YO, MORIARTY

yo-moriartyEn una caja de metal oxidada y abollada se descubren ciertos legajos durante los trabajos de excavación en el metro de Londres. Su contenido cambiará la historia de Gran Bretaña y del mundo entero. Parecen ser los diarios, cuidadosamente redactados y auténticos, que una vez pertenecieron al difunto profesor James Moriarty, némesis del célebre detective privado Sherlock Holmes del 221B de Baker Street. En las páginas de este documento único, Moriarty revela la verdad acerca de su relación con el detective privado, así como la de éste último con John Watson, su biógrafo y confidente. La verdadera naturaleza de Mycroft Holmes, el Club Diógenes, Irene Adler y muchos otros personajes que aparecen a lo largo de la obra escrita de Arthur Conan Doyle, bajo el dictado de Holmes y Watson. Todo es detallado por la pluma de Moriarty, incluyendo los casos más famosos de Holmes, los acontecimientos históricos más influyentes de su tiempo y crímenes mayores, todos los cuales ayudan a revelar el verdadero Holmes a los ojos del público.

Agradabilísima sorpresa la proporcionada por este fantástico pastiche en el que Miquel Giménez nos propone una deconstrucción del mito y de lo que todos conocemos de nuestro amado Sherlock Holmes. El autor nos propone darle la vuelta a la versión oficial, husmear en lo que hay detrás del espejo, desnudar al mito. El resultado es, quizá, algo que no nos esperábamos. ¿Y qué tal si el malo de la película era Holmes y no Moriarty? Por el camino decenas de coincidencias que hacen que la versión oficial salte por los aires y un carrusel de personajes entren y salgan del escenario. Por allí andan Freud, Marx, Niezsche, Pio Baroja, Jack el Destripador, Fu-Manchú además de muchos casos que nos resultarán conocidos, desde las bombas anarquistas en Cataluña pasando por la masonería o el drama de Mayerling. Con James Moriarty (filiación española incluida) dirigiendo las operaciones y siempre en la diana los perversos hermanos Holmes. El París de Moriarty frente al Londres de Holmes. La capital de la cultura y del arte, de los idealistas y aventureros, frente a la capital rígida, victoriana e hipócrita de un vasto Imperio. Y por el medio, siempre, la deliciosa Irene Adler, of course.

Pues eso, esta memorable reinterpretación del canon holmesiano bajo el título de “Yo, Moriarty: los diarios del Profesor” es una auténtica delicia de la que esperamos, ansiosos, continuación.

LA CARA DEL HOMBRE DE SATURNO

la-cara-del-hombre-de-saturnoDicen que Harry Stephen Keeler inventó el “zany”, algo así como la farsa-intriga de gran complicación, aunque todas sus novelas, que en realidad constituyen un género único, se publicaron como novelas de misterio. El propio Keeler prefería hablar de “webwork novel”, historias en las que personajes y situaciones están conectados por una cadena ininterrumpida de increíbles coincidencias. O sea que el novelista de Chicago, en vez de evitar coincidencias para dar mayor realismo a sus obras, lo que hacía era cada pocas páginas dar un giro increíble a la trama a través de alguna nueva coincidencia surgida de su portentosa imaginación.

En “La cara del hombre de Saturno”, el joven Jimmie Ketland, redactor del periódico Sun, de Chicago, recibe una misteriosa nota en la que le informan de una posible gran exclusiva si se persona esa noche en Crilly Court 1710. Sin pensárselo dos veces, se presenta allí y descubre que en la dirección especificada hay una tienda de Antigüedades. Al entrar en ella, descubre al dueño muerto con una lanza clavada en el pecho. Antes, durante el camino, el taxi en el que Ketland se dirigía hasta allí había atropellado a una joven. Estos dos hechos son sólo el principio de una alucinante montaña rusa en la que se verá sumergido el protagonista a lo largo de  la novela.

