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Pedro Carasa

El Mirador de Clío

Perdedores

El homo sapiens hace diez milenios logró la primera revolución neolítica al pasar de depredador a cultivador de la tierra. El cambio climático le obligó a descubrir que desaparecería si solo cazaba animales y recogía productos salvajes. Tan dramática lección de supervivencia forzó al hombre a controlar la naturaleza, hacer fuego, fundir metales, sembrar semillas, domesticar animales y pulir instrumentos. Fue el paso más trascendental que ha dado el hombre para sobrevivir en la tierra e inventar la agricultura como umbral de nuestra historia.

A partir de esta decisiva revolución, la cultura occidental ha labrado la imagen del campesino como un perdedor, hasta llegar a su figura atrasada y residual de hoy. Los eslabones históricos de esta cadena anticampesina fueron la urbanización clásica griega y romana, la estéril ruralización goda, el feudalismo medieval pechero, el desapego humanista e ilustrado por lo campesino, la pobreza rural del XVII, o la necesidad del grito regeneracionista de escuela y despensa.

Hablamos ahora sólo del desprecio liberal, del derribo desarrollista, del abandono socialista y del olvido democrático como los últimos golpes inferidos al medio rural.

El liberalismo y la burguesía del siglo XIX marginaron a fondo al campesinado. El control de la propiedad por las desamortizaciones, la urbanización, el monopolio electoral del propietario contribuyente, la industrialización, la revolución de los transportes y el caciquismo clientelar alejaron al campesino de la propiedad y de la ciudad. Acabó siendo un jornalero sin conciencia de clase, sin medios sindicales de defensa y manipulado como votante sin cultura política. La burguesía no alfabetizó al campesino y alejó la cultura del medio rural, en 1860 eran analfabetos más del 80% y en 1930 lo eran aún más de la mitad.

El campesino acorralado se refugió en posturas radicales antiliberales, carlistas por la derecha y anarquistas por la izquierda, hostiles al capitalismo, desde la Mano Negra hasta las colectivizaciones. Pero ninguna de esas soluciones redimió a los jornaleros y pequeños propietarios. Tampoco lo hicieron los sindicatos católicos agrarios que refugiaron al campesino pasivamente bajo el manto paternalista y resignado de la Iglesia. El sindicalismo socialista se centró en los obreros industriales y no en los parias de la tierra.

El campesino volvió a perder la batalla de la reforma agraria en la Segunda República. Luego fue carne de cañón, porque ganó la guerra, pero perdió la postguerra por el hambre y la sumisión. La autarquía y el racionamiento franquistas relegaron al campesinado, pues si bien pudieron sobrevivir mejor que la ciudad, hibernaron sometidos por la dictadura y minusvalorados por los tecnócratas del desarrollo.

La ruina mental del mundo campesino se produjo en las décadas 1960 y 1970. El gran cambio social de estos años arrumbó el entorno rural y convirtió los pueblos en cementerios vivientes, sin escuelas, médicos, curas ni boticarios. Debieron quebrar las instituciones tradicionales, se hundió la familia como unidad productiva, se deterioró la autoridad paterna, se huyó pronto del hogar, el butano apagó el viejo fogón y la cocina económica. El consumismo superó las ferias locales, se minusvaloró la raíz pueblerina, los niños ya no nacieron en su pueblo, y las jóvenes debieron emanciparse de la familia patriarcal.

La concentración parcelaria fue necesaria, pero supuso un desarraigo profundo de las raíces familiares hundidas en la tierra, hizo perder la identidad del patrimonio y su vinculación con la tierra heredada. El éxodo rural padeció el dolor de la difícil supervivencia en el mundo urbano o extranjero, tan prometedores como hostiles. Por fortuna cayeron las viejas referencias de la moral, la educación y el trabajo de la mujer abrieron relaciones renovadoras, la pérdida de religiosidad separó el placer del pecado, se extendió la minifalda, las relaciones prematrimoniales y el amor libre. Mientras la televisión divulgaba el cine americano, los espacios de ocio y fiesta salieron fuera del control paterno, el automóvil amplió la elección de pareja y la libertad sexual. El impacto deslumbrante de los turistas y la cultura hippy fulminaron la cultura tradicional.

La España democrática y europea se deshizo del legado campesino como un lastre de la dictadura, por eso olvidó al mundo agrario en los grandes pactos de la Transición y estancó a una agricultura pasiva, dominada por intermediarios y subvencionada por una PAC desalentadora.

El papel de ocio de segunda residencia desfigura hoy lo rural y destruye su patrimonio. Desnaturaliza la cultura y el hábitat rural con una falsa apariencia urbana que invade y rompe la identidad campestre. No aprovecha la oportunidad ecológica y naturalista porque no valora la naturaleza como entorno protector, sólo le interesa el producto de turismo rural.

Tan ruinosas raíces dejaron a Castilla vacía, porque perdió la vieja cultura rural y no asimiló los nuevos valores urbanos. De aquellas carencias vienen los lodos actuales de dispersión de hábitat, despoblación, envejecimiento, marginación social, hábito de subvenciones, escasa autovaloración, falta de identidad y pasiva cultura política.

Este necesario derrumbe del campo fue una Transición mental más honda y decisiva que la política. No hemos reconocido esta deuda contraída con el mundo rural, pero la democracia ha crecido contra sus ruinas. Un historiador debe visualizar esta ausencia campesina en la Transición. Hubo una generación que debió abandonar los valores recibidos en su niñez para hacerse joven y adulta en la democracia.

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Sobre el autor

El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.