El Muro es, muy probablemente, el mayor acontecimiento de toda la historia del rock. Un álbum doble (que debió ser triple), un puñado de conciertos épicos (con construcción de un inmenso muro y posterior destrucción en directo), una perturbadora película dirigida por Alan Parker, un concierto con megaestrellas conmemorando la caída del Muro de Berlín y, finalmente, la edición del álbum de dicho concierto. Eso sin olvidar las animaciones, marionetas e ilustraciones del genial Gerald Scarfe que acompañaron gira y película (la paloma destrozada por el pájaro de guerra nazi, los martillos desfilando como ejércitos, las flores haciendo el amor, etc): una patada en los huevos al mágico mundo de Disney. Fue, además, el glorioso canto del cisne de Pink Floyd, superando en fama y éxito (de hecho, The Wall es el tercer disco más vendido de la historia) a los inconmensurables The dark side of the moon y Wish you were here. Esta monumental ópera-rock, basada parcialmente en la vida de su líder, Roger Waters, cuenta la historia de una estrella de rock desde su infancia y de todos los traumas que le acosan y le llevan a poner ladrillos a su alrededor, a levantar un muro y a aislarse por completo del mundo hasta caer en el infierno de la locura. Aunque el disco es demasiado waters y le falta el toque gilmour, y a pesar de que la música está excesivamente subordinada al concepto, The Wall es una completa obra de arte, uno de los discos más inteligentes y fantasiosos de la historia de la música, una aventura mística y turbulenta hasta los abismos de la demencia y la alienación, una obra compleja y tortuosa con una alta carga de crítica social (a la guerra, a las instituciones, al sistema educativo, al mundo falso de las estrellas de rock) y una profunda reflexión sobre temas como la locura, el fracaso sentimental o la sobreprotección materna. The wall constituyó un verdadero hito cultural en su momento y se convirtió en el símbolo de toda una generación. Todavía recuerdo mi COU pasado por el filtro de las canciones de El Muro. Al fin y al cabo, The Wall es el catecismo de mi adolescencia, algo que puede justificar, muy probablemente, las taras que, desde entonces, me adornan. Amén.