VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA

viaje-al-centro-de-la-tierraEl profesor alemán Otto Lidenbrock descubre un pergamino cifrado de un sabio islandés que afirma haber llegado al centro de la Tierra. El descifrado del criptograma arrastrará inevitablemente al propio Lidenbrok, a su joven sobrino Axel y al impasible guía islandés Hans Bjelke hasta el mismísimo centro de la Tierra. Los tres se internan por el cráter del volcán Sneffels, en Islandia y comienzan un alucinante viaje hacia el interior del globo terráqueo, en donde vivirán innumerables peripecias, incluyendo el asombroso descubrimiento de un mar interior y un mundo mesozoico completo enterrado en las profundidades. Bueno, eso sólo es el principio. Un infinito mar, laberintos y bosques increíbles, pendientes extremas, tempestades terribles, animales antediluvianos, monstruos marinos, todo cabe en la prodigiosa y fértil imaginación de Julio Verne.

En el momento de su edición, “Viaje al centro de la Tierra”, segunda novela publicada por el escritor francés tras su debut con “Cinco semanas en globo”, constituyó un auténtico acontecimiento. Pocas novelas hasta entonces habían abierto la puerta a un mundo fantástico de una forma tan innovadora y con una imaginación tan arrolladora. Pero no sólo fue la historia arrebatadoramente original y aventurera. Julio Verne se implicó, además, en materias como la geología, la paleontología y la mineralogía asombrando a sus contemporáneos con su imaginación y con las detalladas descripciones de animales antediluvianos. Además de todo ello, estaba el principal conflicto de los personajes, el salir vivo de una aventura extrema, algo que, casi por definición, se convierte en un viaje iniciático para el narrador, el joven Axel (es evidente que el Axel que entra por el volcán de Islandia es muy diferente al Axel que sale en Estrómboli). Lo que en un principio es un viaje no deseado y estúpido se convierte a sus ojos en un viaje esencial, benéfico e iniciático. Mención especial a los evidentes paralelismos entre el profesor Lidenbrock y Don Quijote, entre Sancho Panza y el joven Axel. Los primeros dominados por un evidente impulso idealista y mítico frente a los segundos dominados por un espíritu materialista-realista. En fin, otra obra maestra de Julio Verne, un libro de aventuras por excelencia que te atrapa desde la primera página.

EL QUIJOTE DEL ROCK

jethro-tull-thick-as-a-brickPublicado en La sombra del ciprés, suplemento literario de El Norte de Castilla, el 17 de noviembre de 2018.

