura de política y cotilleo y con el rabillo del ojo miraremos que ha hecho el primo que iba en no sé qué lista, porque ahora se ha vuelto rojo. Y si se pega un guantazo diremos que ya lo decía yo, que mucha tradición en ese partido no había en la familia. También cotillearemos del vecino, al que auguraremos una decepción en su primera vez ante las urnas.
Luego, pasadas las elecciones, analizaremos qué ha pasado para que mi primo, una gloria de la economía, o mi vecino, un tipo con oposición, se hayan dado esa galleta y no les haya votado ni su familia. Déjenme que les explique algo de primer curso de elaborar listas y que ya no tiene remedio: los candidatos –su primo o su vecino– han de ser de familias largas para sumar votos. Ah y bien avenidas, que este primo solo nos quiere para que le votemos y el vecino es un borde de libro.