Ascensión Mendieta Ibarra ha cumplido ya los 90. En Guadalajara están enterrados los restos de su padre. En una fosa común del cementerio municipal, la número 2 del patio 4, junto a los huesos de una veintena de compañeros fusilados a finales de 1939.
Ella ha participado en la llamada Querella Argentina, una causa impulsada por jueces españoles y argentinos y cursada contra los responsables de crímenes durante la dictadura franquista. Pues sí, la verdad es que es todo un sinsentido que la primera demanda admitida contra esos hechos haya sido en un país extranjero.
El año pasado, Ascensión se trasladó a Buenos Aires para hablar ante la jueza María Servini sobre la muerte de su padre y de tantos otros, y pedir, en un país que no es el suyo, ayuda para recuperarle y poder “morir con un hueso suyo”. Durante dos horas removió los recuerdos de su alma y contó cómo se lo llevaron y cómo fue la vida de su familia a partir de entonces: una viuda, María Ibarra, con siete hijos y una mula. Y el dolor.
La magistrada, mediante un exhorto, pidió la exhumación de los restos de Timoteo. El bloqueo institucional ha alargado durante año y medio la resolución pero, por fin, y por primera vez, un juzgado español ha dado permiso para que se realice dentro de un proceso penal.
A finales de 2007, Carmen Botrán, la hija de otro fusilado, me contaba cómo detuvieron a su padre cuando repartía periódicos en la Casa del Pueblo, donde los llevaba desde su quiosco de la Plaza Mayor de Valladolid. Dos meses y 18 días estuvo Gerardo encarcelado y a la prisión acudían la mujer y sus cinco hijos para darle algo de comida y ropa limpia. La última vez que lo vieron llevaban un poco de cocido: “Comedlo vosotros, no me hace falta: me van a fusilar”. Lo mataron dos días después y lo arrojaron a una fosa colectiva. Para que sus huesos tuvieran refugio, la esposa quiso comprar una caja. Necesitó empeñar sus pendientes para pagarla. La hija recuerda un gesto recurrente de la madre a partir de entonces: “De vez en cuando se tocaba sus orejas desnudas, como echando algo en falta”.
No hay más que escarbar en la memoria de la tierra y de la historia para saber que en España hay más de 40.000 cuerpos no identificados que permanecen aún en fosas comunes de cunetas, barrancos, pozos y cementerios guardando un silencio obligado sobre los crímenes de la dictadura franquista.
Ante lo que algunos aún denominan venganza en esa reparación que exigen los descendientes de los represaliados, remitámonos al hispanista Ian Gibson, quien aún hoy reclama a los partidos que incluyan en su programa electoral la memoria histórica y que ya dijo hace tiempo con respecto al tema: “Yo no veo sed de venganza, sino sed de justicia de restitución y derechos. Es una cuestión de decencia”.
Al final, el objetivo es que se cierren heridas y sólo así la sociedad podrá cerrar sus cuentas con el destino.