Los hechos no pararán a partir de ese momento de sucederse de una forma trepidante envolviéndole en una complicada trama de traición y espionaje enrevesada e hipnótica, con decenas de caminos que se abren y cierran alocadamente. Asesinatos, chantajes, planos secretos, traiciones, traficantes, un despido incomprensible, un extraño cuadro recortado. Todo vale en el universo de Harry Stephen Keeler. ¿Cómo ocurrió que se saliera una piedra de un engarce firme, justamente en el lugar del crimen? ¿Quién era el doctor Steven Watling, cuyo nombre figuraba en un trozo de papel que se encontraba en el bolso de la joven atropellada? ¿Por qué había mentido el director del periódico diciendo que salía de viaje y por qué, además, salía de la casa de Watling a las cuatro de la madrugada? ¿Quién había enviado el aviso al Sun? ¿Quien era el tal Ricardin cuyo nombre aparecía en una pulsera de oro? ¿Qué había en la cara recortada del extrañísimo cuadro que representaba al hombre de Saturno? Keeler en estado puro, o sea..  Eso sin olvidar la inclusión de un peculiar e interesantísimo relato independiente con el título de “La extraña historia del dólar de John Jones”. Pues eso, novela trepidante en la línea de su autor con sus peculiares argumentos en forma de tela de araña y los giros en la trama continuos. Eso sin olvidar la sorpresa final en la última página marca de la casa.

ESTAMOS PERDIDOS

estamos-perdidos1Publicado en El Norte de Castilla el 29 de junio de 2018

Los titulares de los periódicos enseñan más de lo que parece. Por ejemplo, en qué tipo de sociedad nos estamos convirtiendo o hacia qué profunda sima nos dirigimos. El mismo día en el que se supo que la Audiencia de Navarra dejaba en libertad a los cinco miembros de la Manada hubo otros titulares que resultaron llamativos. Uno de ellos insistía en el repulsivo caso de los machirulos sevillanos (¿qué sería de San Fermín sin soltar por la calle a alguno de sus mejores cabestros?). El titular hacía referencia al profesor de la Universidad de Santiago que había denigrado a la víctima de La Manada (“ella disfrutó de la situación”, sostenía en un vídeo). La noticia era que la universidad le dejaba sin sanción aunque trasladaba el expediente a la Fiscalía. Otro titular de ese día tenía como protagonista al Ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, por rechazar un nuevo barco con 250 inmigrantes, a los que no calificaba como personas sino como “cantidad de carne humana a bordo”, eso antes de, en plan chulesco, pedir que se llevaran dicha carga a España o Francia. No sé qué pensarán los italianos de tener una mierda humana dirigiendo de esa forma los destinos de su país. Ya están tardando en incendiar las calles. Salvo que sean de memoria frágil y estén de acuerdo con su política. En fin, el último titular de ese día hablaba de Ruperta, la elefanta más popular de Caracas, que había muerto de hambre. A algunos les parecerá frívolo mezclar un elefante con Salvini o con los miembros de La Manada. Y sí, efectivamente, es muy injusto comparar a un elefante con semejantes abortos de calamar. Desde ese día, hace casi una semana, las cosas no han cambiado mucho. Salvini continúa ventoseando, La Manada está a punto de convertirse en carne de reality y el mundo sigue a la deriva. Hasta ha aparecido un nuevo Ecce Homo de Borja. Ha sido en Estella donde un imbécil ha destrozado una escultura de San Jorge del siglo XVI. Estamos perdidos. Una valiosa policromía antigua cubierta con pintura y escayola. Un San Jorge convertido en un madelman y con más maquillaje que muchas chonis. Esto pasa por haberle reído las gracias al Ecce Homo de Borja, convertido en obra de arte meme y generador bastardo de peregrinos botarates. Lo siguiente será colorear el Guernica con Titanlux o los bisontes de Altamira con rotuladores Carioca. Se admiten apuestas.

LA LÍRICA REVOLTOSA DEL ÁLBUM BLANCO

white-albumPublicado el 23 de junio de 2018 en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, en el especial dedicado a conmemorar los 50 años del Álbum Blanco de The Beatles.

