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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

VISIONES DE JOHANNA

¿No es propio de la noche que te haga trampas cuando intentas estar tan tranquilo? / Estamos desamparados, aunque nos esforcemos por negarlo. / Y Louise sostiene un puñado de lluvia, induciéndote a desafiarla. / Las luces parpadean desde la galería opuesta, / las calefacciones tosen en esta habitación, / la emisora de country suena suave, / pero no hay nada, realmente nada, que apagar. / Solo Louise y su amante, tan entrelazados, / y estas Visiones de Johanna que me asedian.
En el vacío callejón donde las damas juegan a la gallinita ciega con el llavero / y las chicas de la noche murmuran sobre sus escapadas en el tren “D” / podemos oír al sereno, que enciende su linterna, / preguntarse si es él o son ellas quien está loco. / Louise -está bien- está bien cerca, / es delicada y parece como un espejo / pero deja perfectamente claro que Johanna no está aquí. / El fantasma de la electricidad aúlla en los huesos de su cara, / donde estas visiones de Johanna ya ocupan mi lugar. / Ahora el pequeño muchacho perdido se toma tan en serio, / se jacta de su desgracia, / le gusta vivir peligrosamente / y cuando mencionan su nombre / habla de darme un beso de despedida. / Tiene arrestos ser tan inútil, murmurar vulgaridades a la pared mientras estoy en el salón. / ¿Cómo puedo explicarlo? ¡Es tan difícil seguir! Y estas visiones de Johanna me desvelaron hasta el amanecer.
Dentro de los museos, el Infinito va a juicio / las voces repiten: “así es como debe ser la salvación” / pero Mona Lisa debía sentir añoranza de autopista, / eso parece por el modo en que sonríe. / Mira cómo se hiela la primitiva flor de pared / cuando todas las mujeres de rostro de gelatina estornudan, / escucha a ese con bigote decir, “¡Jesús, no puedo encontrar mis rodillas!” / Joyas y anteojos cuelgan de la cabeza de la mula, pero estas visiones de Johanna hacen que todo parezca tan cruel.
El vendedor ambulante habla ahora a la condesa que está fingiendo prestarle atención / diciendo, “nómbrame a alguien que no sea un parásito, y saldré y entonaré una oración por él.” / Pero como Louise siempre dice, “no hay mucho que ver, ¿eh, amigo?” / Mientras ella se prepara para él. / Y Madonna sigue sin aparecer, / donde su capa teatral una vez hubo ondeado / vemos que la jaula vacía se oxida. / El violinista camina ahora hacia la carretera, / escribe que todo vuelve a donde pertenece, / en la parte trasera del camión de pescado que carga, / mientras mi conciencia estalla…
Las armónicas tocan tonos esqueléticos y la lluvia, / y estas visiones de Johanna ahora son lo único que queda.

El poeta triste, el poeta de la saudade, el de la nostalgia y el romanticismo, el ecce-homo de la belleza, el juglar que camina siempre sobre el filo de la navaja, el soldado misericordioso que canta a los corazones rotos, a las voces rotas, a los teléfonos rotos, a las promesas rotas, a las primaveras rotas, el gran Bob Dylan ha recibido hoy el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Así que esta noche me voy a emborrachar junto al viejo Bob. Y a recordar, entre trago y trago, a nuestra Johanna particular. Nos vemos en los bares.

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Sobre el autor

Vicente Álvarez, que a veces es Ariel Conceiro, otras veces Delaviuda, e incluso de vez en cuando el 50% de Jazz Negroponte, escribe novelas y cosas así. Nació con Modesty Blaise, con Rayuela, con Charada, con La Pantera Rosa. Murió un par de veces. Y, sin embargo, aquí está. Contando historias. delaviuda.wordpress.com


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