SÉGOLÈNE ME PONE

Tiene 53 años. Es francesita, guapa, elegante y muy inteligente la cabrona de ella. Me recuerda a la Binoche, a la Jacob, a la Baye, a la Beart, a la Gillain. A mí, la verdad, Ségolène me pone. Acaba de arrasar en las primarias del PS (con una inmunda campaña en contra en la que se ha llegado a cuestionar su capacidad para conciliar la vida laboral y la familiar) y va directa al Elíseo. La derechona de Sarkozy comienza a temblar mientras que los dinosaurios del partido socialista la miran con prevención e, incluso, con hostilidad. Durante la campaña electoral, muchos de sus compañeros la han tratado con desprecio. Jospin pidió que votaran a cualquiera menos a ella y llegó a decir que sus mítines parecían concursos de belleza y convenciones de tupperware. El patán de Laurent Fabius encendió la mecha al preguntar quién iba a cuidar a los niños franceses si las madres abandonaban el hogar y se dedicaban a jugar a la política. Han llegado a tacharla de demagoga, de simple, de oportunista. La acusan de saber utilizar sus armas de mujer (“es una mujer, y usa y abusa de ello”, dijo un consejero de Sarkozy). Ha apostado por la proximidad, a riesgo de ser tildada de populista. Algunos la ven demasiado autoritaria, un poco dominatrix, algo dama de hierro, la nueva Thatcher con alma de revolucionaria y un puño y una rosa en el corazón. Sin embargo, ella está orgullosa de ser mujer. Es consciente de que es bella e interesante. Se viste con modelitos preciosos. Se sube a unos tacones altos y enseña las piernas. Quiere demostrar a todos que se puede ser mujer y mandar. Que incluso se puede ser una mujer bella y mandar. Algunos creen que es demasiado perfecta. Tiene cuatro hijos, nunca se casó y su compañero (un pez gordo del partido socialista) le ha cedido el protagonismo. Es heredera directa de los mandarines franceses, napoleónica por genes, musa del cambio, defensora acérrima de la semana de 35 horas, del orden justo y de la democracia participativa. “No tengamos miedo de las ideas nuevas, saquémoslas de la vida cotidiana del pueblo”, dice con una sonrisa. “El mundo ha cambiado, Francia ha cambiado y la política debe cambiar”. La derecha francesa se ha puesto ya nerviosa y busca sacar un conejo de la chistera para enfrentarse a Ségolène Royal. Antes de ir a por ellos, y tras tirar de las orejas a sus compañeros machistas, tiene que ponerse manos a la obra y desterrar a los gilipollas que la rodean. Por ejemplo a Georges Frêche, que siente vergüenza de su selección porque juegan nueve negros (“Me avergüenza este país. Pronto habrá 11 negros”). Comentarios idénticos a los que escupió por su boquita el inmundo Le Pen en vísperas del pasado Mundial. En fin, queda un largo camino pero Ségolène ha conseguido ilusionar a una militancia desencantada. Lidera una izquierda nueva, fresca, sin pasado, y aparece sobre todo como un claro revulsivo para Francia. Algo que necesita de manera urgente Valladolid y Castilla y León. ¿Conseguirá lo mismo Soraya Rodríguez?

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El Norte de Castilla

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