A Ian Anderson, flautista-juglar de Jethro Tull, le zumbaban las pelotas cada vez que le insinuaban que “Aqualung” era un disco conceptual. Estamos a principios de los años 70 y el rock progresivo y los discos conceptuales arrasaban. ¿Queréis un álbum conceptual?, preguntó el flautista de Hamelin. Pues vais a tener la madre de todos los álbumes conceptuales. Así surgió “Thick as a brick”. Lo hizo desde la parodia, desde el humor, recorriendo el mismo camino que Cervantes casi cuatro siglos antes. Para ello, Ian Anderson se inventó la figura de Gerald Bostock, un niño de ocho años que, supuestamente, había escrito un épico poema en el que criticaba la hipocresía de una sociedad empeñada en marginar y devorar a los individuos que se negaban a ser manipulados. Muchos se creyeron la historia de que Anderson había decidido poner música a aquel poema. Para darle más veracidad, Jethro Tull se sacó de la manga una carpeta espectacular que no era otra cosa que un periódico doblado con sus correspondientes secciones de actualidad, sucesos, anuncios, pasatiempos, deportes y con un titular en el que aparecía el niño Bostock recogiendo su premio a la vez que se anunciaba su descalificación por haber dejado embarazada a una niña de 14 años (en su lugar había sido premiado un poema con el escalofriante título de “Él murió para salvar a los niños pequeños”). El juego y la osadía no se paraban ahí. Anderson decidió que el disco iba a tener una sola canción. Una canción de 43 minutos vomitada desde el mismo infierno mientras “las aceras están vacías, los desagües llevan líquido rojo y el loco brinda por su dios en el cielo”. ¡Una canción de 43 minutos! Aquello era demasiado y, sin embargo, la cosa funcionó. Tal vez porque nadie mejor que Ian Anderson para mezclar explosivamente melodías imposiblemente hermosas que llegaban desde las orillas del rock, de la música medieval, del folk, de la música clásica o del blues.  “Thick as a brick” es un prodigio musical y un prodigio literario, un poema lleno de leyendas que yacen acunadas en la llamada de las gaviotas, un cóctel memorable de lirismo y surrealismo anudados bajo oraciones blasfemas, un compendio herético de malos sueños (“soy un mal sueño que justo tuve hoy”), comunicación imposible (“mis palabras no son más que un susurro, tu sordera un grito”) y manipulación programada (“le enseñaremos a ser un hombre sabio, a saber engañar a los demás”) además de la certeza de que “la hora del juicio se acerca”. Un derroche de creatividad que nos regala momentos épicos a cada instante. Una mezcla de los “Conciertos de Brandemburgo” y “Poeta en Nueva York”. El bueno de Aqualung profanando la Abadía de Westminster. Los Monty Python pasados por la túrmix de un concerto barroco. Regresamos a la parodia. Al humor. A Cervantes. El mismo que decidió escribir el Quijote como una parodia de los libros de caballerías y el resultado fue la mejor novela de caballerías de la historia. Consiguió, además, poner el punto final a todo el género y alumbrar la mejor novela de todos los tiempos. Con “Thick as a brick” Ian Anderson compuso el Quijote de los discos conceptuales. No certificó la defunción del género progresivo pero sí que escribió el mejor álbum progresivo de la historia y, para algunos, también el mejor disco de toda la historia del rock.

 

DEJAD A LOS PAYASOS EN PAZ

drgbqfzxcaepw65Publicado en El Norte de Castilla el 16 de noviembre de 2018

Domingo. Día desapacible. Frío y lluvia. Noche cerrada a las siete de la tarde. Barrio de Parquesol en Valladolid. El Rincón del Erizo, un bar de copas estilo irlandés regentado por J.J.Vaquero, con buena cerveza, espectáculos de magia y humor además de actuaciones periódicas de monólogos. En la puerta, dos furgones de policía. El motivo: la peligrosísima actuación de un cómico que en un sketch en televisión se había limpiado la nariz con la bandera española. Días antes se cancelaron dos actuaciones de Dani Mateo en Valencia. Además, en Ciudad Real desplegaron pancartas, consignas e insultos en la puerta del teatro al compás del himno de España y de algunas marchas militares. En Pucela, felizmente, no dimos la nota. Eso sí, en las redes sociales se siguieron vomitando críticas cavernarias. Que si el despliegue policial lo tendría que haber costeado Dani Mateo, que si los que fueron estaban pagados, eran antiespañoles, con lazo amarillo incluido, que si ese gesto no se atreve a hacerlo con la estelada. En Cataluña fueron más listos y aprovecharon la ocasión para dejar en ridículo a los españolesmuchoespañoles. En un programa de TV3 se limpiaron los mocos con la senyera. Y en otro realizaron un sketch interpretando el Himno de la Alegría con el sonido que surgía de sus narices sonándose con algunas banderas. Sí, también la estelada. En fin, lo peor de todo es cómo Dani Mateo y Wyoming se han bajado los pantalones. No les amedrentan las audiencias ni las querellas pero sí los que ponen el dinero, así que pidieron perdón y retiraron el video. No se dan cuenta de que a la derechona no le vale la disculpa (todo lo contrario: la hace más fuerte) y a los demás no nos hace falta. Penosas disculpas. Los bufones están para eso. Para tocarnos los coquitos y revolvernos el alma, además de hacernos reír. Y aunque no tengan un ápice de gracia, como dice Quim Carro, dejad a los payasos en paz. ¿Qué país es este que considera terroristas a unos titiriteros, a unos raperos o a unos tuiteros y en cambio no considera terrorismo el que un tipo intente atentar contra el presidente del Gobierno? Muy triste, en fin, ver al lado de tu casa la actuación de un cómico escoltado por la policía. Y lo peor de todo es que el dichoso sketch hace quince años habría pasado desapercibido. Algo estamos haciendo mal.