El Álbum Blanco de los Beatles es una biblia infinita, un laboratorio de ideas, una explosión de nuevos caminos en el mundo de la música y un sublime rincón donde se esconden unas cuantas joyas desconocidas del cancionero beatle. Musicalmente, es un prodigioso cajón de sastre donde todo cabe: baladas acústicas, rock, pop, alegres pachangadas sin complicaciones, toques de blues británico, surf rock estilo Beach Boys, canciones swing tipo años 20, toques indios,  heavy metal, collages experimentales… Todo ello entró en aquella mágica coctelera. Y lo hizo con unas trabajadas y juguetonas letras no siempre comprendidas y a veces despreciadas. La lírica beatle siempre ha sido dejada en un segundo plano a pesar de que, Bob Dylan mediante y a partir del “Revolver”, tanto McCartney como especialmente Lennon nos regalaron algunas letras memorables. En el Álbum Blanco dieron un paso al frente. Y lo hicieron con un nuevo y revoltoso elemento: el humor. Al lado de letras tontas y repetitivas (“Birthday”, “Obladi Oblada”), los Beatles desplegaron una crítica ácida y corrosiva (a las clases pudientes en “Piggies”, al americano medio en “The continuing story of Bungalow Bill”, al Maharishi tras ser acusado de seducir a Mia Farrow en “Sexy Sadie”) junto a destellos poéticos dignos de reseñar. La letanía surrealista llena de imágenes impactantes de “Julia” o los deslumbrantes versos producto de una noche con LSD de “Hapiness is a warm gun” son sólo algunos ejemplos. Pero si por algo es famoso el Álbum Blanco es por la mala interpretación que algunos dieron a ciertas letras del disco. El caso de los asesinatos de la familia Manson es el más trágico y conocido. El tarado gurú hablaba de “Revelation 9” en vez de “Revolution 9” porque en inglés el libro del Apocalipsis se llama Revelations y su capítulo nueve comienza con el quinto ángel haciendo sonar su trompeta. Por supuesto, el quinto ángel era Manson y los cuatro jinetes del Apocalipsis los Beatles. Eso decía Manson. También que se acercaba una apocalíptica guerra racial, que el “Helter Skelter” era el holocausto que estaba por venir y “Blackbird” un himno de sublevación para los negros. Según él los Beatles les estaban programando para que se levantaran: “Rise” (Alzaos) se escucha en el collage musical de “Revolution 9”. “Piggies” era una crítica feroz contra la gente adinerada y Pig y Rise aparecieron pintadas con sangre junto a las personas asesinadas. También Helter Skelter, la canción más heavy grabada por los Beatles. El mundo no estaba preparado para algo tan experimental como el Álbum Blanco. Y mucho menos un loco como Manson. Tampoco, a otro nivel, los tipos que analizaban las letras de las canciones al milímetro y sacaban conclusiones delirantes. Labeatles-1más famosa es la que sostenía que Paul McCartney había fallecido en 1966 tras un accidente de coche y que los Beatles le habían sustituido por otro músico. Según ellos las fotos del Magical Mistery Tour ofrecían muchas pistas y la portada del Sgt. Peppers no representaba otra cosa que el funeral de McCartney. Había algunas letras de canciones que lo atestiguaban. Con el fin de reírse de todos aquellos descifraletras, John Lennon compuso “Glass Onion” pero el tiro le salió por la culata. En el precioso tema (otra joya más del Álbum Blanco) aparecían citadas unas cuantas canciones de los Beatles y un verso revelador: “pues bien, allá va otra pista, la morsa era Paul”. Lennon lo hacía en clave burlona y mirando a través de una cebolla de cristal. Los descifraletras lo tomaron completamente en serio y les sirvió para confirmar sus desquiciadas teorías. La morsa, decían, era el símbolo de la muerte en algunas culturas. También que glass onion era un tipo de cristal tratado manualmente que se utilizaba mucho en la construcción de ataúdes. Una auténtica locura. El caso es que McCartney tuvo que saltar al ruedo para gritar a todo el mundo que quisiera escucharle que era él, que estaba vivito y coleando. Muchos no le creyeron. Y así hasta hoy. Cosas de las letras revoltosas y burlonas del Álbum Blanco.

