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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

¡Comienza el espectáculo! (capítulo 34)

Razonar puede ser entretenido. Este es uno de los grandes principios literarios de Cervantes: hacer o construir “entretenidos razonamientos”. Razonar de manera entretenida es un pilar fundamental de la estructura narrativa del Quijote, junto con la empatía hacia el caballero y el escudero (y entre ambos), el humor irónico, y su lenguaje fluido y muy matizado. Con este cóctel de cuatro ingredientes, que son los cuatro puntos cardinales del discurso cervantino, don Miguel consigue que la conversación entre los personajes sea divertida, inteligente, emocionante, bella y placentera. Es decir, que alcance las características de la mejor Literatura. Y viceversa: ¡que su Literatura adopte las formas de la mejor conversación! 

“Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversación de don Quijote y de la de Sancho Panza.”

A poco de comenzar el presente capítulo, el narrador afirma que la Duquesa se admiraba de que Sancho Panza hubiese creído a pie juntillas todo lo que le dijo sobre el encantamiento de Dulcinea. La aristócrata quiso dar la vuelta a la burla del escudero, que había sido “el encantador y el embustero de aquel negocio” con Don Quijote, diciéndole que la fea aldeana que encontraron a las afueras del Toboso en verdad era Dulcinea, y que ‘realmente’ estaba encantada. Pero como comentamos en el capítulo precedente, el lector, por todo lo que se dice y cómo se dice, puede entender que cuando Sancho manifiesta creer a la Duquesa está ‘pensando’ en obtener el gobierno de la ínsula, y por tanto que su “simplicidad” es fingida, impostada. ¡Tomando así bien tomado el pelo a la Señora! La relación entre Sancho Panza y la Duquesa se parece más que a otra cosa a una socarrona contienda dialéctica entre dos pícaros.

Los Duques renuevan “la intención que tenían de hacerles algunas burlas” a Don Quijote y Sancho, incluso de hacer “una que fuese famosa”. Habían leído la Primera parte del Quijote en ese juego entre realidad y ficción literaria que tan magistralmente realiza Cervantes. Utilizando a los personajes principales de la historia, ellos parece que también quieren hacerse famosos. Y organizan una burla muy teatral a partir de uno de los temas principales de la Segunda parte: el falso encantamiento de Dulcinea hecho por Sancho Panza en el Capítulo X.

Pasados seis días para adiestrar a los criados y tener todo bien preparado, llevan a los famosos caballero y escudero a una jornada de caza mayor de montería, “con tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado.” Don Quijote no quiso ponerse el “vestido de monte” que le dieron, prefirió vestir como siempre de caballero andante, pero Sancho cogió y se puso el suyo, de color verde y “finísimo paño”, “con intención de venderle en la primera ocasión que pudiese.” No quiso en cambio cambiar su asno rucio por un caballo que le ofrecían, y con el jumento “se metió entre la tropa de los monteros” [‘ojeadores que levantan los animales hacia donde esperan los cazadores’; nota al pie, n.].

La montería comenzó con gran ruido de gentes, perros y cuernos de caza. Al poco, un enorme jabalí llega hasta donde estaban Don Quijote, espada en mano, Los Duques con afiladas lanzas o venablos, y detrás Sancho sobre el rucio. Cuando ve acercarse al enfurecido animal, sin pensárselo dos veces abandona a su inseparable ‘amigo’ y sale corriendo despavorido intentando subirse a una encina. La rama de la que tira se rompe y queda colgado del gancho boca abajo, rasgándose el bonito vestido verde recién estrenado. Alanzeado por muchos el jabalí, cae muerto, y con este trofeo se dirigen a unas grandes tiendas con mesas de comida lujosamente preparadas. Quitando la caza “de liebres o de pajarillos”, a Sancho la de montería no termina de gustarle:

“–Yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animal que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida (…) no querría yo que los príncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno.”

El Duque le responde:

“–Antes os engañáis, Sancho –respondió el duque–, porque el ejercicio de la caza de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de la volatería [cetrería], que también es sólo para reyes y grandes señores. Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión, y cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza y veréis como os vale un pan por ciento.”

Pero el escudero no se deja convencer, lanzando una buena indirecta al Señor Duque:

“–Eso no –respondió Sancho–: el buen gobernador, la pierna quebrada, y en casa. ¡Bueno sería que viniesen los negociantes a buscarle fatigados, y él estuviese en el monte holgándose! ¡Así enhoramala andaría el gobierno! Mía fe, señor, la caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que para los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al triunfo envidado [‘juego de cartas’; n.] las pascuas [‘muy de vez en cuando’; n.], y a los bolos los domingos y fiestas, que esas cazas ni cazos no dicen con mi condición ni hacen con mi conciencia.”