HAGAN JUEGO

hagan-juegoPublicado en El Norte de Castilla el 9 de noviembre de 2018

Rapeaba El Chojin no hace mucho aquello de “no sé si te habrás dado cuenta pero ahora que la peña está más seca proliferan las webs de apuestas”. Días atrás nos sorprendía, sin embargo, promocionando una de esas casas de apuestas. Los nuevos fenicios lo tienen claro para enganchar a los más jóvenes. Futbolistas, youtubers y raperos sirven de anzuelo para que caigan en las garras de la nueva droga. ¿Alguien se imagina un anuncio en la televisión de un famoso incitando al consumo de heroína? El juego tiene en este país carta blanca. La ubicuidad del juego online y las apuestas deportivas es repugnante. Estás escuchando por la radio un partido y hablan más de apuestas que de fútbol. Las salas de juego te salen a buscar por todas partes, sobre todo en los barrios más golpeados por la pobreza. Hay institutos que tienen al lado carteles donde invitan a los chicos a visitar alguno de esos locales con la oferta de 20 euros de regalo. Imposible escapar al acoso. Las asociaciones que tratan la ludopatía denuncian que más del 50% de los que acuden buscando ayuda son jóvenes. Muy jóvenes. Con un proceso de enganche muy parecido. Críos que pasaron de la videoconsola a las casas de apuestas. Que robaban dinero a sus padres todos los días para comprar jugadores para el FIFA. De ahí, a entrar durante el recreo en una sala y apostar algo. Tener la mala suerte de tener buena suerte la primera vez y ganar algo de dinero. Dejar de salir con los amigos, escaparse a los salones, conseguir dinero a toda cosa para apostar más y más. El destrozo y la ruina de muchas familias, en fin. Asusta el porcentaje de jóvenes que dirigen sus gastos principales a los juegos de azar. Lo tienen muy fácil. Sus ídolos les enseñan el camino bombardeándoles con anuncios. No se tienen que mover de casa. Desde el móvil, desde el ordenador, desde cualquier dispositivo. Cualquiera que conozca un poco el tema y los terroríficos daños colaterales que provoca la ludopatía tiene que sentir repugnancia al ver a deportistas famosos como Messi o Cristiano anunciar webs de apuestas on line. Estamos, sin que nadie haga nada al respecto, creando una generación de enfermos. Cierran librerías, salas de cine, tiendas de discos y abren esta mierda de negocios. Alguien debería de decir a los jóvenes que con el juego nunca, nunca ganas. Al final siempre gana la banca. ¿Alguien pone en duda que al final siempre gana la banca?

