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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

El autoelogio, las barbas y el caballo volador (capítulo 40)

El rotundo, muy matizado autoelogio que Cervantes se dedica a sí mismo en el comienzo de este capítulo tiene un claro carácter irónico, pero la parte de verdad que puede contener, que es toda, en el contexto narrativo del simple –por no decir vulgar– numerito circense de mujeres barbudas de cuatro capítulos y pico de duración en que estamos (una larga burla perfectamente omitible, en opinión de don Miguel de Unamuno) no es donde mejor y con más coherencia podría encajar… ¡O quizá sí! 

“Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como ésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, [‘las minucias’; la palabra pertenece a la nomenclatura de la música; nota al pie, n.], sin dejar cosa, por menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas [‘lo que por alguna razón no se dice’; pueden ser preguntas u objeciones; n.], aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes.” 

El celebérrimo autor desea que su historia perdure infinitos siglos entre los vivos porque entiende que puede gustar y entretener a todo el mundo. ¡De general gusto durante infinitos siglos! ¡El autoelogio no se queda corto, desde luego! Pero tampoco es largo en el sentido de hinchado, pomposo o vano, es realista: no dejar nada en el tintero, por menudo que sea, pintar los pensamientos, descubrir las imaginaciones, resolver los argumentos, responder dudas también entre líneas, manifestar curiosidad hasta en los átomos del deseo, y hacer pasar bien el tiempo a gentes de todo lugar con un sustancioso entretenimiento (entretenimiento, pero sustancioso; sustancioso, pero entretenimiento), es una perfecta síntesis de un programa y voluntad de gran escritura llevados a la realidad. La autoconciencia de Cervantes sobre el valor literario universal del Quijote tras el éxito de la Primera parte es plena en estos momentos, y muy precisa. Además no se corta un pelo en expresarla. ¡Y encima lo hace mientras narra una de las peores aventuras de la novela!  

Sancho jura por todos sus antepasados “los Panzas” que jamás ha visto ni oído, ni Don Quijote le ha contado, “ni en su pensamiento ha cabido”, una aventura como la de estas barbadas mujeres. 

“–Válgate mil satanases, por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno, ¿y no hallaste otro género de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor y a ellas les estuviera más a cuento quitarles la mitad de las narices, de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape. 

–Así es la verdad, señor –respondió una de las doce–, que no tenemos hacienda para mondarnos, y, así, hemos tomado algunas de nosotras por remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de piedra; que puesto que hay en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás quisimos admitirlas (…), y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas nos llevarán a la sepultura.” 

Don Quijote, firme en el ‘delirio’ de ser un caballero andante, se presta de inmediato a socorrer a tan cuitadas damas y a enfrentarse con el malvado gigante Malambruno, y pregunta qué debe hacer. A partir de este momento entra en escena el caballo Clavileño. ¡Por fin! 

La Condesa de las Tres Faldas demuestra ahora una rigurosa mentalidad científica, un acentuado prurito de exactitud témporo-espacial: 

“–Es el caso –respondió la Dolorida– que desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más o menos [27.863 Km., aproximadamente, según la definición del DLE (2019): ‘camino que regularmente se anda en una hora, y que en el antiguo sistema español equivale a 5.572,7 m.’]; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete [17.983 Km., metro arriba o abajo].” 

Y como casi todo tiene remedio, añade: 

“–Es también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura (…) aquel mesmo caballo de madera (…) el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín (…) y es lo bueno que (…) ni come ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante [‘andadura regular y ligera de la caballería’; n.] por los aires sin tener alas, que el que va encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado.” 

Sancho Panza asegura que: “para andar reposado y llano, mi rucio”; pero se interesa mucho por tan desconocida y sorprendente cabalgadura: cómo se llama, cuántos caben en ella, y cómo se dirige o gobierna. 

“–Se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño y con la clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina (…) volviéndola a una parte o a otra [la clavija] el caballero que va encima le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.” 

Lo que no le gusta a Sancho ni un pelo es que al poder montar dos personas, “la una en la silla y la otra en las ancas”, le corresponde a él acompañar a Don Quijote en tan fantástico viaje.

El recién nombrado gobernador se resiste todo lo que puede. Se queja de que “los historiadores” cuando relatan las aventuras de los caballeros nunca se acuerdan de mencionar a los escuderos: “¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban y hemos de llevar nosotros el trabajo?”. Protesta de las beneficiadas: “Cuando esta caridad se hiciera por algunas doncellas recogidas o por algunas niñas de la doctrina [‘huérfanas’; n.], pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo; pero que lo sufra por quitar las barbas a dueñas, ¡mal año!, mas que las viese yo a todas con barbas, desde la mayor hasta la menor y de la más melindrosa hasta la más repulgada [‘atrevida’, ‘descarada’; n.].” Finalmente, pone la excusa de permanecer en compañía de La Duquesa para ir adelantando el desencantamiento de Dulcinea:

“Y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto, porque pienso en los ratos ociosos y desocupados darme una tanda de azotes, que no me la cubra pelo [fórmula popular para encarecer una pena o, en sentido recto, una herida que, al cicatrizar, no deja crecer el pelo sobre la nueva piel; n.].”  

Pero ni con éstas. La dueña Dolorida, una experta en la exposición de grandes cuitas y floridos dramas –sobre la elocuencia de su barba–, consigue sacar “las lágrimas de los ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho”. De tal modo, enternecido el escudero, se “propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.”  

 

De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia  

(Quijote, II, 40. RAE, 2015) 

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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