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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

¿LE IMPORTA SI ME ACUESTO CON USTED UN POQUITO?

No se puede leer una cosa así sin llevar los labios pintados.
– No entregues nunca tu corazón a un ser salvaje. Porque si lo haces, más fuerte se vuelve. Hasta que tiene la suficiente fuerza para volver al bosque o volar hacia un árbol y luego volar hasta otro más alto hasta que desaparece.

– Prométame una cosa: no me lleve a casa hasta que no esté borracha, completamente borracha.

– Hay ciertos tonos de luz del alumbrado que estropean el cutis. No podría ir a ninguna parte sin que se fijaran en mi.

– Estás muy flaca, ¿es que no te dan de comer?

– Podríamos pasar el día haciendo cosas que no hemos hecho nunca

– ¿Sabes lo que te pasa? no tienes valor, tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma y decir está bien, la vida es una realidad, las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Tu te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno, nena, ya estás en una jaula, tu misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.

Ella sabía adivinar la clase de persona que es un hombre por los pendientes que le regalaban. A él le dijeron que los neoyorkinos nunca saben cómo son sus vecinos. Ella quería una lista de los cincuenta hombres más ricos de Brasil. Él tenía una máquina de escribir preciosa, capaz de escribir sólo prosa rimada con un sentimiento prometedor (eso sí, no tenía cinta). Ella pensaba que era de mal gusto llevar diamantes antes de los cuarenta. Se limitaba a retocarse en el buzón-espejo y a ser una diosa, mientras visitaba en Sing-Sing a algún canalla y esquivaba los días rojos yendo a Tiffany’s, el único sitio donde nada malo puede ocurrir. Y él, Paul Varjak, mientras tanto, viviendo de Nine Lives y de una mujer que le pagaba los trajes. Los dos persiguiendo el mismo final del arco iris, comiendo pollo con arroz y azafrán servido con salsa de chocolate e interpretando el más emotivo beso final con gato y lluvia que se recuerda.


PD. Hace quince años, un día como antes de ayer, los dioses se llevaron a nuestra pequeña diosa con cara de ángel. Sospecho que, desde entonces, Audrey no ha dejado de cantarme al oído la mítica Moon River: Más ancho que una milla / te cruzaré por todo lo alto algún día / viejo forjador de sueños / rompecorazones / allá donde vayas yo te seguiré / dos vagabundos que se van a ver mundo / hay tanto mundo que ver / perseguimos el mismo final del arco iris / estamos un poco chiflados mi amigo del alma / el río de luna y yo.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


enero 2008
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