EL OSCURO PLACER DE NARRAR EL FASCISMO

Publicado en El Norte de Castilla el 17 de julio de 2008.

Regreso por tercer año a la Semana Negra de Gijón, la Disneylandia para niños trotskistas y adultos insumisos, el festival dedicado a las literaturas de género más importante, provocador, mestizo e irreverente del mundo. Un sueño, el del gran Paco Ignacio Taibo II, que cumple su 21ª edición y al que acudo, en esta ocasión, involucrado en varios frentes. Uno de ellos, me tiene atravesado el alma desde hace días: varios escritores vamos a reunirnos alrededor de una mesa redonda (esas mesas redondas sin mesas que montan en la Carpa del Encuentro) para hablar sobre el oscuro placer de narrar el fascismo. Dicho de otra forma, ¿qué es lo que nos lleva a muchos de nosotros a sumergirnos en los horrores de un pasado tenebroso? ¿Por qué nos sigue atrayendo tanto todo aquello que rodea al nazismo hasta el punto de convertirse en fuente inagotable de cientos de novelas y películas? Existe una razón obvia: todo lo que rodeó a aquella locura del nazismo resulta extraño. Y lo extraño es fascinante porque escapa a nuestra comprensión. Al igual que escapa a nuestra comprensión el mal absoluto desatado por los nazis. Pero es que, además, los fascismos cuidan mucho la liturgia. Y eso resulta muy atractivo. Es el fetichismo de lo macabro, de lo criminal, la estética hipnótica de la barbarie. Hablo del fulgor de los uniformes negros, de la altanera calavera, de la cruz gamada, de la satánica belleza del horror, de la mitología que tanto supieron utilizar y explotar. Eso sin contar los misterios nazis que no dejan de subyugarnos y a los que todos (no sólo Indiana Jones) deseamos buscar una explicación. Pero hay algo más que resulta imposible y es el pretender comprender los horrores cometidos por el nazismo. Los fascismos son sistemas totalitarios cimentados en el terror que persiguen fundamentalmente destruir a un hombre desde todos los puntos de vista. La apoteosis de esta locura desembocó en el Holocausto, el paradigma del horror, de la perversión, del sufrimiento humano gratuito, una atrocidad ante la que el lenguaje resultó un instrumento insuficiente. Theodor Adorno llegó a decir: «Después de Auschwitz, escribir un poema es un acto de barbarie». Sin embargo, la revelación de la muerte de la poesía necesita de la poesía. De hecho, la guerra convierte a un hombre corriente en un poeta. Así surgió la literatura de la memoria, cuando muchos de los supervivientes entendieron que, ante las monstruosidades cometidas por el nazismo, sólo el arte podía transmitir la verdad. Y lo hicieron con el recuerdo del hedor que salía de las chimeneas de los crematorios. Por supuesto, el tiempo trajo consigo un relevo generacional. Muchos novelistas constataron que el mal absoluto no sólo existía en la literatura fantástica. Que el descenso a los infiernos no era exclusivo de Virgilio o de Dante. El infierno ha estado aquí, entre nosotros. Y el infierno siempre ha sido muy literario. El poder evocador de la literatura ha comenzado a sustituir a los testigos. Ahora ya no sólo hablamos de ‘libros de la memoria’ sino de recordar lo sucedido y alertar para que aquellas atrocidades no vuelvan a ocurrir. Aunque lo envolvamos con el irresistible encanto de los «misterios nazis».

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El Norte de Castilla

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