– Para llegar a tu corazón a veces mi voz se adelgaza. La suave brisa acaricia la grieta en forma de anguila abierta en el hielo. La porcelana encantada, moldeada por mis manos, es suave y me recuerda a tu piel. Se vierte sobre mí, lleno de ti, totalmente lleno de ti.
– ¿Te gustan mis poemas o te gusto yo?
– Si está en tu corazón, es real; si no, nunca lo será.
– Sé que mi lago es artificial pero al menos está lleno de agua.
– Desde que nos vimos te he escrito un poema cada día.
– Si viajas mucho, puede que un día te ocurra alguna cosa.
– ¿No serás tú quien vive en un sueño?
– Por fin entiendo que un amante es como un espejo en el que puedes verte tú con mayor claridad.
– Te vi en un sueño, moviéndote como en un charco de burbujas. Bailabas con mucha elegancia y me consumías lentamente mientras pasaba la noche para, al final, consumirte también tú.
Un bibliotecario poeta. Una mujer hermosísima que se dedica a pintar sobre porcelana. Un tren que va y viene sin cesar y que simboliza, de alguna forma, el ansia amorosa (ella hace dos veces a la semana un largo viaje en tren para encontrarse con su amado). Metáforas visuales, fotografía de acuarela y la típica nostalgia onírica oriental. La preciosa Gong Li convertida en musa y víctima a la vez. Amores cruzados, saltos en el tiempo y la dolorosa saudade de un amor imposible. “Incluso después de que Chen Ching se fuera al Tíbet, ella siguió yendo a la ciudad dos veces a la semana, como una mujer a la que le encanta recibir flores pero lo que ya no necesita son flores”.