A la tía Enriqueta le han restado varios lustros en el deneí tras su tratamiento rejuvenecedor a base de ajos sanjuaneros macerados con baba de lagartija. Fue un descubrimiento casual de Canela, una galga huidiza que el único esfuerzo que hizo en su vida perra fue tratar de espantar al reptil escamoso cuando le vio encaramado oteando la despensa desde el punto más alto de la ristra. No se sabe cómo, pero entre los zarpazos desganados del can y los escupitajos de la bestezuela reptante, los ajos produjeron tal efecto en Canela que, de tener la pila de años, acabó convertida en un cachorrito de apenas seis semanas y Enriqueta tuvo que darle el biberón.
A consecuencia de los hechos, anuló su cita con el cirujano estético que le había prometido juventud eterna a cambio de su pensión de un año, y se embadurnó con las ruinas del desastre de los ajos y cuya mezcla con los líquidos exudados y expelidos denominó L’ail détruit.
Y si Canela se había convertido en Canelita, Enriqueta se despertó con fragancia de moza florida y sin molestias punzantes en el lomo bajo. En el espejo del baño se encontró con Queti y todos asumieron su milagrosa migración a la mocedad.
No esperaba, a estas alturas, que le llegara una notificación para formar parte de la mesa electoral. Ella, debido a la edad del resto de los vecinos (el más joven acababa de cumplir 120), había sido designada como presidenta, vocal doble y suplente de todos ellos.
Reunidos los cincuenta habitantes y medio, decidieron no celebrar elecciones ya que, dos años atrás, arrojaron al pilón al alcalde al pillarle metiendo mano en el cajón y habían nombrado alcaldesa a la marrana del molinero, que imitaba a la perfección la firma –y las formas- del edil desterrado, pero no sabía abrir cajones.
Alegaron, además, que nadie del lugar se presentaba como candidato. Cuestión zanjada. Continuaron con su convocatoria de la gran final del campeonato de julepe para el domingo 24.
Durante los cuartos de final, a las 18 horas y seis minutos de la tarde amarillenta, se inundó el pueblo de música de altavoces y ante las calles desoladas se presentó el candidato. Saludó con fingida mueca de cariño a tres moscas y a Canela y lanzó al aire cincuenta panfletos y medio manchados de sonrisa.
Si al principio creyeron que se había desubicado –Viva Honduras- averiguaron que estaba empadronado en el 12 del callejón de la Amargura, antiguo pajar donde los gatos alivian su celo.
Ante tal panorama se decide continuar con el campeonato de julepe. A punto de llevarse el premio, Enriqueta es detenida por insumisa de mesa. Ingresa en prisión al tener antecedentes por extraperlo y Canela le lleva un tarro de L’ail détruit para que no se aje en su celda. Le cuenta que el alcalde ha prohibido el julepe los domingos y que mantiene un apasionado romance con la edil destronada. Enriqueta se come el ungüento y prefiere no nacer.