HEMOS VUELTO

hemos-vueltoPublicado en El Norte de Castilla el 22 de junio de 2018

El fútbol es caprichoso. Muy caprichoso. Tras la fiesta del ascenso, no está de más la reflexión y el echar la vista atrás. Jaime Mata es ahora Dios pero el año pasado no valía ni para jugar en Segunda B (eso decían muchos). De hecho, en verano se buscó con ahínco un delantero centro. Finalmente vino Ortuño que acabó dando la espantada del siglo. Gracias a ello, Mata ha firmado una temporada de ensueño. El fútbol es caprichoso. Jugadores que hace apenas tres meses no corrían y no tenían un mínimo de calidad (eso vomitaban las redes sociales y los foros futboleros) ahora se han convertido en ídolos de una ciudad entera. El fútbol es caprichoso. En el Nuevo José Zorrilla hemos estado todo el año ocho mil personas pero en los tres últimos partidos se ha colgado el cartel de “no hay entradas”. Eso por no hablar de las miles de personas celebrando el ascenso como si no hubiese un mañana. El fútbol es caprichoso. Los mismos que se burlaban de ti cada lunes e insultaban a los jugadores pucelanos (“son malísimos, no valen para nada, no sé cómo puedes ir a verlos”) te pedían entradas para ver los partidos del play off y se enfundaban sus camisetas blanquivioletas con orgullo y devoción. El fútbol es caprichoso. A principio de temporada se fichó a un entrenador que nos prometía el cielo (al menos por su apellido parecía estar en posesión de las llaves) pero por lo único que le recordaremos es por defenestrar a algunos de los mejores jugadores de la plantilla y por su intención de pasar a la historia ejecutando los saques de esquina más estúpidos del universo. El fútbol es caprichoso. Muy caprichoso. Hasta el punto de que una decepcionante dirección deportiva acaba, gracias al ascenso, obteniendo nota de sobresaliente y colgándose la medalla del ascenso a pesar de haber muchas más sombras que luces en su gestión: regalo de nuestros dos mejores centrales, fichajes surrealistas del central austriaco y de un lateral zurdo más verde que el defenestrado Ángel a quien venía a sustituir, tardía destitución del entrenador… Pues sí, a pesar de todo, al final hemos vuelto. El Pucela siempre regresa al lugar del crimen. Ojalá la gente se suba al carro definitivamente aunque mucho me temo que cuando las cosas salgan mal volveremos a ser ocho mil. Bueno, ya somos más que los 300 espartanos de Leónidas. Y más guapos y violetas que ellos.

 

LA CANCIÓN MÁS TRISTE DEL MUNDO

musica-triste3Publicado en El Norte de Castilla el 15 de junio de 2018

Alguien me manda la canción más triste del mundo. No sé por qué lo hace. Quizá como complemento a mi reciente oda de amor a “A whiter shade of pale”. Tampoco creo mucho en los algoritmos que deciden algo tan subjetivo como la tristeza empapelada en mi bemol. Tengo mis propias letanías del dolor. Aun así, la historia es conmovedora. La protagonizan Thom Yorke y Rachel Owen. Se conocieron en la Universidad de Exeter hace muchos años. Él se convirtió en cantante y líder de la banda británica Radiohead y ella se especializó en literatura medieval. Aparentemente nunca se casaron aunque algunos hablan de una boda secreta. El caso es que desde 1995 Thom Yorke acostumbra a tocar un tema con su guitarra acústica en los conciertos de Radiohead. Ese tema se titula “True love waits” y ha sido elegida la canción más triste del mundo. Un analista de datos, Charlie Thompson, ha creado un algoritmo para medir la tristeza y melancolía de las canciones y utilizando varios programas ha llegado a esa conclusión. La canción parecía hablar de la infancia perdida y del deseo de volver atrás en el tiempo y Radiohead nunca la había incluido en sus discos pero 21 años después “True love waits” aparece cerrando su último trabajo. La triste historia ha acabado por explotar. El fin de la relación. El dolor. Las cicatrices del pasado que nos matan. La saudade. Y, lo que es peor, unos meses después de la publicación del disco, la prematura muerte de Rachel Owen. Ahora la canción ya no parece dedicada a la infancia perdida. Ese desgarrador lamento del “no te vayas, no te vayas” tiene otro significado. Esta letanía del dolor ha tardado veinte años en reencontrarse. Lavaré tus pies hinchados, ahogaré mis creencias, el verdadero amor espera dentro de áticos embrujados, solamente no te vayas, no te vayas. El canto desesperado de alguien que no está viviendo, que tan solo está matando el tiempo. Un charco en forma de luna. Un corazón roto. Quizá el análisis de datos no sea la forma más romántica de discernir sobre la canción más triste. Quizá. Lo cierto es que en los días azules necesitamos escuchar canciones tristes que plasmen las mismas sensaciones que estamos experimentando. Autodestruirnos para liberarnos. Canalizar emociones. Sobreponernos al dolor. Lo dice alguien que, en su adolescencia, fue un yonqui de Triana. Larga vida a las canciones tristes.

