EL GURÚ DE LA POSMODERNIDAD

Publicado en El Norte de Castilla el 5 de julio de 2007
Hemos necesitado más de un siglo para restituir la figura de uno de los mayores genios que ha dado la música culta de este planeta. Ahora ya nadie duda del legado filosófico-cultural aportado por Georgie Dann, gurú de la posmodernidad y genio incomprendido al que durante mucho tiempo se le expulsó a los arrabales del existencialismo cachondo. Eso fue antes de que el ser humano evolucionase lo suficiente como para entender las trascendentales revelaciones que se ocultaban en las letras de sus canciones. Georgie Dann comenzó a intuir su papel de Mesías en 1969 cuando escuchó a Petruchka tocar la balalaika y enseñó a bailar a los remeros del Volga. Años después protagonizó una revolución campesina y empezó a bailar cachete con cachete, pechito con pechito. Para entonces ya se había hecho famoso al descubrir que el bimbó era una melodía que iba derecha al corazón, lo que le permitió obtener una cátedra de cirugía cardiaca en la Universidad de Chinchón. Sin embargo, salvo mínimos reconocimientos institucionales, su música no acababa de ser entendida y, de hecho, formó parte del proyecto gubernamental ISG (Integración Social del Gilipollas) nacido para intentar conciliar a gentes de cultura superior con pobres desgraciados de la calle mediante un invento popularizado como ‘canción del verano’. A finales del siglo XX revolucionó orquestas y universidades al alimón aunque durante varios años corrió la voz de que había muerto y había sido sustituido por un robot con pantalones acampanados y bisoñé. Fue el precursor del boom de la cocina española, con dos restaurantes ya míticos como ‘La Barbacoa’ (especializado en chorizos parrilleros, salchichas a la brasa y vino de garrafa) y ‘El Chiringuito’, tres estrellas en la Guía Michelín y local de intercambio de parejas en julio y agosto: «Las chicas en verano no guisan ni cocinan, se ponen como locas si prueban mi sardina». Pionero en las leyes contra la violencia de género («cuando estábamos de novios, toda la vida era un encanto, ahora que estamos casados, cómo retumban los garrotazos»), maestro de políticos que sustituyeron su racial «viva el vino» por «usted me dice que haga vida sana, y yo le digo el agua ‘pa’ las ranas», promotor de actores afroamericanos de cine porno («mami que será lo que quiere el negro») y heredero directo de la mejor poesía mística en español: «Me gusta el dale-dale, dale por aquí, dale por allá, dale a todas horas hasta reventar, dale por el día, dale por la noche, dale cuanto puedas, dale hasta en el coche». Su más alta cota de popularidad le llegó al acompañar a un tarado sexagenario que deseaba ser el primero en llegar al Polo Sur vestido de primera comunión cantando ‘La Barbacoa’. En el lejano 2007, nuestro ilustre cantautor estuvo a punto de cargarse la industria turística por culpa de un mensaje incomprendido en su momento («me cago en el chiringuito, me cago en el bungalow, me cago en el veraneo, mecagüentó») aunque hizo subir por las nubes las acciones de Scottex. Tuvo que trabajar durante años como cantante en la clandestinidad pero no tardaron en llegar generaciones preparadas para asimilar el peligroso mensaje que se escondía tras sus enigmáticos versos: «A cumba, cumba, cumba, cumbanchero, a bongo, bongo, bongo, bongocero». El resto ya forma parte de la historia cyberpunk de este país.

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