Tanto estas elecciones, triples, como la situación política que vivimos dan para mucho. Enconadas y con la reencarnación suave de las dos Españas como atrezzo, estoy convencido de que mañana iremos a votar en masa, en cualquiera de los más de ocho mil municipios. A usted y a mí nos conviene hacerlo porque hemos interiorizado eso de que luego no tendremos derecho a queja.
Voto útil, no traicionar a mis ideas, cercanía con algún candidato o antipatía por otro son motivos que nos otorgan licencia para votar a quien nos salga de las narices y con el argumentario que nos dé la real gana, que diría José Luis López Vázquez. A nadie le importan los motivos y si nuestro sufragio se deposita con el corazón, con la cabeza, con las tripas o por mis razones con sálvese la parte; lo trascendente para los ciudadanos no elegibles es participar, porque ganar se reserva a los políticos.
«Personalmente, aceptaré lo que venga», que afirmaba el genial capitán Renault, prefecto de Policía en la eterna ‘Casablanca’, cuando el Mayor alemán le decía que por qué enfatizaba tanto lo de Tercer Reich y a continuación le preguntaba «¿acaso espera otro?». Si mañana votará el cínico personaje francés, seguro que lo haría por el caballo ganador y si no ganara, cambiaría de montura e iniciaría con el vencedor una hermosa amistad.
Por eso, sea cual sea el resultado derivado de las urnas, acepten lo que venga, que no es bueno permanecer cuatro años encendido. Que, de verdad, son buena gente, a veces algo distraídos, pero sin maldad. Acéptenles así; por salud.