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Pedro Carasa

El Mirador de Clío

Arcaicos románticos

La historia puede representarse como un lento péndulo que va y viene de la razón al corazón. Pasa del antiguo clasicismo al feudalismo, del humanismo renacentista al barroco contrarreformista, del racionalismo de las luces al apasionado romanticismo decimonónico (decaen imperios y emergen naciones), del positivismo realista a las vanguardias vitalistas y existencialistas (dos guerras mundiales), de la prosperidad de entreguerras a los dramáticos fascismos y soviets (guerras civiles y negras dictaduras), de la Guerra Fría al pacifismo y mayo del 68, y de la Transición consensuada al boom populista del 15M.

En este vaivén que aún nos agita, destacan dos nuevos sujetos políticos, hijos del romanticismo del XIX, que hoy siguen inquietándonos: La nación y el pueblo. El primero se apropió de la soberanía y nacionalizó la política, la economía, la cultura, la enseñanza y la administración. Incluso Modesto Lafuente, Bofarull y Sabino Arana nacionalizaron las historias de España, Cataluña y País Vasco, con muchos relatos inventados y mendaces manipulaciones.

El segundo hijo del romanticismo político, el pueblo, protagonizó la era contemporánea. La Iglesia lo agitó en la guerrilla, los gremios lo unieron en sociedades de socorros mutuos y los espadones lo alzaron en pronunciamientos. En todo caso, el populismo inspiró a sans-culottes, bandoleros, juntistas, guerrilleros, milicianos, turbas anticlericales de viva la pepa, carlistas, masones, carbonarios, comuneros, septembristas, cantonalistas, ácratas, regeneracionistas, somatenes, pacifistas, feministas, ecologistas e indignados.

Escuchen al populista y demagogo Lerroux gritar lo mismo que vocearon en la Puerta del Sol el 15-M  de 2011 un siglo después: “Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para civilizar la especie, penetrad en los registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social, entrad en los hogares humildes y levantad legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jóvenes dispuestos… Seguid, seguid… No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares…”

Estos nacionalismos y populismos, nacidos de las revoluciones y alimentados por el romanticismo político, hicieron avanzar a la sociedad del XIX, atacaron las contradicciones del poder heredado y renovaron su civilización con rompedoras corrientes estéticas, jurídicas y sociales. Cumplieron la misión histórica de abatir al absolutismo y crear los Estados nacionales soberanos en los que aún convivimos. Pero en el siglo XXI este modelo estatal soberanista muestra signos de agotamiento. Europa y la globalización rechazan a los nacionalismos y populismos actuales como anacrónicos (fuera de tiempo) y descolocados (fuera de espacio).

En efecto, estas actitudes políticas, que en el XIX fueron revolucionarias, hoy resultan reaccionarias. Cuando la emoción desordena los equilibrios de la razón, nacen propuestas políticas antisistema. Mientras abandonan la gestión de los servicios sociales, los arcaicos románticos banalizan la política con lenguaje callejero y mesiánico y engañan a la gente con la utopía de asaltar el cielo. Cultivan el referéndum y el plebiscito popular, prefieren la asamblea de barrio a la representación de los escaños, mueven a la gente con lemas maniqueos y acartonados signos de identidad, la envuelven en banderas y la agitan con violencia. Se jactan de alterar el orden y desobedecer a la justicia. Adoctrinan a la gente manipulando la historia, fabulan orígenes nacionales, falsean hechos importantes e invalidan el régimen de la Transición como un legado franquista.

Nos dejan atónitos los arrebatos independentistas y los desaires populistas que vacían el Estado y ridiculizan sus instituciones. Como todo romántico político, usan el conflicto más que el consenso, hinchan la burbuja nacional simbólica, se aíslan de la realidad y quiebran la sociedad. Su viejo victimismo convierte en mártires a los rebeldes y exalta con el voto a los presos. Asustaba contemplar el espectáculo del Congreso convertido en un campo de futbol para despreciar la representación popular, burlarse del juramento y degradar el Parlamento.

Los últimos comicios sugieren giros de este arcaico romanticismo político hacia un modelo más clásico: Atasco del Brexit, declive euroescéptico, auge socialista, relevo de algunos corruptos, consolidación liberal y ascenso verde. Se repliegan mareas y ayuntamientos del cambio y entra en pausa el nacionalismo español de Vox.

Sin embargo, el juicio pendiente y contestado desde fuera, el impulso y los enredos electorales de los soberanistas, y la (más tibia) disposición socialista a negociar con ellos, dejan abierta la inquietante duda de si continuará la bisagra nacionalista que tanto ha exprimido al Estado español en los últimos 40 años. El deseado pacto de liberales y socialistas podría frenarla y aplicar el cordón sanitario a los independentistas para asegurar la igualdad de los españoles, limpiar la corrupción, reforzar la autonomía del PSOE y encauzar el problema catalán. Pero hoy vemos cómo lo apetecido no es el pacto de programas, sino el interesado mercadeo de cuotas de poder en Ayuntamientos, Comunidades y cargos públicos.

 

Publicado en El Norte de Castilla del 8 de junio de 2019

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Sobre el autor

El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.