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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

JAQUE MATE, BOBBY

Publicado en El Norte de Castilla el 24 de enero de 2008.

Resulta extraña la poca repercusión que la muerte de Bobby Fischer ha tenido en los medios de comunicación. El ajedrecista norteamericano no sólo fue el campeón más carismático y revolucionario, el Gran Maestro más joven de la historia, uno de los mayores genios del siglo XX. Muchos pensamos que Bobby Fischer nació de la cabeza de Zeus y aprendió a jugar al ajedrez directamente de Dios. Niño conflictivo y solitario, abandonado por su padre a los dos años y con una madre culta, políglota, simpatizante del comunismo y presunta espía, muy pronto se reveló como niño prodigio y acabó abandonando sus estudios para dedicarse profesionalmente al ajedrez. A los 14 años se proclamó campeón de los EE. UU. y comenzó a cepillarse a todo Gran Maestro que se le puso por medio. Su trayectoria en el mundo del ajedrez se resume en victorias escandalosas y en un instinto asesino en el tablero como jamás se ha conocido. Era una auténtica máquina exterminadora. La U.R.S.S., donde el ajedrez era religión y la mejor forma de demostrar la supremacía del comunismo, comenzó a temer al jovencito yanqui con cociente intelectual estratosférico. Cuando en 1972, en Reykiavik, se enfrentaron Fischer y Spassky por el cetro mundial, estaba en juego mucho más que un campeonato deportivo. La guerra fría, más caliente que nunca, dependía del campo de batalla de un tablero de ajedrez. En el denominado partido del siglo, el megalómano y maniático Bobby Fischer provocó unos graves conflictos diplomáticos, obligando a intervenir al mismísimo Kissinger. Ordenó que desaparecieran las cámaras de televisión, se presentó tarde a las primeras partidas, exigió que cuando se dirigiese a la sala de juego todos los semáforos estuviesen a su paso con la luz verde Las anécdotas que protagonizó fueron cientos. El mundo estaba en vilo. Capitalismo contra comunismo. Un joven solo, de origen humilde, contra la invencible maquinaria rusa del ajedrez. Por supuesto, Fischer se comió a Spassky y el mundo se tambaleó. También fue el principio del fin para él. No volvió a competir durante su reinado y fue desposeído de su título en 1975 cuando se negó a jugar contra Karpov. Ya no volvimos a saber más de él hasta 1992. Fue en una Yugoslavia bloqueada por EE. UU. Fischer se saltó el bloqueo y se convirtió en un traidor para su país. Su paranoia avanzaba a pasos agigantados. Escoltado por 200 guardaespaldas, encargó 14 camisas idénticas a las que utilizó en Reykiavik y exigió que los retretes fueran elevados tres centímetros. Tenía miedo de todo, temía un complot de la CIA, se negaba a tomar vuelos por temor a que los soviéticos los derribasen con misiles, se quitó toda su dentadura original sólo porque pensaba que los ajedrecistas rusos tenían rayos que dirigidos a los dientes permitían leer el cerebro. Washington tampoco ayudó mucho y le persiguió con saña incomprensible, bloqueó sus cuentas corrientes y ha permitido que muera en la indigencia a los 64 años. La actitud del gobierno americano hacia él ha sido indecente. ¡Y todo por jugar una partida de ajedrez en Belgrado! Clinton y Bush, sin embargo, se mostraron condescendientes con las empresas yanquis que traficaron con armas en Yugoslavia. Bobby Fischer se limitó a ser el más grande poeta de este juego de locos que es el ajedrez. Y por eso ha muerto solo y en la miseria, ocultándose en identidades falsas y, dicen, jugando partidas en Internet sin dar nunca su nombre. ¿Y si al final su paranoia estaba justificada?

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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