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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

¡3.000 y 300 azotes! (capítulo 35)

Este es el número de azotes que debe darse Sancho Panza por sí mismo, o la mitad si prefiere que se los dé “ajena mano”, para que Dulcinea del Toboso pueda desencantarse, dejar el estado de fea aldeana en que se encuentra, y recuperar de nuevo su original e inigualable belleza. El pícaro ‘encantador’ de la idealizada dama de Don Quijote, inducido a creer por la no menos pícara Señora Duquesa dos capítulos atrás que Dulcinea ‘realmente’ estaba encantada, y que la brincadora lugareña que encontró a las afueras del Toboso era ella, recibe ahora del mismísimo sabio Merlín la fórmula necesaria para su desencanto o desencantamiento. 

El ruidoso, infernal, multitudinario y lujoso espectáculo teatral que montan Los Duques hasta el amanecer después de la jornada de caza de montería, termina en esto. Un numerito de enormes proporciones que finalmente aboca en el castigo que por ‘ley natural’ merece tan rebelde y burlón criado. El prestigioso cervantista Anthony Close dice que este tipo de fiestas eran muy frecuentes en la España de aquel tiempo, tanto entre la nobleza como en el pueblo, pero aun siendo esto así se puede pensar que el fondo de tan grandiosa burla es dejar claro cuál era y cómo funcionaba la cadena de mando y de Poder. Todo ocurre entre picardías, pero Los Duques parecen dispuestos a dar una buena lección al criado que osó burlarse de su amo. Es posible, incluso probable, que Cervantes participase de esa visión ideológica sobre la legitimidad de la jerarquía de Poder de su época (Dios, Rey, alta nobleza, nobleza hidalga y pueblo), y por tanto que un criado díscolo no debe quedar sin castigo. O quizá su intención fue solo de tipo literario, una forma de ‘justicia poética’ para equilibrar la relación entre Don Quijote y Sancho después de la tremenda burla de la que el caballero fue objeto por parte del escudero en el Capítulo X. No podemos saber la certeza de ninguna de éstas u otras hipótesis. Para ello tendríamos que mantener una larga conversación con don Miguel… ¡ya nos gustaría! 

Sancho Panza no se deja convencer fácilmente. Luego, cumplirá el castigo a su manera. 

Un versificado largo parlamento de presentación declama ante todos la fea figura con velo negro del espíritu de Merlín que venía en el último y más grande de los carros, un carro triunfal, junto a una bella ninfa sentada en un trono con el rostro cubierto y vestida de resplandecientes lentejuelas, que no era sino ¡Dulcinea del Toboso desencantada! Y así lo concluye:

“–A ti digo, ¡oh varón como se debe por jamás alabado!, a ti, valiente juntamente y discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella, que para recobrar su estado primo la sin par Dulcinea del Toboso es menester que Sancho tu escudero se dé tres mil azotes y trecientos en ambas sus valientes posaderas, al aire descubiertas, y de modo, que le escuezan, le amarguen y le enfaden. Y en esto se resuelven todos cuantos de su desgracia han sido los autores, y a esto es mi venida, mis señores.” 

Muy poca gracia le hizo esta receta a Sancho Panza.  

“–¡Voto a tal! –dijo a esta sazón Sancho–. No digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!” 

Don Quijote se enfurece y amenaza con darle él mismo no ya 3.300, sino 6.600 azotes, pero Merlín aclara que se los debe dar de su propia mano. O bien: “permítesele que si él quisiere redemir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se los dé ajena mano, aunque sea algo pesada.” 

“–Ni ajena ni propia, ni pesada ni por pesar –replicó Sancho–: a mí no me ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo por ventura a la señora Dulcinea del Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso «mi vida», «mi alma», sustento y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su desencanto; pero ¿azotarme yo…? ¡Abernuncio!” [‘¡de ninguna manera!’, ‘¡por nada del mundo!’; metátesis popular de abrenuntio ‘renuncio’, fórmula convencional con que el padrino renuncia a Satanás tras el exorcismo del bautismo; nota al pie, n.]. 

No sin parte de razón se explica Sancho Panza, pero, claro, no reconoce que el ‘maligno encantador’ de Dulcinea fue él, y por tanto que es a él a quien corresponde expiar la culpa. ¡Y encima es un criado! El criado burlón debe de ser aún más burlado por los señores. Todos tratan de convencerle para que se azote, empezando por la desencantada Dulcinea: 

“–¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón, desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que no hay niño de la doctrina [‘niños expósitos o huérfanos, acogidos en algún establecimiento religioso’; n.], por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva [‘pasma’, ‘asombra’; n.], espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el discurso del tiempo (…) la edad tan florida mía (…) pues tengo diez y nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de una rústica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que me ha hecho el señor Merlín, que está presente, sólo porque te enternezca mi belleza, que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodón los riscos, y los tigres, en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión indómito (…) y si por mí no quieres ablandarte ni reducirte a algún razonable término, hazlo por ese pobre caballero que a tu lado tienes: por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene atravesada en la garganta.” 

Sancho protesta de las malas formas de la sin duda bella Dulcinea del Toboso, de sus reiterados vituperios sin ofrecimiento alguno, sabiendo que “un asno cargado de oro sube ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas”, y también de la amenaza que hace Don Quijote de darle por la fuerza el doble de azotes en vez de “halagarme para que yo me hiciese de lana y de algodón cardado”, aconsejando a ambos muy comedido: 

“–Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar y a saber pedir y a tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello como de volverme cacique.” 

