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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

CALLE RODIN

Publicado en El Norte de Castilla el 23 de octubre de 2008

Durante unos días, la céntrica calle de Santiago se transformará en la calle Rodin y ‘El Pensador’, una de las esculturas más importantes de la historia, dará la bienvenida a todos los peatones. Todo forma parte del proyecto ‘Arte en la calle’, que persigue sacar las esculturas de las linajudas salas de los museos y devolverlas al espacio público. Un digno y provechoso viaje desde el claustrofóbico museo al ágora del pueblo. Un programa que busca acercar el arte al paseante y que las estatuas invadan la ciudad, haciendo desaparecer de paso las barreras entre escultura y ciudadano. Rodin es, desde luego, el mejor embajador de esta revolución. Nadie como él para conquistar con su introspección y energía las calles, para incendiarlas de fuerza, tensión y sentimiento. Rodin el innovador, el trasgresor, el hijo de Miguel Ángel, el creador de uno de los universos más personales y fascinantes de la historia de la escultura. Un verdadero estudioso de la anatomía humana para quien el cuerpo era capaz de expresar a la perfección la psicología y los sentimientos humanos. Por eso esculpía figuras imponentes y tremendamente vivas, con expresión poderosa y manos inmensas, estatuas de bronce que parecían de carne y hueso. ‘El Pensador’ iba a formar parte de un grandioso proyecto (Las puertas del infierno) inspirado en Dante. De hecho, iba a ser la figura de Dante la que presidiese la enorme puerta monumental de bronce. Un Dante absorto, en profunda meditación, sentado en una roca, mientras concebía su legendaria obra. Detrás de él iban a estar Ugolino, Francesca, Paolo y otros personajes de la ‘Divina Comedia’. Como todos sabemos, ‘El Poeta’ se transformó en ‘El Pensador’: un hombre desnudo ensimismado, con los pies retorcidos y el puño en la boca. No se trataba de un soñador. Era un creador. Era, en último término, Rodin. Dante travestido en Rodin para siempre. ‘Los burgueses de Calais’, las otras figuras que han invadido Valladolid, representan un episodio de la Guerra de los Cien Años. Eduardo II sitió en 1347 el puerto de Calais y prometió ser indulgente con la ciudad si seis personajes principales le llevaban las llaves de la ciudad descalzos y con una cuerda al cuello. Rodin comprendió que los seis burgueses, encabezados por Eustache de Saint-Pierre, debían protagonizar una lenta procesión hacia la muerte, un rosario viviente de sufrimiento y sacrificio. Y debían de hacerlo, rompiendo con todas las normas, a ras de suelo, enfrentándose con el espectador cara a cara: la única forma de penetrar mejor en la miseria y el sacrificio del drama. Una verdadera revolución para una época que no entendió el que un grupo heroico no estuviese sobre un pedestal y que fue incapaz de comprender que las obras de Rodin eran escenografías en las que se daban la mano escultura, teatro, música, pintura: puras capillas sixtinas con alma de bronce. Ahora nos resultan más comprensibles, impactantes e hipnóticas. El museo Rodin ha viajado a Valladolid y ha sentado sus reales en una de sus calles más céntricas, vigilado de cerca por la estatua de José Zorrilla, que no sale de su asombro. Un verdadero paseo por los sentidos el pasear por la calle y encontrarte de frente con el divino Rodin. No se lo pierdan.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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