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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

EN DEFENSA DE LA VALENTÍA

Publicado en El Norte de Castilla el 14 de febrero de 2008

Soy un romántico del fútbol. Me apasionan los jugadores que utilizan la geometría y la poesía para dar un pase milimétrico o hacer un regate inverosímil. Por desgracia, los hijos de Laudrup y Pelé se han convertido en rara avis y el fútbol en un negocio donde el romanticismo y la temeridad son un guetto para locos trastornados. Hace bien poco, Mendilibar aterrizó en Valladolid para hacerse cargo de un equipo destrozado y, en una sola temporada, consiguió ascender al Pucela con un fútbol valiente y atrevido, batiendo todos los récords y devolviendo la ilusión a una ciudad entera. Mendilíbar ha conseguido que los seis mil de ayer se transformen en los 18.000 de hoy. Y, lo que es más importante, ha logrado que la gente salga contenta de los partidos incluso cuando se pierde. La imagen que dan sus hombres es intachable, con un estilo de juego que asfixia al contrario, que muerde, que seduce, que nos hace sentir importantes. En primera, Mendilíbar se quedó con una plantilla corriente, sin apenas fichajes, sin inversión de ningún tipo, con el presupuesto más bajo. Nunca protestó. Se conformó que lo que tenía. Para él, sus chicos eran los mejores. Sólo pedía mantener una filosofía de juego, la que les había encumbrado: estar cerca de la portería rival, jugar muy juntos para ahogar a los rivales de calidad y presionar los noventa minutos. El experimento estaba saliendo a la perfección. Hace tres semanas, el Valladolid iba séptimo jugando todos sus partidos con el mismo planteamiento y táctica. Pero el pasado domingo, ardió Troya. Qué tremendamente injusta es la gente, qué desmemoriada, que irrespetuosa con el trabajo de un tipo que nos sacó de la mierda hace cuatro días. Aquí mismo, el pasado martes se publicaron opiniones de aficionados y casi todas insistían en lo mismo. Alguno hablaba incluso de falta de respeto al club y a la afición, de pedir responsabilidades al míster. La prensa insistía en hablar de suicidio colectivo e inmolación, en la necesidad de cambiar el sistema. Cierto periodista llegó a decir en la radio que Mendilíbar tenía que devolver el carné de entrenador profesional. Qué fácil es hablar a toro pasado. Durante 30 minutos, el Pucela se comió al Madrid. Llegó tres veces y no metió ninguna. El Madrid luego llegó cuatro y metió cinco. Ésa es la diferencia. Antes del partido nadie hubiese querido que el equipo se bajase los pantalones y jugase de manera diferente. El planteamiento fue bueno (es nuestro signo de identidad y sin él no somos nadie), pero estuvo mal ejecutado. Mendilíbar no tiene la culpa de que se fallen las ocasiones o de que no se presionara con la misma intensidad que otras veces. Y que nadie me diga que esta táctica no vale para primera. Con ella, hemos bailado a casi todos los equipos de la categoría, incluidos el Barça y el Madrid. Entonces, ¿por qué este catastrofismo? ¿Alguien quiere que vuelvan al banquillo Vázquez o Marcos? Que nadie olvide que hace menos de un año este equipo jugaba contra el Vecindario, el Eibar o el Madrid B. Así que ni inmolación, ni suicidio, ni zarandajas. La única forma de que este equipo permanezca en primera es que siga jugando como sabe. En todo caso, Mendilíbar no es tonto (ya dijo, en mitad de los fastos, que todos los halagos se transformarían en críticas feroces) y retocará lo que tenga que retocar pero siempre manteniendo el mismo sistema ofensivo y valiente. Al menos, eso espero. Muchos se lo agradeceremos. Otros, haga lo que haga, se dedicarán a criticar cuando las cosas vayan mal.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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