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Pedro Carasa

El Mirador de Clío

¡España! ¡España!

¡España! ¡España!

En la tradicional fiesta nacional del Pilar, el viejo día de la raza y la hispanidad, desde el Mirador de Clío repasamos los lemas electorales que vocean ¡España!: ¡Hoy España! ¡España siempre! ¡España suma! ¡España en marcha! ¡España verde! ¡España vaciada!¡España plural! Incluso se oyen ecos de los viejos fantasmas: ¡Arriba España! ¡España una, grande y libre! ¡España sagrada! ¡España profunda! ¡España negra!

Ha sido clamoroso el silencio de la izquierda, avergonzada de la palabra España y de su bandera durante la dictadura y la Transición. Para no nombrarla decían “en este país”, eufemismo que ha reverdecido en el Más País de Errejón, para no decir Más España. Hasta hubo reparos en llamar español a nuestra lengua que los periféricos calificaban de castellano dominador. Únicamente en el deporte resonó el himno nacional, ondeó la bandera española y se bailó ¡Soy español, español, español!

Desde la declaración de la soberanía de la nación española en Cádiz, España ha sufrido sucesivos desgarros internos y polémicas sobre su identidad. En casi todas las crisis contemporáneas ha habido gritos contrarios de ¡España! Vocearon los carlistas y tradicionalistas ¡Dios, patria y rey! y llamaron antiespañoles a los liberales. Larra dijo `Aquí yace media España, murió de la otra media`. Joan Maragall se despidió con ¡Adiós, España! Los regeneracionistas, inquietos por la crisis nacional y los retos nacionalistas vasco y catalán, plantearon un debate esencialista sobre el ser de España. Machado lamentó ¡Una de las dos Españas ha de helarte el corazón! evocando el cuadro goyesco de los dos hermanos a garrotazos. Ortega y Gasset escribió que `el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar… como un nacionalismo particularista`. Autores de la generación del 98 como Unamuno, Maeztu, Baroja, Azorín, Machado y Valle Inclán relacionaron la identidad de España con la historia, el paisaje y el mito de Castilla.

Laten en el fondo tres fracturas contemporáneas que persisten en la actualidad: La oposición ideológica de derecha e izquierda, la lucha religiosa del catolicismo integrista con el anticlericalismo, y la pugna territorial entre el centralismo y los nacionalismos periféricos.

Fuera de los dos bandos, donde probablemente estaba la solución, hubo pioneros intelectuales, artistas, literatos y científicos de las generaciones del 14 y 27, la llamada edad de plata de la cultura española, (Madariaga y Alcalá Zamora los llamaron la `tercera España`) que incorporaron las vanguardias europeas y prestigiaron el nombre de España en occidente. Fue un esperanzador germen de una atractiva vivencia de España que desgraciadamente la guerra civil truncó y la dictadura enterró con la represión y el desierto cultural.

La quiebra del Estado por dos dictaduras y la dramática guerra civil contaminó en nuestro interior el sentido de pertenencia a España, muchos españoles padecieron persecuciones mentales y exilios sentimentales. El alejamiento de Europa y el falso complejo de una España diferente han contribuido a menospreciarnos. Incluso los historiadores hemos fabricado lugares comunes de una España frustrada, atrasada e incapaz de seguir el ritmo occidental. Ha anidado en el subconsciente de la izquierda una equiparación de lo español con lo católico, tradicional y monárquico, enemigo de lo laico, moderno y republicano. Sin duda, la herida más grave inferida contra la idea y sentido de España la perpetró la dictadura de Franco y su gestión de la victoria militar, cuando los vencedores secuestraron a los vencidos y los obligaron a abjurar de España, perder su sentido de pertenencia y expatriarse física e intelectualmente.

La valoración de ser español no se implantó del todo con el consenso de la Transición. La Constitución de 1978 sólo planteó un problema jurídico que resolvió con la distinción equívoca entre nacionalidades y regiones. Se reconcilió a los españoles del trauma de la guerra civil y se les cobijó con la protección de la Corona en el 23F, pero la vivencia positiva y la expresión entusiasta de España no llegó a prender en la conciencia de todos los ciudadanos.

España quedó invertebrada por los excesos regionalistas y nacionalistas de las Autonomías, ennegrecida por el terrorismo vasco e intranquila por el independentismo catalán. De rebote, se recuperó el sentimiento de ser españoles y salieron banderas a los balcones. Lo alimentó la euforia deportiva española del 92 y el apoyo a la selección española de fútbol, Piqué incluido. Apenas Elorza, Álvarez Junco y Juliá han actualizado después un tímido debate sobre el nacionalismo español. Pero los nacionalismos y regionalismos siguen copando la vida política, la información de los medios y el hartazgo de los ciudadanos.

Este tímido resurgir del lema ¡España! ¿Significa que la crisis actual ha suscitado en los políticos un debate sobre las debilidades de la España autonómica? ¿La democracia ha generado en la sociedad una nueva valoración de España por encima de partidos, ideologías, géneros, edades, religiones y pertenencias? Parece que el grito de hoy es más banal, no piensa tanto en España cuanto en una estrategia electoral que condena de forma indirecta y tenue el independentismo. Ni la Transición, ni la regeneración democrática, ni la crisis catalana, ni los políticos actuales han conseguido que los españoles se apasionen por España.

 

Editado en la edición impresa de El Norte de Castilla el sábado, día 12 de octubre de 2019

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Sobre el autor

El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.