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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

VIVA LA CIENCIA

Publicado en El Norte de Castilla el 19 de marzo de 2009.

Ha sido una de las noticias más esperanzadoras y emotivas que se han producido en los últimos meses. Desgraciadamente, no ha tenido el eco mediático que se merecía. Venden más las guerras, la crisis, la corrupción política, los trajes de Camps y los safaris de Garzón. Sin embargo, la sonrisa del pequeño Andrés, de 7 años, con el fonendoscopio al cuello, esconde una historia única. Andrés sufría una enfermedad hereditaria e incurable (con una esperanza media de vida de unos 35 años): la anemia severa congénita, que le obligaba a someterse a continuas transfusiones sanguíneas. Los padres de Andrés deseaban tener otro hijo pero no querían que naciese con la misma enfermedad. Gracias a la aprobación en 2006 de la Ley de Reproducción Humana Asistida, el pasado mes de octubre nació Javier, libre de la enfermedad genética hereditaria y compatible al cien por cien con su hermano. Tras un exitoso trasplante del cordón umbilical llevado a cabo en el Hospital Universitario Virgen del Rocío en Sevilla, la maravillosa noticia es que el pequeño Andrés se ha curado. Los ojos tristes de un niño enfermo transformados de repente en ojos de vida, en los de un niño que podrá jugar, ir al colegio y vivir una vida normal como el resto de niños. Pocas noticias puede haber mejor. Una noticia que, además, abre las puertas de la esperanza para muchas personas gravemente enfermas y que supone un paso trascendental en el proceso de prevención y curación de ciertas enfermedades hereditarias. Una noticia que supone, por otro lado, el triunfo de la Sanidad Pública ya que los padres del pequeño no han necesitado ninguna posición económica de privilegio para acceder al mejor tratamiento posible. Todos deberíamos de estar satisfechos, orgullosos y contentos. ¿Todos? Pues no. La Iglesia y los medios afines a ella comenzaron a hablar de la inmoralidad de tener un hijo para salvar a otro, a decir que estas técnicas suponen «fabricar personas», que la selección de unos embriones lleva implícita la eliminación de otros… Algo parecido a lo que acaba de ocurrir en los EE.UU. donde el levantamiento de las restricciones al uso de fondos federales para investigar con células madres embrionarias ha provocado una reacción furibunda de los ‘ejemplares’ obispos americanos a los que les parece «profundamente inmoral y superflua» la decisión de Obama. No me entra en la cabeza que salvar a un niño pueda provocar este tipo de reacciones. Cualquier avance de la genética que pueda curar una enfermedad debe ser legítimo. ¿Puede haber algo más hermoso que nacer para salvar una vida? Sospecho que los que reniegan de estos avances son los que hace 400 años quemaban a los científicos en las hogueras. La religión tiene que mantenerse al margen de la ciencia, entre otras cosas porque la ciencia tiene sus comités y sus profesionales de la ética. Por eso resultan tan extemporáneas algunas actitudes. El portavoz de la Conferencia Episcopal se ha limitado a rechazar la «horrenda» técnica que permitió sanar al niño y ha dedicado todos sus esfuerzos a apoyar una campaña tendenciosa y obscenamente demagógica en la que la Iglesia acusa de proteger más al lince que a los niños. ¿Y no será que se protege demasiado a los obispos?

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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