 

EL ESPÍRITU SANTO EN LLAMAS

santo-spirito4Publicado en El Norte de Castilla el 8 de junio de 2018

Va de de ángeles. Los que protagonizan “Santo Spirito”. Los ángeles de Cielo sobre Berlín en esta ocasión visitando la iglesia del Espíritu Santo en Florencia y buscando la Verdad. Nunca les vemos (¿son visibles los ángeles?) pero asistimos en primera fila a uno de sus días de trabajo. En este caso, guiando a una persona a punto de dar el salto y metiéndose en su interior sin que ella nunca llegue a saber que sus ojos son ahora los de esos dos ángeles. Con ellos descubrimos todo el proceso mientras viajamos por el interior de Florencia. Sabemos, por ejemplo, que en el último momento ella no para de pensar en un amigo que saltó de un edificio de oficinas. Lo hace mientras, consciente poco a poco de lo que sucede, comienza a sentir miedo. Un miedo desolador. “Niveles de ansiedad conectando con energía religiosa / Estrés emocional en picado”, registran los radares de los ángeles. Es lo normal, comentan. También que los humanos desconocemos que sólo existe la Verdad. Que nunca volvemos a ser los mismos cuando lo descubrimos. Que, en el último momento, sólo anhelamos un final feliz para deshacernos de nuestros grandes temores. Buscar un lugar mejor, en definitiva. Es lo que hace el sujeto al que están guiando los dos ángeles. Cuanto más se deje llevar, más puertas abrirá. Eso hasta que el subconsciente deje la puerta abierta de par en par por accidente. En ese instante entrará la Verdad. Antes de eso, el miedo, la pérdida de energía por todas partes, el comprender que no hay vuelta atrás. Algo que ya es para toda la eternidad. En el último atisbo de consciencia regresa el amigo que saltó de un edificio de oficinas. Necesitan saber que hay un final feliz para ellos. La Verdad está entrando. Resistencia cero. Los ángeles le llevan a aquel instante. Muchos años atrás. En ese momento, agarrados de las manos, los dos se lanzan al vacío. Los ángeles han terminado su trabajo. Pueden regresar a casa. Mientras tanto Chris Rea canta “en algún lugar más allá de la Luna no habrá tristeza, no habrá miedo en algún lugar entre las estrellas”, la guitarra gime y el universo se expande infinitamente. Podemos buscar explicaciones a todas las cosas, bucear dentro de saberes imposibles, pero al final, tal y como señalaba el poeta, “la física nuclear no me sirve para comprender por qué lloro por amor”.

 

EL GRITO

el-gritoPublicado en El Norte de Castilla el 1 de junio de 2018

Sólo un loco pudo haberlo pintado, escribió Munch en el reverso de “El Grito”. Un loco o alguien desesperado y angustiado. Alguien con necesidad imperiosa de gritar y desahogarse. El grito de angustia que tantas veces deseamos y necesitamos liberar. El icónico cuadro forma parte de nuestra vida. Quizá porque representa un antes y un después en la historia del arte, quizá porque es un cuadro que podemos escuchar, quizá porque al contemplarlo comprendemos la angustia de nuestra propia existencia, nuestra insignificancia, nuestra fugacidad. Una figura andrógina en primer plano gritando de forma desesperada, un sendero de vallas que se pierde de vista, Oslo visto desde la colina de Ekeberg, sangre y lenguas de fuego acechando sobre el azul oscuro del fiordo. Los lamentos de los internos de un manicomio cercano, las nubes de nácar, la erupción del volcán Krakatoa. Cualquier teoría es válida pero la única verdad es la angustia y la desesperación que brota del cuadro. ”El grito” fue expuesto por primera vez formando parte de un conjunto de seis piezas titulado “Amor”. La última etapa del amor, el trágico fin, estaba representada precisamente por “El grito”. Fue un escándalo. A las mujeres embarazadas se les aconsejó que no visitaran la exposición. El régimen nazi, años después, calificó a Munch de artista degenerado y retiró sus cuadros. Hoy en día, “El grito” es un icono. Desde Warhol a la máscara de los asesinos de “Scream” pasando por los miembros de El Silencio en Doctor Who. También la quintaesencia de las almas solitarias devoradas por las grandes ciudades. Lorca lo comprendió mejor que nadie. “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos”, dijo Neruda de él. Por eso “Poeta en Nueva York” no es otra cosa que un viaje al grito oscuro. El horizonte sin luz mordido de hogueras, la angustia de un corazón devorado por las nebulosas, la desazón de un millón de paisajes, la necesidad de gritar hasta que las ciudades tiemblen como niñas. Una pequeña quemadura infinita, un dolor sangrando por las tardes, un dolor de luna apuntillada, un dolor de pólvora en los ojos, un dolor de ignorante leopardo, un corazón temblando arrinconado como un caballito de mar. Todo eso es “El grito”.

