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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

“Todas las noticias que llegan del hospital son tan buenas, va tan bien su recuperación, que nadie se atreve a creérselo. Comparan la imagen de la caída, la foto del precipicio, con las noticias médicas y creen que es imposible”. Habla el médico del Rabobank. Pedro Horrillo sigue recuperándose de la brutal caída por un barranco de 70 metros que sufrió el pasado sábado en el Giro de Italia. Tras salir del coma, su vida no corre peligro pero el pronóstico sigue siendo reservado ya que, aunque se ha descartado que sufra lesiones en el cerebro, en órganos vitales o en la columna vertebral, la situación sigue siendo grave debido al neumotórax y a las fracturas de fémur, rótula, vértebras y tres costillas. Hace poco, Horrillo, con estudios de filosofía y maneras de buen escritor, hablaba del desencanto en el que vivía y de la tristeza por no poder proclamar a los cuatro vientos que él era ciclista. “No lo entiendo. España es el lugar en el que menos se nos quiere a los ciclistas”.

La caída de Pedro Horrillo me ha traído a la memoria otra caída similar en el transcurso del Tour de Francia de 1951. Una caída que demuestra que a los ciclistas les acompaña siempre un ángel de la guarda. Aquel suceso lo protagonizó Wim Van Est, el primer holandés que vistió el maillot amarillo del Tour. Un gran rodador con un magnífico historial, sobre todo en pruebas homéricas como la Burdeos-París, una maratón de 586 kilómetros que ganó en dos ocasiones. En el Tour de 1951, al llegar a Dax, Van Est se vistió de amarillo. En la etapa siguiente, sin embargo, mientras descendía a tumba abierta el Aubisque, cayó al suelo un par de veces. Era el presagio de lo que vendría después, cuando se salió de la carretera y cayó aparatosamente por un inmenso barranco. La angustia que se vivió durante unos minutos quedó reflejada en las fotos del rescate que adornaron todos los periódicos de la época. En un principio, se pensó que Van Est había muerto, ya que permanecía inmóvil en el fondo del barranco. Cuando comprobaron que no era así, los espectadores y la gente de la organización se encontraron con el problema de cómo rescatar a Van Est del agujero sin fondo en el que se encontraba. Todos, eso sí, sabían que debían actuar con rapidez. Finalmente, al McGiver de turno se le ocurrió coger tubulares de bicicleta e irlos enlazando formando una cadena. Así fue como rescataron a Van Est y le sacaron de aquel pozo antes de llevarle al Hospital de Tarbes. El ángel de la guarda de los ciclistas había vuelto a hacer bien su trabajo.

Temas

ciclismo

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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