Cacique no, pero gobernador de la ínsula sí. Y por aquí ataca el Duque:  

“–Pues en verdad, amigo Sancho –dijo el duque–, que si no os ablandáis más que una breva madura, que no habéis de empuñar el gobierno. ¡Bueno sería que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado o os han de azotar, o no habéis de ser gobernador.” 

¡Esto cambia por completo las cosas! Sancho pide dos días para pensárselo. Tercia entonces con muy buenas maneras su ‘amiga’ la Señora Duquesa:  

“–Ea, buen Sancho –dijo la duquesa–, buen ánimo y buena correspondencia al pan que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí, hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo y el temor para mezquino, que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.” 

Finalmente, el feo espíritu del gran sabio Merlín: 

“–Acabad de dar el sí desta diciplina y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para el cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un poco de sangre.” [‘temperamento sanguíneo’; según la medicina contemporánea, es el marcado y caracterizado por el elemento fuego, la cualidad elemental cálido, el humor sangre y el órgano corazón; por lo tanto, Merlín no habla figuradamente; n.]. 

A lo que Sancho responde socarrón:

“–Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos –replicó Sancho–.”  

Pero como todos los allí presentes de una manera u otra, con unas u otras formas, insisten en que se azote, y como la ínsula estaba en ese momento en juego, el escudero al final cede:

“–¡Ea, pues, a la mano de Dios! –dijo Sancho–. Yo consiento en mi mala ventura (…) pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con condición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los días ni en el tiempo, y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso, pues según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición que no he de estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo [‘golpes flojos, como para espantar moscas’; n.], se me han de tomar en cuenta.” 

Las condiciones son aceptadas, la música empezó a sonar de nuevo, se dispararon incontables arcabuces, Don Quijote “se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas”, el carro se puso de nuevo en marcha, Dulcinea le hizo una “gran reverencia” de despedida, “la tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos daban manifiestas señales que el día que al aurora venía pisando las faldas había de ser sereno y claro”, y Los Duques, “satisfechos de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no había veras que más gusto les diesen.” 

“Un sector de la crítica ha subrayado con razón que, a pesar de la burla a veces cruel de DQ y Sancho, los Duques y el resto de personajes están rindiendo un homenaje a los populares personajes, pues todos se confiesan lectores entusiastas de la Primera parte y partícipes vivos de la aún no escrita Segunda parte.” 

Esto leemos al final del capítulo en una nota al pie de la edición de la RAE dirigida por Francisco Rico. Unamuno (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905) está totalmente en contra de este punto de vista, incluso de los comentarios favorables que hace el mismísimo narrador cuando califica las ducales burlas de “discretas”, “propias”, “felices” o “las mejores aventuras”. Y ni corto ni perezoso don Miguel (de Unamuno) protesta contra “la malicia del historiador”, don Miguel (de Cervantes). ¡O cuando menos de Cide Hamete Benengeli! A ese sector de la crítica contemporánea podemos decirle que según el texto no exactamente “todos” los personajes son fans y han leído la Primera parte del Quijote. Esto lo han hecho Los Duques, pero los demás son criados que obedecen órdenes (aunque parecen hacerlo muy gustosamente). Respecto de la ‘intención’ de los aristócratas, su propósito de divertirse y burlarse del caballero y del escudero es explícito desde el primer momento. La diferencia está en que deciden hacerlo con burlas propias de su alta alcurnia. Y sabiendo además que al entrar en contacto con los ya famosos Don Quijote y Sancho, ellos mismos se han convertido en personajes de la Segunda parte, de la que están participando ‘en vivo y en directo’, por lo que también pueden hacerse famosos. De hecho, se proponen hacer una burla que sea “famosa” (Capítulo XXXIII). Que a Los Duques les guste la Primera parte en principio habla bien de ellos (aunque no sepamos, porque Cervantes no hace esta distinción, si les gustó solo o principalmente por lo cómico de las burlas o por otros contenidos literarios del texto). Sin embargo, se puede deducir que quizá no demasiados miembros de la nobleza que en 1615 la hubiesen leído y les hubiese gustado mucho, montarían de encontrarse con los ‘héroes’ la serie de teatrales y espectaculares burlas que montan estos Duques. La clave pudiera estar en que, aun siendo elegantes nobles, son también pícaros y ambiciosos. Unos elegantes pícaros con “ciertos asomos de malicia y bellaquería”. ¡Como Sancho Panza! Como Sancho Panza, y como tantos otros personajes de la novela. Los Duques son unos personajes más dentro del juego literario de Cervantes. Y el juego literario de Cervantes es bastante más complejo y amplio que el de los Señores Duques. 

(Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos) 

(Quijote, II, 35. RAE, 2015)

 

(Nota.– Termina por fin hoy el estado de alarma, el cautiverio al que nos ha sometido el felón SARS-CoV-2. Y al mismo tiempo empieza el verano, una feliz coincidencia. ¡Somos libres! Libres para desplazarnos por toda España y a otros países. Y de otros países, como ocurre siempre en estas fechas, vendrán muchos turistas a España. Además del histórico interior tenemos miles de bellas playas. Las terrazas y chiringuitos mediterráneos son mundialmente famosos. Todo esto reactivará nuestra maltrecha economía. Pero el coronavirus no ha desaparecido de la Naturaleza, no debiéramos olvidarlo. Si no somos prudentes durante el verano usando mascarilla y manteniendo la distancia interpersonal, es posible que nos llevemos un disgusto en el otoño. Ojalá no, y que el verano sea alegre y entretenido).

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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