ESOS LOCOS DEL BALÓN OVALADO

Publicado en El Norte de Castilla el 26 de mayo de 2018

Corría el año 1995. Mundial de Rugby en Sudáfrica. Todo el mundo recuerda a Nelson Mandela alzando los brazos mientras François Pienaar recibía la copa de campeones. Fue el año en que el añorado Madiba consiguió que el rugby, un deporte que simbolizaba en Sudafrica la supremacía blanca, uniera a toda la población. Clint Eastwood, en “Invictus”, narró el milagro de aquel cuento real en el que el rugby ayudó decisivamente a olvidar el racismo. “Yo soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”, tal y como rezaba el poema de William Ernest Henley que sirvió de inspiración a Mandela durante su encarcelamiento y que se convirtió en el padrenuestro de apoyo a los Springboks para alzarse con el título. Lo que uno recuerda más de aquel mundial, sin embargo, es la deslumbrante irrupción de la primera gran estrella mediática del rugby, la aparición estelar de un alma rugby5-001inconquistable, de un auténtico portento de la naturaleza. Jonah Lomu, con apenas 20 años, se convirtió en aquel momento y ya para siempre en la imagen de un deporte único. Una incontestable leyenda que contribuyó decisivamente al despegue profesional del rugby. Los que tuvimos ocasión de verle nunca olvidaremos sus portentosos ensayos. Los que le conocieron, hablan de un tipo entrañable y, a pesar de ser una estrella, la primera gran superestrella del rugby, todo el mundo coincide en destacar su personalidad cercana y humilde. El puma Diego Albanese cuenta que tras un partido se le aproximó y le dijo: “Buen partido, Diego”. Albanese no daba crédito. Era la estrella quien se acercaba a él, ¡quien conocía incluso su nombre! El puma recuerda que antes de los partidos siempre tenían el dilema de cómo pararlo: “Si íbamos abajo, él podía saltarnos; si lo buscábamos en la cintura, él topeteaba, y si intentábamos arriba, el riesgo era un hand-off que nos desplazara cinco metros. La técnica no contaba tanto, porque él pasaba por arriba. Yo trataba de anticiparme, o bajar la cabeza e inmolarme. Quería que por lo menos se tropezara”. Pero ni siquiera así. Ni haciéndole tropezar le podían parar. ¿Cómo hacerlo ante un tipo de casi dos metros, 120 kilos de peso y que era capaz de correr los 100 metros en 10.8 segundos? ¿Cómo parar a una locomotora humana? ¿Cómo detener a alguien con la fuerza de un oso y la velocidad de un guepardo? Desgraciadamente, la eclosión del mito fue fugaz. Lo que nadie había podido hacer, detener al big man, lo hizo una extraña enfermedad genética que le obligó a retirarse prematuramente. Tuvo que someterse a un trasplante de riñón y aunque pudo haber tenido trato de favor (el rugby en Nueva Zelanda es más que una religión) se negó a ello. Entró en la lista de espera y finalmente fue operado. Los médicos le comunicaron que seguramente no volvería a caminar pero Lomu se sobrepuso a ello y llegó incluso a regresar a las canchas, aunque ya nunca volvió a ser el mismo. Se dedicó a pasear su estrella por todo el mundo, a dar charlas a los más pequeños, a inculcar el amor por el rugby y a enseñar cómo realizar el tradicional haka neozelandés. Su cuerpo, finalmente, rechazó el trasplante en 2011 y acabó falleciendo a los 40 años, dejándonos la estela gloriosa y memorable de un deportista único, alguien que de haber nacido en otra época habría protagonizado centenares de poemas épicos.