EL HOMBRE MOSCA

el-hombre-moscaPublicado en El Norte de Castilla el 2 de noviembre de 2018

Dicen que Valladolid tiene cuatro estaciones: el invierno, el verano, la estación de trenes y la de autobuses. Tal vez por eso, el invierno queda inaugurado en Pucela cuando se echa el telón de la Seminci. Es ya una bendita tradición. Tras una intensa semana de labios rojos, luces quiméricas, salas oscuras y sueños en tecnicolor llega el bofetón de realidad a ritmo de cualquier ciclogénesis explosiva. Eso sí, en la Seminci saben muy bien cómo prepararnos para el viaje y, desde hace varios años, nos regalan como traca final una proyección especial con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León poniendo música a alguna joya del cine mudo. Este año la elegida fue una de las más asombrosas, divertidas y memorables películas de toda la historia del cine, la conocida en España como “El hombre mosca”, la obra maestra de Harold Lloyd, aquel joven de sonrisa perenne, gafas redondas de carey y sombrero de paja que plantó cara a los mismísimos Chaplin y Keaton. Todo el mundo recuerda la imagen icónica de Harold Lloyd colgado de un reloj en lo alto de un edificio. Es la guinda de una película que narra las peripecias de un joven que abandona su pueblo para hacer fortuna en la gran ciudad. Desgraciadamente las cosas no salen como él espera y cuando su novia se presenta en la ciudad la locura se desata. A partir de ese momento, todo es puro frenesí. Gags antológicos, slapstick, burlesque, parodias y acrobacias enloquecidas más algunas escenas desternillantes, todo a un ritmo trepidante amenizado maravillosamente por la partitura que escribió para el film Carl Davis, una música que acompaña magistralmente todas las secuencias con una orquesta que parece más una big band y con los músicos en ocasiones emulando las acrobacias de Harold Lloyd. Para deleite absoluto la escena final con la escalada a los doce pisos de un edificio que no es otra cosa que una metáfora sobre lo difícil que es alcanzar los objetivos deseados, todo aquello del sueño americano, las piedras en el camino y la recompensa final del beso de la chica. La alegoría del ascenso social y el primer Spiderman del cine, o sea. En fin, cine en estado puro. Sala oscura, pantalla grande, música en directo, una mano que te agarra en la oscuridad, risas compartidas, una lágrima por alguien que ya no está y un actor que sale de la pantalla y te invita a escalar un edificio. Más cine, por favor.

EL CHICO DE LA PUERTA DE AL LADO

matt-dillonPublicado en El Norte de Castilla el 26 de octubre de 2018

Volvemos, como cada octubre, a empapelarnos el corazón con labios rojos, a envenenarnos de cine, a agarrarnos con fuerza a nuestros sueños en tecnicolor. El otoño huele a cine y se llena de actores y actrices que pisan la alfombra verde. Algunos se llevan en la mochila una Espiga de Honor. Entre todos ellos, Matt Dillon, una estrella de cine que forma parte ya de la memoria sentimental de muchos de nosotros. Tal vez porque siempre nos ha parecido uno de los nuestros, un amiguete con el que salir de copas, el chico de la puerta de al lado. Todos le recordamos en La ley de la calle. Hay un antes y un después de aquella película. Los peces de colores que nos hipnotizaron en aquel film en blanco y negro. El chico de la moto. Y un jovencísimo Matt Dillon, matón callejero que se convertía, de la noche a la mañana, en ídolo de adolescentes. Antes había protagonizado Rebeldes, otra película de Coppola. Con ellas nació el “brat pack”, el hatajo de mocosos de los años ochenta que parecían llamados a revolucionar Hollywood. Allí estaban, junto a él, Patrick Swayze, Ralph Macchio, Rob Lowe, Tom Cruise, Diane Lane, Emilio Estevez, C. Thomas Howell, Mickey Rourke y Nicholas Cage. Todos ellos siguieron caminos distintos. Curiosamente todos en Los Angeles salvo Dillon que se marchó a Nueva York a estudiar en la academia de Lee Strasberg. Dillon no sólo era el mejor de ellos sino el más inteligente. Le bautizaron en su día como el más firme aspirante a nuevo Marlon Brando. Supo pasar de ídolo adolescente a icono indie y prefirió seguir una carrera de riesgo, dar calabazas a superproducciones, cambiar de registro, apostar por proyectos alternativos. En nuestra memoria burbujea el drogadicto de Drugstore Cowboy, el ambicioso y calculador asesino de Bésame antes de morir, el fantástico Bukowski de Factotum, el galán fracasado y descerebrado de Loco por Mary, el jugador de dados de Mano de oro, el solterón recalcitrante de Singles, el treintañero desorientado de Beautiful girls, el apuesto y turbio joven de Juegos salvajes o el policía amargado y racista de Crash por el que fue nominado al Oscar. A la espera de su último film a las órdenes de Von Trier, mención especial para el héroe de Wayward Pines, la serie de Night Shyamalan. Pocas estrellas quedan como Matt Dillon. El chico de la puerta de al lado.

