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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Dos discursos: el de la Edad de Oro, y el de la de hierro (capítulo 11)

Una vez empezado en el capítulo anterior el diálogo con el caballero andante (diálogo que a partir de ahora será la esencia del texto del Quijote) y de dar las primeras muestras de pícara socarronería con sus comentarios, Sancho Panza va a generar y mantener un discurso propio, alternativo al de su amo, a lo largo de toda la novela. Un discurso en relación dialéctica de contraste casi siempre burlón con cuanto cree, dice, afirma sin la menor duda, asegura sin vacilar y proclama Don Quijote.

Empecemos por el discurso de este último, que en la presente ocasión se concreta y hace explícito nada menos que mediante su famoso y largo parlamento sobre la Edad de Oro.

Los cabreros acogieron con “buen ánimo” e invitaron a cenar sobre unas pieles de oveja que pusieron en el suelo a aquellos dos extraños personajes que acababan de llegar a sus chozas al anochecer. Primero, “servicio de carne” a base de una caldereta de cabra que hervía al fuego, cuyas tajadas embaularon “con mucho donaire y gana”. El vino lo bebieron en un cuerno que se pasaban unos a otros, cogiéndolo sin descanso de un recipiente, como una noria que no paraba. Y finalmente, de postre, un montón de “bellotas avellanadas” [‘bellotas dulces, con sabor semejante a la avellana’, en contraste con las amargas; nota al pie, n.]. Fue en ese momento, “después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago”, cuando cogió en su mano un puñado de bellotas, las miró atentamente como Hamlet miró la calavera de Yorick, el bufón, y dijo:  

“–Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo (…) Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre [‘la tierra’; n.]; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello [‘con el cabello trenzado o suelto’; equivale a ‘doncellas, mujeres jóvenes’, que llevaban la cabeza descubierta, frente a las casadas y las dueñas, que llevaban tocas; n.], sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas (…) Entonces se declaraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado [se recuerda la frase evangélica de san Mateo y san Lucas; n.]. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero”.   

[El elogio de la Edad de Oro, época mítica en la que, según los poetas, la tierra brindaba espontáneamente sus frutos y los hombres vivían felices, era un tópico de la literatura clásica heredado por el Renacimiento sobre el modelo de Ovidio (Metamorfosis) y Virgilio (Geórgicas). La idealización de la Edad de Oro, vinculada a la literatura pastoril, se desarrolló en España entre los siglos XV y XVII, momento en que se intensificó la vida urbana. DQ proyecta sobre el mito de la época dorada sus utopías caballerescas. La negación de la propiedad en la Edad de Oro es motivo clásico; n.].

Muy poético y largo discurso el de Don Quijote, que el propio autor, Cide Hamete Benengeli, se apresura a criticar consciente de ello en cuanto lo termina:  

“Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien escusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando”.  

Lo que describió Don Quijote a los cabreros como si fuesen sus apóstoles, se parece mucho al también mítico Paraíso terrenal o Edén de los textos religiosos, y en particular al de la Biblia hebrea. Una época sin pecado original, sin serpiente ni manzana mordida, sin malicia ni artificio, ni engaño ni fraude, sin lascivia, todo honestidad, todo verdad, sin delitos que juzgar, sin corrupción, sin agricultura, vegetariana recolectora, sin carne, sin agresividad ni lucha violenta, sin guerra, solo paz, amistad y concordia. En definitiva, una edad verdaderamente Santa con mayúscula. Este doble mito literario, pagano y hebreo, es una pura fantasía humana, una invención que nada tiene que ver con la realidad histórica y prehistórica.  

Una época anterior al nacimiento de la agricultura en el Neolítico (“la pesada reja del corvo arado”) nos sitúa en el Epipaleolítico o Mesolítico. Periodo prehistórico en el que la alimentación procedía en gran parte de la caza cruenta de todo tipo de animales. La violencia armada (lascas de piedra tallada y afilada, flechas, etc.) y las luchas entre grupos o tribus por el dominio de un territorio y sus recursos naturales, como el agua, que instintivamente se consideraban propios, eran constantes. La práctica del sexo no tenía ningún tipo de restricción moral, sujeta solo a jerarquías de fuerza y poder dentro del propio grupo, igual que el resto de relaciones interpersonales. La fuerza física bruta era la Ley. El juez, el más fuerte. Las religiones eran animistas, emergidas en su totalidad del pensamiento mágico, sin conciencia de conceptos ético-racionales como el de justicia. Era un tiempo sin piedad, salvaje, cruel, en la lucha diaria por la supervivencia. Un tiempo con unas características que nos recuerdan y equiparan tanto a la conducta de los animales (por ejemplo, a la manada de simios de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio), que quizá por esto la fantasía humana tuvo que sobrecompensar esa cruda realidad mediante una idealización de nuestra propia naturaleza.  