De la leyenda a los recuerdos

En Pucela tenemos nuestros particulares locos del balón ovalado, nuestras pequeñas estrellas, nuestros modestos poemas épicos. Por eso a uno, con la final de la Liga Heineken entre los dos equipos vallisoletanos, el VRAC Quesos Entrepinares y el SilverStorm El Salvador, le asaltan de repente un sinfín de recuerdos:

Me acuerdo de un equipo imbatible, del primer título, del comienzo del sueño del rugby en Valladolid, me acuerdo de Lavín, de Pirulo Álvarez, de los Candau, de Mazariegos, de Carlos de la Viuda y de los argentinos Marcos Baeck y Marcelo Mascaro. Me acuerdo del frío de Pepe Rojo. Me acuerdo de que gracias al rugby muchos hemos puesto en el mapa a Fiyi, a Tonga o a Samoa. Me acuerdo de las meriendas en los descansos de los partidos, de los cachis, del tercer tiempo. Me acuerdo de que en las fiestas de carnaval muchos niños disfrazados saltaban al campo y se fotografiaban con sus ídolos. Me acuerdo de una fotografía de un pequeño Batman sin dientes junto a Alberto Reiriz. Me acuerdo de una tangana y de la gente gritándole al árbitro (“Árbitro, ¿no has visto nada?”) y el árbitro contestando en voz alta “algo he oído”, ante el cachondeo generalizado. Me acuerdo derugby3 las madres de los jugadores animando en las gradas del Pepe Rojo con auténtica pasión y en esas mismas gradas al Canas dando consignas voz en grito. Me acuerdo del silencio respetuoso en los golpes de castigo, del ruido del choque en la melé, de algún que otro dedo dislocado y de muchas cabezas vendadas a lo D’Annunzio. Me acuerdo del Newcastle Falcons y de los Harlequins jugando en Pepe Rojo en un fin de semana mítico. Me acuerdo de un buen puñado de anécdotas que corrían por las gradas de Pepe Rojo, como aquella que hablaba de la llegada del autobús del Ciencias de Sevilla una gélida noche de invierno con niebla cerrada, y de uno de los jugadores sevillanos bajando muerto de frío y preguntando a un tipo: “Oiga, ¿pero aquí vive gente?”; o aquella otra famosa anécdota con un jugador dirigiéndose al árbitro antes de sacar una touche (“Señor, ¿puedo cambiar de balón? Es que este tiene vaselina”) y al talonador respondiendo: “Sí, mejor cámbiaselo, que le trae malos recuerdos”. Me acuerdo, en fin, del estadio Zorrilla lleno con 26.000 personas (Borbón incluido) en la Final de la Copa del Rey de Rugby 2016 y de ningún alma moviéndose del asiento mientras caía sobre nosotros una lluvia torrencial. Aquel día Valladolid honró al rugby y dio una lección ante toda España. Los jugadores del Chami y los del Quesos dando ejemplo y abriendo una vía impensable en el mundo del rugby español. Sin ir más lejos, este mismo mes, se han disputado en Bilbao, en el legendario San Mamés, la Challenge Cup y la Champions Cup, con la asistencia de cien mil aficionados. Hasta 120.000 litros de cerveza se bebieron ese fin de semana y no hubo ningún problema, ningún altercado. La gente del rugby es de otra pasta. El rugby1rugby no sólo es un deporte. El rugby es una filosofía vital. Es una religión. Una forma de entender la vida con normas no escritas que funcionan como las tablas de Moisés. Así, la tradición de que el equipo ganador haga el pasillo y aplauda al perdedor antes de que  los derrotados hagan lo propio con los vencedores; o la fiesta de hermanamiento del tercer tiempo en la que el equipo local agasaja al visitante y a los árbitros con comida y cerveza. Pero, por encima de todo, la sagrada máxima del respeto. El respeto a uno mismo, a las reglas, al árbitro, a los rivales, a la afición. Por eso es difícil ver a algún jugador fingir una lesión, intentar engañar al árbitro o protestar sus decisiones. Cuando un jugador se dispone a patear a palos el silencio es total en el estadio y si a alguien se le ocurre amagar un simple silbido inmediatamente es acallado. No hace mucho, la organización del mundial sugirió separar a las aficiones en los estadios por motivos de seguridad. Aquello se consideró poco menos que un insulto pues no se puede dudar de la buena conducta de los aficionados al rugby. Así que con todas estas máximas de la liturgia del oval, estamos listos para ser testigos, rugby4una vez más, de un acontecimiento único en Pucela. Lo haremos con Alhambra Nievas, la mejor árbitro del mundo, y otra vez con los escoceses y los chamizos enfrentados en el campo de batalla para dilucidar quién gana finalmente la Liga de Rugby. Será, sin duda, una memorable fiesta protagonizada por esos locos pucelanos del balón ovalado. En todos los deportes, Madrid y Barcelona acaparan los focos. En el rugby tenemos la suerte de que Valladolid ostenta el trono. Y lo hacemos no solo con un equipo. El rugby español se escribe desde hace años con dos nombres. Y los dos son vallisoletanos. Algo, desde luego, que debería enorgullecernos y que deberíamos enarbolar con alborozo. Con la cabeza ensangrentada pero erguida, sin miedo ante los años amenazantes, con el alma inconquistable por bandolera, los amos de nuestro destino, los capitanes de nuestras almas.

