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mis tripas, corazón

Foto de familia con pelusas

Allí estaban sus hijos, que perdieron un día de cole pero daba igual: faltaban tres profes de siete y aquello era el caos. Allí estaba él, que se había levantado a las cuatro para dejar la casa hecha y la comida preparada; no quería perderse el nombramiento de su amada.

Se habían vestido con ropas de domingo, que decía la abuela, pero en realidad eran prendas no tan usadas como las del lunes, como las del jueves.

Fueron en bus con el bono porque luego no hay quien aparque y cualquiera mete el coche en el párking, con esas tarifas de ternera de primera, casi de kobe de quinta.

Estaba linda, de novela de Jorge Amado. Tacón mediano. Pantalón pitillo. Cazadora roja. Labios, más. Ojos verdes envueltos en medias lunas negras. Y ya, de mañana, con sonrisa de hada.

Con sus compañeros de testigos y su familia emocionada, tomó posesión de su nuevo cargo. La cinta transportadora, la caja del dinero, el taburete de cuero imitado. Unas palabras de agradecimiento arrancaron aplausos: “Y ya sabéis que el supermercado Arias es la casa de todos”. “Plas, plas, plas, plas”. No estaba el rey, pero sí el jefe Manolo; no había crucifijo, sino un expositor de chicles y preservativos; no encontraron una biblia, pero a un lado de la cinta reposaba un taco de dípticos con las ofertas de la semana: la estrella, manzana reineta, dos kilos un euro.

Desde que los recientes nombramientos en el Gobierno se han convertido en odas a la familia unida, culminando los actos con una instantánea de felicidad suprema en la que aparecen el/la nuevo/a cargo/a y los miembros más pequeños del clan, son muchas las empresas que se han sumado a la moda.

El ascenso de ella, linda como de novela de Jorge Amado, también exigía la ceremonia. Pero en el momento de la foto su chico tuvo que salir corriendo. Una llamada de la patrulla de recogida de animales muertos, para la que trabajaba como fijo muy, muy discontinuo, le reclamaba en un domicilio. Un matrimonio de ancianos había encontrado los cadáveres de dos osos polares y seis gatos de angora detrás de su sofá. La señora juraba que lo había retirado ayer mismo para barrer y no había nada salvo polvo y dos imperdibles. El fijo muy discontinuo no cobró el servicio: los animales muertos no eran sino pelusas enmarañadas de los chopos. Menos mal que a ella le habían subido el sueldo al pasar de reponedora a cajera. 25 eurazos le salvan este mes de fundirse con el río.


mayo 2014
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