Han pasado más de catorce años y aún recuerdo la escena con nitidez. Atravesaba los arcos del Acueducto con mi hija mayor de la mano después de recogerla en el colegio. Íbamos ateridos de frío en un enero muy segoviano, con la nena en su estado natural de protesta continua en sus benditos siete añitos.
De repente – ‘patatente’ en la que entonces era la lengua de la niña– oigo un «Jaime». Era David Rubio, secretario provincial del PSOE , que caminaba en compañía de Alfredo Pérez Rubalcaba, roto de frío en su delgadez. Repartían folletos para el referéndum de la Constitución Europea, que iba a celebrarse en breve. David me lo presentó y yo a ellos a la niña, que tiraba de mi brazo con fuerza y llevaba la cabeza embutida en capucha y bufanda.
-Mira Carol este señor es del Gobierno, de los que sale en la tele; dale un beso, por favor, expliqué a la criatura antes de que me arrancara el brazo.
Se quitó la bufanda de la cara y así pudo el hombre plantarla un par de besos, mientras le preguntaba si venía del cole.
Les deseé suerte en su tarea en una ciudad helada y desierta, sin apenas peatones a quien entregar los folletos, y seguimos nuestro camino. Pero la niña, ‘patatente’ de nuevo, se soltó de la mano y volvió hacia ellos para gritarles: «¡Y no quitéis ‘Ana y los siete’!».
Aún me acuerdo de su carcajada. Y seguro que cuando volvió en otras ocasiones a Segovia temió encontrarse con la impetuosa niña, porque la serie la suprimieron poco después.