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Pedro Carasa

El Mirador de Clío

Feria y fiesta

Feria y Fiesta

Pedro Carasa

La feria de Valladolid nació como un mercado, cambió de patrones religiosos y desplazó su calendario y escenario. La gestionaron el poder municipal y otros actores, movidos por intereses económicos, objetivos políticos y mensajes culturales. Pero ha sido la demanda social la que ha cambiado su historia. En el XIX la impulsó la burguesía, luego los liberales del XX la arroparon con tipismo y regionalismo, hasta que se truncó en la guerra civil y la dictadura acabó controlándola. Tras estancarse en la Transición, la sociedad y el ayuntamiento del siglo XXI la han revivido y masificado.

Sus raíces paganas nacen de la cosecha y la acción de gracias y brotan de la necesidad humana de fiesta. La hace religiosa la Iglesia al cristianizar trabajos y tiempos de la primavera y el verano. Pero en la historia vallisoletana la feria ha sido ante todo un hecho económico.

Nació en 1156 de un privilegio de Alfonso VI para celebrar un mercado público en la Virgen de agosto y luego ahondó este carácter mercantil el esplendor ferial del XV y XVI. En el XVII la reacción católica barroca contra el protestantismo acentuó su sentido religioso. A mediados del XIX los intereses comerciales, ferroviarios y financieros la llamaron feria de setiembre sin patrono alguno. Fue la dictadura la que propuso en 1939 a San Mateo y no precisamente para conmemorar el incendio de 1561. En la Transición la fiesta saltó a los barrios, pero la contracultura de los 80 criticó su cultura tradicional y siguió cayendo la participación popular. Será la Feria de Día desde el 2000 la que adelante la fecha (en devoción a la Virgen de San Lorenzo) y aumente la participación social.

Los comerciantes, asociaciones y empresas buscaron en la feria negocios de hostelería, espectáculos e imagen. En 1938 el alcalde militar dijo que celebraba ferias de venta y no festejos. Fueron habituales el mercado de ganado y las exposiciones de maquinaria que en 1961 generaron la Feria de Muestras.

Los clásicos con la máxima panem et circenses nos enseñaron que las fiestas persiguen la paz social y política. El poder municipal vallisoletano también las programó para afirmar sus objetivos, neutralizar críticas ciudadanas y hacer atractiva la ciudad. En el XIX se festejaron muchos eventos monárquicos y en los carteles del XX siempre asomó la política: campesinos heraldos imperiales, la unidad de Hispania y los Reyes Católicos, el liderazgo regionalista de Valladolid y la Castilla regeneradora de España. Los mensajes políticos franquistas fueron más burdos: la victoria, el patrono San Mateo, Colón rodeado de banderas fascistas, el escudo franquista en el patio de San Gregorio, el símbolo de la Castilla azul, el tamborilero con el yugo y las flechas y la espiga y el engranaje del sindicato vertical.

La cultura tradicional conmemoró autores vecinos de la ciudad como Cervantes, Zorrilla, Núñez de Arce y Ferrari. El teatro fue protagonista de las ferias del XIX y edificó el Calderón, Lope, Zorrilla y Pradera. Los carteles divulgaron las ferias desde el tipismo a la vanguardia en estilos modernista, art-déco, cubista, surrealista, aerógrafo, psicodélico, collage y simbolista.

El programa de la feria se ha acomodado a los intereses de la sociedad en cada momento, por ello desde el año 2000 se intentó que fuera populoso y rentable. Veamos su evolución.

En lo económico, el primer mercado de trigo y ganado avanzó hacia exposiciones industriales, oficios ferroviarios y dedicación automovilística. Hoy la feria es un importante negocio de hostelería y espectáculos.

En lo religioso, la secularización convirtió la procesión del santo patrón en un paseo de carrozas y reinas, y luego en ruidoso desfile de peñas. El sermón litúrgico se ha sustituido por un pregón cívico.

En lo deportivo, el velocípedo evolucionó hasta las marchas cicloturistas de hoy. Aquellas elitistas carreras hípicas han devenido en paseos de moteros, las fantasías aerostáticas acabaron en arriesgadas acrobacias aéreas y los iniciales rallyes de época desvelaron la afición local por el automóvil.

La participación del pasacalle decimonónico se ha multiplicado en el torbellino del recorrido de peñas. De los viejos carritos de chuches y barquilleros saltamos a las 200 casetas de la Feria de Día, que empujan a los pucelanos a degustar pinchos, tapas y vinos. Las románticas batallas florales y concursos literarios son hoy talleres de poesía, pintura, y actividades infantiles, familiares y de mayores. Las patrióticas corridas de toros se discuten por los animalistas. La arcaica cucaña se ha centuplicado en grandes exhibiciones deportivas.

El teatro se ha enriquecido con el incremento de escenarios y el empuje de un público educado en el teatro de calle. El primer cinematógrafo y la linterna mágica encendieron la afición al cine en Valladolid, consolidada luego por la Seminci.

La nueva cultura musical, por encima de las viejas orquestas militares y sus verbenas de templete, disfruta hoy hundiéndose en la multitud de conciertazos, disjokeys y agitadas discomovidas, impulsados por las redes sociales. Los organizadores de hoy proponen seguir los valores políticamente correctos del feminismo, la inmigración y la igualdad sexual.

Nos alegra la gran participación ciudadana, el éxito de los espectáculos y el masivo consumo gastronómico. Cabe preguntarse si aún puede mejorar la calidad cultural del programa. ¡Buenas fiestas!

 

Editado en El Norte de Castilla del 8 de setiembre de 2018

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Sobre el autor

El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.