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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE (APALEAR AL) AUTOR

Publicado en El Norte de Castilla el 28 de junio de 2007
Últimamente me tienen loquito un par de juicios. En el primero, un jeta había pedido la friolera de 67 millones de dólares a una tintorería por el inenarrable pecado de haberle extraviado unos pantalones. Al parecer, el demandante solicitaba 1.500 dólares por cada día que no había podido disfrutar de sus pantalones, reclamaba medio millón de dólares más por el sufrimiento mental y las molestias que le había ocasionado el no poder gozar de su prenda favorita y, argumentando no tener coche, pedía el coste del alquiler de uno para poder llevar su ropa a una tintorería más lejana todos los fines de semana durante diez años. El juez ha rechazado esta misma semana la demanda, por considerarla abusiva, y ha obligado al demandante a pagar las costas judiciales y a escribir en una pizarra un millón de veces, «no soy más tonto porque no soy más jeta». El segundo juicio, en cambio, acaba de comenzar en Francia y está protagonizado por un escritor que ha demandado a sus propios personajes, acusándoles de violencia, daños e injurias públicas. Pierre Jourde es un novelista que publicó hace cuatro años ‘Pays perdu’, obra ambientada en su pequeño pueblo natal (Lussaud) en la que, a pesar de cambiar los nombres de los personajes que pululan por la obra, la gente del pueblo no ha tenido ninguna dificultad en reconocerse. «En pueblo chico, infierno grande», reza el dicho. En Lussaud, al parecer, no han faltado durante las últimas décadas historias de cuernos, de soledades mitigadas con cogorzas diarias, de traiciones, de hijos ilegítimos, de miserias morales, de secretos de familia que todos conocían y todos callaban. A Jourde poco a poco le fueron llegando noticias de su pueblo natal. Decían que sus habitantes estaban en pie de guerra y que se acordaban todos los días de su señora madre. Por ello, con el fin de aplacar los ánimos, el novelista explicó en Le Figaro que él solo intentaba hacer un homenaje a su padre para quien Lussaud era el lugar más importante del mundo. Pensó que así había solucionado el problema. Al llegar el verano, cogió el coche y, junto a su mujer y sus hijos, se dirigió a la casa familiar para pasar las vacaciones. Craso error. Nada más entrar en el pueblo, los personajes de la novela salieron del libro y, armados con piedras y palos, le dedicaron un recibimiento inolvidable: lunas rotas, insultos de todo tipo, empujones, amenazas y el niño pequeño, de 15 meses, herido. La verdad es que cuando la gente del mundo de la literatura me comentaba que este putiferio de los libros andaba muy mal, no pensé que se referían a esto, a que los personajes lincharan a su autor al menor descuido. Yo creo que eso no se lo merece ni Curri Valenzuela (bueno, sobre esto corramos un estúpido velo). Pirandello ganó un Nobel con unos personajes que se le rebelaban. A Unamuno le pasó algo parecido. García Marquez se inventó Macondo. Flaubert se defendió exclamando «madame Bovary c’est moi». Y Jourde se parapeta tras una denuncia criminal. Al menos, sus borrachines convecinos leyeron la novela. Yo creo que si hiciese algo sobre mi pueblo no se enteraría ni el apuntador. Qué gran visión, de todas formas, la del tipo al que se le ocurrió aquello de cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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