DESENTERRANDO SAD HILL

sadhill22Publicado en El Norte de Castilla el 19 de octubre de 2018

Durante un tiempo fue denostada por la crítica casposa. Hoy todos la ensalzan y para genios como Scorsese o Tarantino está en lo más alto. En los años sesenta Sergio Leone revolucionó el western con su Trilogía del dólar culminada gloriosamente con “El bueno, el feo y el malo”. Parte de esta mítica película se rodó en tierras burgalesas. El Monasterio de San Pedro de Arlanza (Misión de San Antonio), el pueblo de Carazo (fuerte de Betterville), el río Arlanza (río Grande) y, por supuesto, el cementerio de Sad Hill donde tiene lugar la secuencia final del duelo a tres bandas y que es el punto álgido de un film memorable. Aquel cementerio, situado en un valle entre Silos y Contreras, fue erigido con la ayuda de 250 soldados españoles que cavaron cinco mil tumbas. Tras el fin del rodaje, todo se abandonó. Los decorados se dejaron allí, incluidas tumbas y cruces. Tras medio siglo abandonado y cubierto de vegetación, unos cuantos entusiastas han recuperado Sad Hill. Todo ello lo cuenta un documental que ha triunfado ya en Sitges y que nos regala una impagable historia de amor por el cine y por una tierra sagrada para los cinéfilos que está cerca de ser declarada Bien de Interés Cultural. En él aparecen Clint Eastwood (a quien la idea de desenterrar el cementerio le parece magnífica), Ennio Morricone o fans locos de la película como Alex de la Iglesia o el cantante de Metallica, banda que siempre empieza sus conciertos con los acordes de “El éxtasis del oro”. Esa es, precisamente, la música que acompaña la secuencia en el cementerio de Sad Hill, una melodía apabullante y desgarradora con los muertos removiéndose en sus tumbas y asistiendo en primera fila a la lucha entre los tres protagonistas por hacerse con el botín. Allí donde el Bueno le dice al Feo aquello de “el mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revolver cargado y los que cavan. Tú cavas”. En fin, el cine te permite viajar a lugares imposibles. Pero, a veces, esos lugares existen y podemos visitar el territorio mítico de nuestros sueños. El cine como religión. Una experiencia sagrada. La búsqueda de los dioses. De la eternidad. Una peregrinación especial. La certeza de que aquella película que nos enamoró en las tardes de sábado de nuestra infancia no es un sueño. No es una ficción. Existió. Y está al lado de nuestra casa.

JIM MORRISON QUE ESTÁS EN LOS CIELOS (O NO)

jim3Publicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 13 de octubre de 2018

