Aun con el semáforo a su favor, e incluso el viento de la tarde amanecida, ella tuvo que frenar su ímpetu de 30 por hora a cero con goma quemada de ruedas viejas para que cruzaran la gran avenida, de parte a parte, dos carteles de ‘No al aborto’ portados con orgullo y pasión por dos septuagenarias del Valladolid profundo que se cree sabio. Otro conductor parado en seco maldijo su parsimonia mientras se le encaraban agitando sus ideas estampadas en cartón, más otra que sacaron del bolso con el lema ‘Muerte al atropella-ancianas’. Ella, que había permanecido callada a su pesar, asomó los labios y dejó escapar una suave voz de urgencia por la ventanilla: “¿Se pueden apartar, por favor? Tengo hora para abortar”.
Para qué más.
A un toque de silbato, hordas de justicieros invadieron la estepa de sus sueños rotos y arrancaron bordillos y adoquines a falta de piedras rodadas. A ellos se les unió el conductor cabreado, defensor de una prole que dejó abandonada en su mercedes, vomitando mariscos de alta gama. Y llegó un grupo de mozos vestidos de peña, armados hasta los dientes con palos y lanzas creyendo que se les había despistado el último toro del último encierro del último verano.
Pegados a sus pantalones, algunos detractores del maltrato empuñando la palabra y unos pedazos perdidos de asfalto.
Una madeja (in)humana enmarañada. Una melé provida, proderechos, prodeberes, prodiós y protuberante. Una bola de dragón.
Cuando cesaron los gritos, salieron corriendo las septuagenarias. Huían portando una lanza con dos orejas colgando de un hilo de sangre. El resto arrastraba la razón destartalada fuera del campo de batalla.
¿Soldados o asesinos? Ella disipó las dudas al despertar de la anestesia: “Simples chicos de los recados a los que enviaron los del supermercado a saldar cuentas”. Había soñado con Coppola mientras le recomponían su materia. Politraumatismos, contusiones, conmoción e interrupción del embarazo. Nada que no se cure con un buen reposo. La destierran del hospital por falta de camas con una enorme sonrisa administrativa.
En un pequeño cuarto dos chavales la miran esperando la nada. Ella se retuerce entre sábanas de sangre con una carta de despido. Y el padre, ausente, en el infierno, por motivos de salud social. Los mismos por los que ella morirá tres días y mil dolores después. El batallón de los derechos envía una corona de flores y sus hijos meriendan esa tarde.