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Los petardos y la ética

Lo habitual es que duerman entremezclados en un rincón del sofá, siempre el mismo, tan apretujados que invitan a pensar que no hay más espacio en el mundo. Cuando eran más pequeños, zigzagueaban entre mis pies hasta encontrar el momento apropiado de escalar hasta mi hombro. Ahora, sus juegos se reducen a un ratillo cada día con una pelota de tenis deshilachada o con mis mecheros, lanzados por el salón, en plan scalextric, hasta desaparecer debajo de algún mueble. Por lo demás, dormir, comer, dormir, tal vez soñar, y darme esa calma inmensa y una paz enorme, peluda y suave.
La Navidad me pone triste. Con los chicos ya mayores y a su bola, mi padre fallecido un 30 de diciembre, mi madre sin ganas y yo con nostalgias, apenas celebramos estas fiestas que ya tienen de magia lo que yo de folclórica astrofísica.
Un par de comidas con la familia, y ya está. Y en éstas, me encuentro en plena Nochevieja con la única compañía de mis gatos y de mi hijo pequeño que se prepara para salir porque ya tiene 18. Con las doce campanadas, los patéticos espectáculos de cada cadena y el viva 2020, comienzan a estallar petardos por todas las calles aledañas. Los cuatro gatos que dormían en el sofá a modo de croissant salen pitando, arrastrando alfombras y sombras, escaleras arriba en un sálvese quien pueda y tonto el último. Espero a que encuentren refugio y subo a tranquilizarlos. Están tiritando, bajo mi cama, con ocho ojos como platos y temiendo el apocalipsis, olfateando el armagedón. Me deshago en mamolas, carantoñas, cucamonas, arrumacos y garatusas y maldigo los malditos petardos que se han unido a los fuegos artificiales de la noche de fin de año, o la noche del fin del mundo, según mis gatos. Ni con multas cada vez más cuantiosas se reprimen los majaderos.
Pasan las horas, se instala la calma, llega el chico a eso de las tres y ya todo como siempre, sólo quedan Reyes y que pasen de una vez y pasan, pero siguen los petardos y petardas en los bares celebrando una entrada de año que se hace infinita y que les hace vocear con más énfasis de lo normal y con más decibelios de lo permitido. Casi lo mismo que en el pleno de investidura: gritos, insultos, amenazas, aporreamientos de escaños…
Todo esto también lo sufren los animales. No es de extrañar que una rebelde elefanta, esclava de una cabalgata en Medina del Campo, con un increíble olfato, advirtiera que había algún político a su vera, en primera fila, por supuesto, y le propinara un empujón al alcalde, a modo de metáfora contra todos estos dirigentes petardos que hemos elegido los humanos. Ella, la elefanta, nos hace recordar que es infame someterlos a un trato antinatural. ¿Qué hace un paquidermo en un desfile? Lo mismo que en una cacharrería. La utilización de animales para nuestro disfrute y diversión requiere una ética vuelta de tuerca.
Unos días más y llegará el ruido silencioso normal de las horas tranquilas.

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