 

 

 

 

CON SU BLANCA PALIDEZ

con-su-blanca-palidezPublicado en El Norte de Castilla el 25 de mayo de 2018

Fue hace un millón de años. Ella, la sirena que se llevó a Neptuno de paseo, me sonrió tristemente y me enseñó que la música alimenta el amor. También que la música es su reina. Lo hizo antes de que nos hundiéramos buceando velozmente y alcanzáramos el lecho submarino. Hablo de “A whiter shade of pale”, probablemente la canción más hermosa (y triste) del mundo. Llevo escuchándola toda la tarde. En bucle. Alucinado y desolado. Deslizándome por el ligero fandango. Rodando por el suelo. Un poco mareado. Con el corazón achicado y la tristeza convertida en vicio (a lo Flaubert). Con el doloroso silencio del ahogo y la música azul herida. La tarde gris, la lluvia esdrújula y el cielo boqueando como un náufrago. Mientras tanto, yo tan cansado y tan pequeño, con el spleen de Baudelaire en forma de llanto de princesa abandonada en el palacio de invierno. Todo ello cada vez que escucho el órgano Hammond sollozando. Recordando su voz. La tristeza de sus notas. La sonrisa que adornaba su blanca palidez.

Dicen que John Lennon amaba esta canción. Que la ponía continuamente en un tocadiscos que llevaba en su lujoso Rolls-Royce. Que volaba con ella al ritmo del LSD y de Bach. Que en ocasiones, una vez llegado a su destino, se quedaba dentro del coche y la escuchaba una y otra vez. Era 1967. El verano del amor y del “Sgt. Peppers”. También el de “Noches de Blanco Satén”, canción hermana publicada casi al mismo tiempo. Aunque para canción hermana, en acordes, en cadencia y en la presencia luminosa del órgano Hammond, el “Je t’aime moi non plus” de Gainsbourg. Pues eso. Te amo, yo tampoco. Los recuerdos de agua escapando por los ojos. Las telarañas de la tristeza, la música rota y el demasiado corazón. El recuerdo de la despedida. La saudade de todo aquello que pudo haber sido y no fue. Una letra surrealista, el sonido psicodélico de la época y el barroquismo de Johann Sebastian Bach. Un desarrollo musical casi sinfónico que ya auguraba la llegada del rock progresivo, una voz hipnótica y el segundo movimiento de la Suite No. 3 sobre el que florecen unos versos inquietantes y crípticos. Pero, sobre todo, una misteriosa y sensual atmósfera envolviendo la canción gracias al majestuoso sonido del órgano Hammond. Escuchando esa arrebatadora melodía y la desolación que destilan sus notas, yo también podría escribir los versos más tristes esta noche.

El Norte de Castilla

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