Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 21 de abril de 2014
Resulta que lo volví a ver hace poco.
El reportaje de Jon Sistiaga No es país para mujeres me dejó francamente tocado la primera vez y todavía no alcanzo a comprender qué extrañas razones me empujaron a verlo de nuevo. Quizá quisiera ofrecer otra oportunidad a aquellas mujeres, aunque solo fuera para contarme de nuevo su miserable vida en un miserable país dirigido por castas de hombres miserables. ¿Quién sabe? Lo cierto fue que me volvió a generar ese sentimiento hacia los humanos, opuesto a la conmiseración, y del que últimamente no consigo despegarme.
Y si no sabe de lo que le estoy hablando solo tiene que buscar en Internet los reportajes que factura este irundarra de pelo cano; un periodista mayúsculo que, si aún conserva el pellejo, es por puro azar.
Le pongo uno con cuerpo, que lo va a necesitar.
Jon Sistiaga es de los que les gusta echar sal en la herida y, como este planeta le sobran llagas y pústulas, no le faltan lugares a los que viajar para alumbrar desde el terreno eso que a nadie le interesa siquiera mencionar.
Porque nos abochorna.
Así, acompañado por su inseparable cámara, el bonaerense Hernán Zin, ha recorrido Afganistán para mostrarnos como se sobrevive rodeado de bombas; en Argentina se jugó la cara –y no es un eufemismo– para denunciar eso que esconde el deporte rey; en Uganda nos invitó a un safari donde la pieza más cotizada es el homosexual; en la América del odio subrayó el racismo aún latente en la tierra de las libertades; en Somalia convivió con los señores de la guerra; y en Méjico se subió a los lomos de la bestia para viajar con los que no tienen más que sueños imposibles por cumplir.
Todo al alcance de sus ojos, si es que se atreve a enfrentarse con su reflejo, porque en los reportajes de Jon Sistiaga, salimos todos retratados.
Pero pruebe el vino, amigo, que ya cerramos.