Lola Sánchez es la madre de todos los desesperados de este país desesperado. Lola Sánchez es la víctima de una sociedad hundida en el fango bajo el peso ingente de la codicia.
Hablemos, pues de Lola, que un día se hizo mula, que concibió su cuerpo como un contenedor de droga, que necesitaba el dinero que le pagarían por el transporte de mierda para pagar su casa. Su casa. Su cuerpo. Su salud. Sus hijos.
A Bolivia llegó y en Bolivia se quedó. Corría el año 2008. Corría plena y libre la crisis que se ha ido colando en cada una de nuestras casas y nuestras ruinas.
Nos preguntamos qué se le pasó por la cabeza a Lola para conseguir dinero de esa forma tan ilícita. Quizá no aprobemos su decisión, pero yo la entiendo. Igual que no consigo comprender el porqué de Urdangarin y aledaños, el de Bárcenas y cía, o la desfachatez de los malayos, y más, encuentro cierta justificación en las medidas desesperadas de tantas madres capaces de jugarse el pellejo por un puñado de euros para sobrellevar la carga de la pobreza.
Porque pobres somos.
Lola Sánchez apareció en nuestras pantallas desde el programa Encarcelados. En Palmasola anunció que tenía cáncer terminal. Sus compañeras lloraban. Ella evitaba la pena con sonrisas desdentadas y recordó lo contenta que se puso cuando llegó una plancha a la cárcel: “De la alegría, me caían lágrimas como puños”. Lo único que quería Lola era no morir allí. Y ver a sus dos hijos. Ha sido indultada. Nada más llegar a España se ha emocionado al contemplar el mar y una lavadora.
Porque pobres somos.
Si mi héroe nocturno es Águila Roja, mi heroína cotidiana es Inma Michinina, la baratillera gaditana que irrumpe e interrumpe los plenos de la alcaldesa Teófila para hablar por el pueblo. “Yo no sé qué dibujos le hacen sus hijos; mi niña, con tres años, dibuja cucarachas”. Ni se acostumbra a tener a su familia en una infravivienda, ni le da la gana acostumbrarse.
Inma ya intervino con la voz de todos en otra sesión plenaria y le llovieron las críticas de los apoltronados, así que no dudó en invitar a la edil a vivir su vida: “Póngase en mis zapatos y ande lo que yo ando. Sólo entonces le permitiré criticarme”.
Y a todos nos encantó, por un momento, imaginarnos a los gobernantes aplastando cucarachas alrededor de su jergón.
Bien lo remató la baratillera: “El pueblo no puede más. Háganme un favor, si no saben trabajar para nosotros, dimitan”.
Hágannos el favor.