Pedro Carasa. Historiador
Siempre habrá pobreza, porque su causa no es la falta de recursos, sino su mal reparto. Es necesario repartir la riqueza para buscar la igualdad social. Sólo es capaz de lograrlo el poder público con sistema fiscal progresivo y con justicia redistributiva de recursos.
La razón y el bien común creen que más vale prevenir la pobreza que curarla. Pero el poder político curó al pobre y no lo previno porque de él recibía más apoyos. Todo acto benéfico beneficia más al benefactor que al beneficiado, los especialistas lo llaman efecto Mateo. La Iglesia se fortaleció con la caridad, la burguesía con la beneficencia, el franquismo con el auxilio social, la democracia con los servicios sociales, el sanchismo con la ordinalidad.
En la prehistoria rigió una cierta ley del más fuerte para sobrevivir en la caza o recolección. Las sociedades clásicas curaron la pobreza, sin eliminarla, para mantener sus poderes y crear jerarquías de razas y castas, desoyendo filosofías de armonía. El evangelio dijo que siempre habrá pobres entre vosotros, el clero feudal se enriqueció al predicar la caridad, votar la pobreza como virtud y pedir limosna para salvar a ricos y pobres. La sociedad barroca del XVII creó órdenes mendicantes para inclinar a nobles y pudientes a que se salvaran con obras pías y sopas bobas para mendigos. El ilustrado racionalista del XVIII encerró a los vagos y desamortizó hospitales y cofradías para defender la utilidad económica. La beneficencia burguesa liberal extendió valores capitalistas (ahorro, orden, enseñanza, sanidad), pacificó ciudades y creó servicios municipales que perseguían más orden y control que igualdad social. Los movimientos sindicales socialistas y el intervencionismo estatal, en el primer tercio del s.XX, lucharon por repartir recursos. Así de lentas fueron las raíces del Estado de Bienestar en España, que no logró arrancar como en Alemania en 1883, sino que se atrasó un siglo hasta 1978.
El modelo más radical de usar la pobreza para construir el poder público y difundir sus valores fue el erigido por Franco entre 1936-45. Lo idearon, tras aprenderlo en la Alemania nazi, los jonsistas Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo, y J.Martínez de Bedoya.
Crearon en Valladolid el Auxilio de Invierno (Winterhilfe) en octubre de 1936. Así comenzó un aparatoso escaparate difusor de los valores del Mesías vencedor de la Cruzada: Auxilio de Refugiados, Auxilio Social, Hogar Nacional Sindicalista, Ficha Azul, Banderín Azul en la solapa, Compensación Nacional, Obra Nacional del Ajuar, Sección Femenina, Servicio Social Femenino, Legión Femenina patriarcal, Racionamiento, Hogar Infantil, Hogar Escolar, Canastillas, Milicias de Caridad, Cuestaciones Públicas, Plato Único…
Buscaban una revolución nacional-asistencial del estilo de la nacional-sindicalista. Propusieron un auxilio más orgánico que comunitario, más político que asistencial, más familiar que individual, más nacional que social. Tras la exaltación de la patria y la nación franquista, no tras el bien común y la igualdad. No buscaban formar al individuo, sólo movilizar al español seguidor del Caudillo y unir verticalmente a ricos y pobres bajo el único ideal patriótico, militar y familiar.
Absorbieron todo el patrimonio social heredado, pero fueron antiliberales, antibenéficos al considerarlo masónico. Se empeñaron en borrar el progreso histórico asistencial conseguido para imponer la nueva justicia falangista. Truncaron la creación de la seguridad social y eliminaron la política social incluso en el desarrollismo de los 60.
No llegaron a la beligerancia anticlerical de los fascismos europeos, ni buscaron sentimientos y convicciones personales, el objetivo era una religión masiva y politizada. Su debilidad y ambigüedad religiosa fue menor que la de los nazis. Este bajo laicismo estatalista cesó con el nacionalcatolicismo de los cincuenta al vincularlo a la patria confesional y pactar con la naciente Cáritas de la Asociación Católica Propagandista.
Fue todo un sistema asistencial bélico de conquista, un subsidio pro combatientes, para valorar y socializar la victoria. Exigían una asistencia uniformada, casi militar, con emblemas políticos que exaltaban la cruzada, con cartelería de valores fascistas, con proclamas mesiánicas de la obra franquista. Sus recaudaciones multitudinarias y comidas públicas empujaban manifestaciones nacionales cantando al Caudillo.
Mezclaron himnos patrióticos, limosnas e instituciones para difundir la sujeción de las mujeres al padre, a la familia y a la patria. Su carácter orgánico y corporativo movilizó a 90.000 mujeres voluntarias. Sus ribetes castrenses no buscaban a la mujer formada, sino a la patriota entusiasta. Impusieron a las jóvenes un servicio militar paralelo al masculino. Pretendían crear la madre hogareña, con canastillas, cocina y economía doméstica. Un servicio bélico femenino que, más que un feminismo, era una sumisión patriarcal y política.
Este sistema asistencial político concedía y exigía certificados de comportamiento. Franco buscó, al cuidar la pobreza, generar adhesión política y orden social. Ése fue el gran efecto Mateo de la revolución nacional-asistencial, movilizar masas sin conflictos, ni deslealtades políticas.
Hoy el poder necesita la pobreza para construirse. Los servicios públicos de educación y sanidad de nuestro Estado del Bienestar dan votos y poder. La seguridad social asegura el apoyo de los mayores. Esquerra compra para Cataluña la financiación autonómica de la ordinalidad, ni progresiva ni solidaria. Todos quieren cuidar la pobreza, nadie eliminarla.