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Pedro Carasa

El Mirador de Clío

ETA, entre humos de incienso y pólvora

ETA, entre humos de incienso y pólvora

Pedro Carasa

Los mitos religiosos y vivencias clericales de la historia de los vascos arrancan en Túbal, nieto de Noé, siguen en las vírgenes nacionalistas de Begoña, Aránzazu y Virgen Blanca, pasan por el tradicionalismo del PNV y acaban en la complicidad del clero en el terrorismo. ETA se ha disuelto y la iglesia vasca no ha pedido perdón por consentir la violencia.

Los fueros tuvieron raíces eclesiásticas en las anteiglesias vizcaínas que, reunidas en las Juntas Generales para defender su autonomía ante el señorío, se incorporaron en la redacción de 1452. En el XIX, Sabino Arana y el PNV hundieron sus cimientos en la religión, aceptaron el tradicionalismo de Dios y fueros y despreciaron el maketismo como monstruo con brazos del infierno. ETA (Euskadi y Libertad) nació en 1959 de las juventudes católicas del PNV como seguidoras del lema Dios y leyes viejas.

ETA se refugió en seminarios, sacristías y monasterios y se legitimó en homilías, catequesis y pastorales de obispos. En 1960 se manifestaron nacionalistas 339 curas vascos y en 1965 sus contestatarios se unieron a ETA. La V asamblea de ETA de 1966 se celebró en la casa parroquial de Gastelu y en la jesuita de Guetaria. El representante de ETA que firmó el pacto con el IRA fue un sacerdote. Las sacristías abrieron escuelas sociales marxistas. ETA llamó en 1966 a los sacerdotes a unirse a la lucha del pueblo como uno más. Las bases cristianas aceptaron ETA como un medio romántico de militancia marxista. El conflicto del clero vasco culminó en 1967 con la cárcel concordataria de Zamora. El 68 vasco multiplicó los movimientos clericales: el grupo Gogor próximo a ETA, las protestas de los sacerdotes que acabaron en el TOP, el encierro del Seminario de Derio y la ocupación de la Curia. Muchos curas vascos firmaron un documento conjunto con el PC y ETA, había dos sacerdotes entre los 16 procesados de 1970. En los años de plomo de los ochenta, con el máximo de muertos de ETA, el 80% de los sacerdotes y religiosos vascos eran nacionalistas y el 10% abertzales.

La izquierda apoyó entonces al terrorismo como oposición al franquismo, pero desde el espíritu de Ermua de 1997 todo cambió. La Iglesia vasca no rectificó y siguió enseñando en comunidades cristianas populares y coordinadoras sacerdotales la liberación del pueblo soberano como misión evangélica, la violencia como un medio cristiano para conquistarla y el derecho del pueblo vasco como superior a la ley española. Creó así la imagen heroica del mártir etarra que ahondó las raíces religiosas del fanatismo terrorista.

Los obispos complacieron al nacionalismo y al terrorismo. Setién consintió entierros nocturnos de víctimas, por las puertas traseras de las iglesias, como delincuentes. Cedió los bajos de la catedral para que se encerraran los familiares de presos de ETA. Escribió que la guardia civil era enemiga del pueblo vasco y que no se debía consolar a las esposas de los policías asesinados. El obispo Cirarda protestó en 1971 por el proceso de Burgos. Añoveros pronunció la homilía nacionalista en 1974 que incitó a Carrero Blanco a amenazarle con arresto domiciliario y denuncia del Concordato; la alta tensión entre clero vasco y gobierno acabó en el estado de excepción de 1975. Entre 2000-09 el obispo Uriarte apoyó al nacionalismo y olvidó las víctimas del terrorismo. Los obispos no sólo dieron apoyo logístico, fue ideológico porque difundieron publicaciones, consintieron adoctrinamientos educativos, manipularon relatos para exculpar la violencia y cambiaron pensamientos contrarios de sus fieles. La Conferencia Episcopal calló y la Santa Sede continuó nombrando obispos nacionalistas.

ETA no asesinó clérigos, pero la Iglesia fue víctima del terrorismo porque mató sus principios. La iglesia no defendió los valores cristianos cuando eran agredidos. Clamó por el derecho a la vida ante el aborto, pero no ante el terrorismo. Condenó el robo y aprobó la extorsión de ETA. Prohibió la violencia en las pantallas, pero no la kale borroka. Enseñó que matar podía ser bueno al condenar los asesinatos y amparar a los asesinos. Mientras daba la paz en las iglesias apoyaba la lucha armada y no borraba las dianas asesinas de sus muros. En los púlpitos condenó la desigualdad, pero en las pastorales creyó en la superioridad vasca. Setién dijo que el evangelio no mandaba querer igual a todos los hijos.

Fue una guerra santa al revés, la Iglesia legitimó la lucha armada (evitó decir terrorismo), el pueblo en armas, las pistolas y la goma-2. Olvidó al asesinado, salvó al asesino y no compadeció el dolor de sus familiares. Consintió la herida social de romper familias, vecindades, empresas, colegios y amigos y animó a inmigrados a ser conversos renegados de sus raíces.

La banda terrorista entre 1959-2018 anunció más de diez treguas, pero la Iglesia ha callado en todas. Nunca pidió perdón por los 800 muertos del monstruo incubado. Su complacencia con el terror desertizó la moral colectiva y alejó la religión de la sociedad. Hoy la Iglesia debería curar heridas y superar odios en la sociedad vasca, predicar la reconciliación, promover el perdón necesario y condenar el fanatismo terrorista. La Iglesia no debe hacer política, ha de corregir su error defendiendo los valores y actitudes humanas que abandonó. Su autoridad moral la exige arrepentirse y ofrecer un espacio de encuentro social que prefiera las personas al fanatismo de un pueblo.

Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla del sábado 9 de junio de 2018

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Sobre el autor

El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.