Fue el domingo. Andaba yo trajinando en silencio para no interrumpir el sueño de mis hijos: me gusta cuando duermen porque están como ausentes. Ese rato de sosiego matutino es impagable. También el de las once de la luna. Pues bien, recibí un guas de mi amigo Xavi desde Barcelona, donde también era domingo, qué cosas. Me adjuntaba una imagen de un campo repleto de flores silvestres y un comentario: “Para la mejor madre del mundo”. Sabe que me encanta la anarquía floral y otras anarquías y que si me hubiera enviado un perfecto ramo con lazo incluido, se lo habría devuelto. Y aun así le pregunté con socarronería (el guas admite modo irónico): “¿A quién se lo paso?”
Ya no tuve paz dominical en todo el día. No paré de darle vueltas a mi papel de madre, libremente elegido después de muchos años sin ningún instinto maternal, sin ninguna necesidad biológica de procrear, pero soy así: a veces sufro ataques de inconsciencia y me embarco rumbo a Venus a recoger niños perdidos, quizá algún gato.
Y no paraba de rondarme en la cabeza y en la boca del estómago eso de ‘la mejor madre del mundo’. ¿Hago mal por no aspirar a ese título ñoño? Y todo este soliloquio convertido en un runrún continuo y con el volumen al mínimo, para no despertarlos.
Me acordé de mi gatita gris. Llegó a mi casa ya preñada y le habilité en el patio un cajón amplio y con trapos suaves. El día del parto me estaba esperando a que llegara del trabajo. Cada vez que expulsaba un gatín-renacuajo, lo lavaba con mimo a lengüetazos y lo llevaba del cajón a mi regazo. Se lo devolvía con enorme cuidado para no romperlo. Por la noche, metí el cajón con la camada en el salón, para que no pasaran frío en pleno mes de julio y me quedé horas mirándolos recostada en el sofá, hasta el sueño.
Al día siguiente, con la espalda molida, soporté como pude ocho horas de ordenador en el curro y volví a casa deseando la cama. Gatita pasó esa noche subiendo hasta mi cuarto a sus crías. Una a una, dos pisos. Sobre mi cama. Oí sus maullidos como alfileres y las devolví al cajón. Dos o tres veces. Me venció el sueño y por la mañana allí estaban todos los renacuajos hechos un ovillo en mi colcha. Quizá la gata pensara que yo era la mejor madre del mundo, aunque no ella no recordara que había enviado a mis hijos de campamento quince días para no estar agobiada todo el verano.
A media mañana del pasado domingo, antes de que los niños invadieran la cocina de olor a cacao con cereales, tuve una conversación con Gatita sobre ser madres. Ni ella me aclaró mucho ni yo supe explicar contradicciones. Al rato, cuando el temblor del suelo nos indicó que bajaban a desayunar sus hijos y los míos, todos los nuestros, respiramos profundamente y ella me preparó un vermú largo con aceituna. Mientras, yo abría el ordenador y rellenaba el formulario para formar parte del llamado club de malas madres. Estamos admitidas.