Nuestra tendencia natural a la apuesta sigue intacta. Ni el afán moralista y su consecuencia prohibicionista de esta sociedad bobalicona pueden con el juego, que es el último mohicano de los vicios. Asados a impuestos y vetados en la publicidad, otras perversiones como alcohol y tabaco se baten en retirada, mientras apostar sigue bien visto, con suave o nula fiscalidad y con anuncios en todos los soportes mediáticos.
Y mientras al juego le llega su hora –que le llegará, no les quepa duda– pues nosotros al vicio, aunque sea a pequeña escala y de forma casera. Porque eso es lo que son las porras, apuestas de andar por casa a las que los Solchaga o Montoro de cada época no han podido meter mano, como hubiera sido su gusto. El ‘que te apuestas’ aún es virgen para la voracidad recaudatoria, por fortuna.
Por eso siempre encontramos un motivo para jugar. El último, las elecciones. En las generales gané la porra que hicimos entre compañeros del periódico y en estas municipales, en las de Segovia ciudad, espero, ladino que es uno, a que se acerque más el día para formular mi apuesta. No me atrevo antes, como comprenderán, vista la fragmentación del voto y la inflación de candidaturas. Parece más fácil adivinar el final de una serie de moda, que guardan bajo siete llaves, o la próxima ocurrencia de un hijo adolescente, antes que el resultado electoral en tu pueblo.
Hagan sus apuestas, que la ruleta gira en forma de porra democrática. No sé si quieren saber la mía, pero creo que no debo mostrar la patita, que luego en provincias todo se sabe. Puedo darles una pista: si usted y yo nos quedamos en casa el 26-M, al día siguiente los partidos pequeños también estarán en la suya, sin escaño. Apuesten en función de la participación prevista y es probable que acierten. Aunque, recuerden, la banca siempre gana.