Sólo fue otro ángel caído en la ciudad de la luz. Alguien que se enganchó al juego que él mismo llamaba “volverse loco”.  Un jinete más en la tormenta que decidió escaparse a París para poder oír, por fin, el grito de la mariposa y dedicarse por completo a la poesía. Y, de paso, escapar de la justicia. Jim Morrison siempre estuvo perdido en un desierto romano de dolor. Siempre fue un colgado inmaculado que rezaba oraciones mientras el autobús azul no paraba de llamarle. Escándalo era su segundo apellido. En sus inicios, el todopoderoso Ed Sullivan le invitó a su show y le pidió que cambiase la letra de una canción. Por supuesto, Jim hizo lo que le dio la gana. Como siempre. Como en el famoso concierto de Miami en marzo de 1969. Catorce mil entradas vendidas en un auditorio con 6.900 asientos. La gente enloquecida y asfixiada y Jim Morrison dándoles bambú desde el inicio. Aquel día Jim tenía la lengua larga y el bourbon incandescente. Dicen que soltó más consignas que canciones. Provocó al público y a la policía. Incitó a la gente a que se desnudara y subiera al escenario. “Vamos a cambiar el mundo”, “sois un puñado de jodidos esclavos”, “Hitler está vivo, anoche me lo follé, ama a tu vecino hasta que le duela”, “quiero veros haciendo ruido, quiero veros gritar”, fueron algunas de las muchas soflamas que soltó el Rey Lagarto. Comenzó a bailar como un chamán de lado a lado del auditorio, se quitó su camisa mojada (“vamos a ver un poco de piel, vamos a desnudarnos”), alguien subió al escenario y le bañó con champán. Dicen que abrazó a un cordero vivo, dicen que simuló masturbarse, dicen que enseñó fugazmente los genitales. No hay pruebas. No hay fotos. Pero la leyenda estaba ya en marcha. Un juicio eterno, cancelaciones de conciertos y un millón de dólares en abogados. Finalmente fue declarado culpable de los cargos de exhibición obscena y escándalo público y sentenciado a cumplir ocho meses de trabajos forzados y dos años y cuatro meses de libertad vigilada. Fue el principio del fin. O, mejor aún, el principio de la leyenda. Pasó a convertirse de símbolo sexual de la contracultura a un artista prófugo. Empezó a abusar del alcohol, a engordar, a autodestruirse. Se dejó una poblada barba y su voz se volvió más aguardentosa. Jim Morrison se cansó de Jim Morrison y huyó a París con su novia. Él sólo quería ser un poeta desconocido. No le dio tiempo. El 3 de julio de 1971 Pamela lo encontró muerto en la bañera. No hubo autopsia. Un médico fantasma firmó un certificado de defunción fantasma. ¿Sobredosis? ¿Suicidio? ¿Víctima de una conspiración? ¿De un rito de vudú? Mil sospechas que se resumen en una duda cósmica: ¿Realmente murió Jim Morrison? Algunos testigos afirmaron que lo vieron subir en un avión la noche de su muerte y los empleados de un banco ratificaron que estuvo haciendo unas transacciones. Sus compañeros de The Doors estaban convencidos de que si alguien podía escenificar su propia muerte ese era Jim Morrison. Aquella era la única carta de la baraja que le quedaba por jugar. Un millón de años después seguimos durmiendo en la cocina de su alma mientras nos susurra al oído “this is the end, el fin de la risa y las blandas mentiras, el fin de las noches en que intentamos morir, este es el fin”.