¡Y llegada la noche empieza el espectáculo!

De pronto, el bosque en que estaban pareció empezar a arder por los cuatro costados, con gran ruido y algarabía de “infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaban. La luz del fuego, el son de los bélicos instrumentos casi cegaron y atronaron los ojos y los oídos de los circunstantes, y aun de todos los que en el bosque estaban.” El estruendo era de tal magnitud que “hasta los mesmos sabidores de la causa se espantaron.” Un correo a caballo que tocaba un gran cuerno de horrible sonido se acercó donde estaban:

“–Yo soy el Diablo, voy a buscar a don Quijote de la Mancha, la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores que sobre un carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el gallardo francés Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser desencantada la tal señora.”

El Diablo, que llevaba muchos pensamientos en su cabeza, no se da cuenta de que tiene a Don Quijote delante: “En Dios y en mi conciencia –respondió el Diablo– que no miraba en ello”. Y Sancho comenta:

“–Sin duda –dijo Sancho– que este demonio debe de ser hombre de bien y buen cristiano, porque a no serlo no jurara «en Dios y en mi conciencia». Ahora yo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.”

Muchas luces de fuego comienzan a moverse en la oscuridad y se oyen unos espantosos ruidos hechos por ruedas macizas. Sancho Panza se desmaya en las faldas de la Duquesa, y tuvieron que reanimarle echándole agua en la cara. Llegaron sucesivamente tres carros tirados por bueyes con hachas encendidas en los cuernos y guiados por demonios. De los altos asientos, tres sabios encantadores se levantan y dicen sus nombres: Lirgandeo, Alquife y Arcalaús. A continuación empezó a escucharse “un son de una suave y concertada música” que tranquilizó mucho a Sancho, pues como dice a la Duquesa ya salido de sus faldas:

“–Donde hay música no puede haber cosa mala [Cervantes pone en boca de Sancho la creencia de que la música ahuyentaba a los demonios; n.] (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.”

“–Ello dirá –dijo don Quijote–, que todo lo escuchaba.
Y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.”

“Las burlas que encontraremos de ahora en adelante son impresionantes espectáculos teatrales que imitan muy de cerca las fiestas palaciegas y públicas –máscaras, torneos, comedias al aire libre, batallas fingidas, fuegos artificiales, cabalgatas, procesiones cívicas y religiosas– comunes a la sociedad europea del Renacimiento y del Barroco, y frecuentísimas en la España de la época.” (Anthony Close, Lecturas del Quijote. Quijote, RAE).

El británico, Anthony J. Close, fallecido en el año 2010, es uno de los cervantistas más ilustres de los últimos tiempos. Catedrático en la Universidad de Cambridge, es autor de La concepción romántica del ‘Quijote’ (1978), un texto de referencia obligada en los más recientes estudios cervantinos, pues cambió la ‘visión idealizada’ predominante desde principios del siglo XIX que había creado el Romanticismo alemán (Schelling, Herder, Heine, Hegel, etc.). Un ‘enfoque romántico’ del que también participaron, entre otros muchos, Unamuno, con la singularísima interpretación heroico-religiosa de la novela que hace en su Vida de Don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra. Explicada y comentada por Miguel de Unamuno (1905), y Ortega y Gasset, con las reflexiones y alegorías sobre el ‘alma o carácter nacional’ y la ‘psicología colectiva de los pueblos’ que realiza en sus Meditaciones del Quijote (1914). Close recuperó una línea de interpretación más realista y acorde con las de los siglos XVII y XVIII, entendiendo el relato como una obra básicamente cómica, como una epopeya burlesca. La idealización trascendente y simbólica que del Quijote hicieron los románticos alemanes y sus continuadores hispanos, excede ciertos límites razonables de imaginación / fantasía críticas y de ‘carga interpretativa’, pero desde luego la novela de don Miguel no es genial y una de las mejores de la historia de la Literatura por ser una mera parodia, ni por ser solo una sátira llena de ingeniosas burlas, ni por ser una simple comedia que entretiene y hace sonreír y reír. Además de todo esto, y sin entrar en ese etéreo nivel hiper simbólico de ‘las esencias’, ‘lo eterno’, ‘lo trascendente’ y ‘la trascendencia’, por sus contenidos cognitivos, emocionales, estéticos y su sentido del humor, el texto de Cervantes sin duda está en el más alto y complejo nivel del discurso humano. Igual que lo están los poco cómicos textos épicos de Homero, y los trágicos de Sófocles o Shakespeare. Quizá a los geniales escritos tragicómicos del bardo inglés sea a lo que más se parece el discurso de Cervantes. 

(Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro) 

(Quijote, II, 34. RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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