¡Pero Don Quijote cree en todo! Es cristiano viejo. Cree que la Edad de Oro de los clásicos greco-latinos existió realmente. Y aún más: 1) cree que una orden medieval religioso-militar como la caballería andante, fabulada en leyendas de transmisión oral y en la fantasiosa literatura heroica, también existió; 2) cree que aquella imaginaria orden sacerdotal armada puede volver a existir en el presente de nuestra edad de hierro, en nuestros “detestables siglos”, para devolver al mundo los tiempos ideales y paradisíacos; 3) y de remate cree que él encarna la creencia anterior, que él es un nuevo caballero andante redivivo.

¡Mucho, muchísimo, cree Don Quijote! ¡Un gran creyente, sin duda!

Son varias las creencias que Cervantes acumula y unifica en el personaje. Al menos podemos detectar tres niveles de creencia en su ‘mente’: 1) el idealismo ingenuo del solterón hidalgo manchego, Alonso Quijano, con toda su fantasía poético-literaria; 2) sus creencias religiosas cristianas y católicas; y 3) su creencia ‘delirante’ específica de ser un caballero andante. La mezcla de estos niveles es constante en el Quijote, lo que obliga al lector a un ejercicio de discernimiento. Para facilitarlo, Cervantes contrasta de manera continua el discurso del caballero con el discurso realista que representan el narrador del texto (‘los narradores’), Sancho Panza y otros muchos personajes.  

En este capítulo, Sancho Panza empieza a construir su propio discurso. Lo hace en dos ocasiones. Cuando a la generosa invitación que Don Quijote le hace de sentarse a su lado, comer en su mismo plato y beber de su misma copa (permitiendo en contra de las leyes de caballería que se iguale con él, de modo similar a lo que dice San Pablo en su primera epístola a los Corintios [n.]), el escudero le responde: 

“–¡Gran merced! –dijo Sancho–; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos [‘pavo común, americano’, frente al pavón o pavo real; n.] de otras mesas  donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho [‘conveniencia, utilidad’; n.]; que éstas, aunque las doy por bien recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo”.  

Y cuando al final, después de escuchar la composición amorosa que cantó tocando un ravel el joven cabrero Antonio (este pasaje y todos los demás relacionados con la literatura pastoril que irán apareciendo a partir de ahora en la novela, puesto que Cervantes no los omitió, que bien pudo hacerlo, los lectores podemos leerlos de manera rápida, informarnos de las cuitas amorosas de los ricos zagales y de las bellísimas doncellas, y eludir comentarios en lo posible), se produjo entre amo y criado el siguiente diálogo: 

“Con esto dio el cabrero fin a su canto; y aunque don Quijote le rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más para dormir que para oír canciones, y, ansí, dijo a su amo: 

–Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando. 

–Ya te entiendo, Sancho –le respondió don Quijote–, que bien se me trasluce que las visitas del zaque [el recipiente lleno de vino] piden más recompensa de sueño que de música. 

–A todos nos sabe bien, bendito sea Dios –respondió Sancho.

–No lo niego –replicó don Quijote–, pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo”.   

Luego, como Don Quijote se quejó de dolor en la herida de su media oreja, uno de los cabreros, “tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal [a las virtudes tradicionales del romero, se une la cáustica y antiséptica de la sal; n.], y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad”.

No solo en Sancho (en el que es espontáneo, propio de él), el discurso de la edad de hierro, el discurso de la cruda ‘realidad’, se irá imponiendo también a Don Quijote. Pero el hidalgo ‘enfermo’, convertido en su ‘mente’ en bravo caballero, defenderá su discurso idealista, sus creencias (unas sanas, aunque notablemente ingenuas, otras ‘patológicas’) hasta el último minuto, hasta el final de la Segunda parte. La de Don Quijote será una lucha que él cree que puede ganar, estando perdida desde el principio. Y será esta voluntad de luchar, y hacerlo con nobleza, con dignidad, por encima del ‘trastorno mental’ que le impulsa, la que le convertirá finalmente en héroe. En el héroe más humano quizá de la historia de la Literatura, cuya grandeza surge precisamente de su fragilidad y su derrota. 

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De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros  

(Quijote, I, 11. RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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