LA PAJA Y LA VIGA

pajaPublicado en El Norte de Castilla el 12 de octubre de 2018

Aquel día Manuel entró en el bar muy cabreado. Acababan de multarle por cruzar montado en su bici el túnel del Arco de Ladrillo aunque lo había hecho con toda la prudencia del mundo, casi parado y sin molestar a nadie. En el bar estaba su amigo Ricardo charlando con Chema, el dueño del bar. Cuando les contó lo que le había pasado, ante su sorpresa, los dos celebraron la multa con entusiasmo. A Manuel le habría gustado decirles que él se jugaba la vida todos los días en la bici y que ya había tenido más de un susto, que aun así él siempre iba por la calzada o por el carril bici y las escasísimas veces que se subía por la acera lo hacía con extrema precaución y en aceras lo suficientemente anchas y poco transitadas por peatones. También que nos habíamos vuelto intransigentes y nos quejábamos por todo, pero prefirió marcharse. Chema y Ricardo no entendieron su enfado. Las normas están para cumplirlas, ¿no? Para olvidar el malentendido, y como no había nadie en el bar, encendieron un Farias. Ricardo había llegado al bar en su viejo R-19, que echaba un humo más negro que el carbón y que siempre dejaba aparcado en doble fila. Ricardo se salta las señales de stop con facilidad pasmosa, no sabe lo que es utilizar la luz intermitente, en las rotondas se cuela por la izquierda, no respeta nunca el límite de velocidad de 50 y, mucho menos, el de 30 en los ciclocarriles. Tira las colillas al suelo, baja la basura de la comida por las mañanas y lanza unos gargajos que, por su intenso color verde, probablemente tenga propiedades radioactivas. Chema no cruza la mitad de las veces por los pasos de peatones y cuando lo hace nunca espera a que se ponga en verde. Su bar tiene varias multas por contaminación acústica, utiliza bolsas de plástico para todo, tira las toallitas húmedas por el inodoro, el aceite usado por el fregadero, no recicla la basura y tiene un extractor de humos que es más ruidoso que efectivo. Esa misma noche, en fin, Manuel se encontró con Ricardo. Le estaban multando por llevar suelto a su doberman. Sonrió tristemente mientras esperaba a un amigo a quien iba a vender la bici. A tomar por culo la movilidad sostenible. Volvería a usar el coche y a contaminar como un señor. A Ricardo no le quiso decir nada. Era muy mayor para recordarle aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

CORAZÓN DE ARCO IRIS

alejandro_valverdePublicado en El Norte de Castilla el 5 de octubre de 2018

Era un crío y mi ídolo era Luis Ocaña. Tele en blanco y negro, Montjuich y un sprint largo y agónico al que llegan cuatro ciclistas de leyenda. El oro se lo queda Gimondi y Ocaña tiene que conformarse con el bronce para disgusto de aquel niño. 45 años después se repite la historia. Cuatro ciclistas disputando otro sprint largo y agónico. En esta ocasión, el niño que fui recupera la sonrisa. Dos platas y cuatro bronces después, Alejandro Valverde se convierte en el nuevo campeón del mundo de ciclismo. Con 38 tacos y 15 mundiales después de ganar su primera medalla, el Bala honrará el maillot arco iris durante todo un año. Nadie mejor que él para hacerlo. No era justo que el mayor medallista de la historia se retirara sin un oro. De hecho, nadie ha ganado nunca un mundial con un merecimiento previo tan abrumadoramente incontestable. Que a sus 38 años grite, se emocione y llore como si fuera un juvenil dice todo de él. Ha ganado una Vuelta, ha subido al podio del Giro y del Tour, se ha llevado cuatro Liejas y cinco Flechas además de etapas en todas las pruebas que puedan imaginarse, hasta un total de 122 victorias. Si hubieran llevado su carrera con cabeza, su palmarés sería todavía mucho más estratosférico. Ojalá ahora, con la sagrada casaca arco iris, los capos de su equipo planifiquen la temporada con inteligencia. Olvidarse de las generales de las grandes vueltas (si acaso ir a ganar etapas y lucir maillot) y centrarse en los Monumentos con el fin de intentar ganar alguno de  los que le quedan. En fin, ya podemos decir orgullosos “yo vi ganar un Mundial a Alejandro Valverde”. Un corredor único, con talento innato y amor inquebrantable por su oficio. Cualquier otro, tras el accidente del año pasado y su rodilla destrozada, habría colgado la bici. Valverde regresó con la ilusión de un niño y en un escenario mítico, en Innsbruck, allí donde la liturgia del ciclismo se convierte en religión (Ares dixit), consiguió la victoria más especial de su carrera. Nunca olvidaremos al Bala escalando ligero como un eccehomo sin los clavos de Cristo en la rampa final imposible (ese 28% con advertencia de “Bienvenidos al infierno”). Alejandro con el corazón durmiendo en el cráter de un volcán. Alejandro Corazón de León. Alejandro Corazón de Arco Iris. Tal vez el ciclismo español vuelva a tener otro Contador. Quizá pueda haber otro Induráin. Se me antoja imposible que volvamos a tener otro Valverde.

El Norte de Castilla

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