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lolaleonardo

mis tripas, corazón

Llevándose su piel

Estás aprendiendo geografía y nociones de toponimia marcando con chinchetas en un mapa los lugares donde han muerto las mujeres. Y no te atreves a calcular los metros cúbicos de sangre que arrastra por la cuenca de tus ojos el río rojo.

No eres capaz de verbalizar el número por si en ese mismo instante se le va la vida a otra entre las garras de su asesino. Estás aprendiendo sumas en una libreta cuyas páginas tienden a infinito. Las restas son para otro curso, o para otro mundo. Hay división de opiniones, multiplicación de soluciones (por cero), niños fraccionados, abuelos quebrados, números clausus en la hora de respeto.

La clase de filosofía se mezcló con la de cinegética y zoología. El hombre de Hobbes –que era un lobo para el hombre- se convirtió en que algunos hombres son lobos para el lobo y en que unos cuantos son bestias para las mujeres que en otro tiempo estuvieron en sus besos y para el resto, que tuvo la suerte de no cruzar su territorio marcado de orines.

Lección de anatomía. Cadáver en un escorzo imposible a 30 metros bajo los geranios de su balcón. Yugular seccionada, subclavia derecha dañada, desgarro vaginal de segundo grado, hematomas recientes en la región occipital y otros antiguos bajo un manto espeso de maquillaje, surcos de rímel perpetuos en ambos nasogenianos, traumatismo renal, alma hecha pedazos en la cavidad torácica (faltan varios trozos). Hora de la muerte: aún es.

Ejercicios adicionales: busca en el diccionario el significado de uxoricida y en el cubo de la basura los apuntes de la clase de tolerancia.

Aprendiste literatura con Susan Sontag. “Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel”. Y aquel desgarro de amor que debe masticarse y salivarse para convertirse en herida cerrada y en serena cicatriz del gesto, algunos lo llevaron a la práctica literal matando a Susan, la poesía y a la madre de los hijos del asesino que no entendía de versos.

Te enfrascas en un trabajo que supondrá cinco puntos en una ceja y siete en el labio para el examen parcial de primeros auxilios. Hombres diletantes, en un aula al final del pasillo, susurran insultos contra los asesinos mientras cosen los harapos de piel de las mujeres muertas. Tras quitarse los guantes manchados de betadine y cruzar miradas con mujeres aún vivas, hablan de la superioridad femenina. Y tú, que ya no sabes si estás en física cuántica, en conocimiento del miedo o en crónica de sucesos, les quieres preguntar a gritos que si también quieren controlar la narrativa, pero les hablas de iguales, tiras de apuntes de respeto e interpretas los versos como besos.

Preparado. Preparada. Iniciamos el curso de cómo evitar que nuestro hijo sea el último parpadeo de los ojos de otra mujer asesinada. El de nuestra generación lo hemos suspendido con el más alto grado de vergüenza.


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