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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LAS NIÑAS DE KABUL

Publicado en El Norte de Castilla el 21 de mayo de 2009.

Leí el otro día en la versión digital de El Norte de Castilla una noticia que hacía referencia a la agresión que había sufrido una familia colombiana por parte de un joven quien, tras ser recriminado por circular a gran velocidad, se bajó del coche y dio unos cuantos puñetazos a una señora y a su hijo. No me extrañó la noticia (por desgracia, casos parecidos se dan con indignante frecuencia) pero sí la reacción de la gente. En su inmensa mayoría, los internautas daban la razón al presunto agresor y cargaban contra la familia colombiana. Lo hacían únicamente por eso: porque eran colombianos. Muchos iniciaban su diatriba con esa frase tan recurrida y mosqueante de “yo no soy racista pero….”. Curiosamente, ese mismo día se hacía público un informe de SOS Racismo según el cual “la política y los discursos del Gobierno están fomentando la xenofobia al vincular crisis e inmigración”. Ya se sabe que en época de crisis no hay nada más sencillo que echar la culpa a los de fuera. Amenazador caldo de cultivo para ser aprovechado por los fascismos de turno. De hecho, algunos buitres ya se frotan las manos. ¿De qué nos suena todo esto? Los foros echan chispas por todos los lados cuando se trata el tema. O cuando se tratan otros como el sacrosanto fútbol. En los últimos días algunos aficionados gijoneses no paran de insultar a toda una ciudad amenazando con quemar Zorrilla el próximo sábado por culpa de unas entradas de fútbol. Desde luego, cuesta entender que se ofenda e injurie gravísimamente a todos los vallisoletanos por el simple hecho de que una sociedad anónima haya decidido vender caro su producto. Es lo que tienen estas cosas. Otros se mosquean porque Soraya haya quedado penúltima en Eurovisión con una canción que, objetivamente, no es peor que la ganadora: las dos son pura excrecencia musical. ¿Es tan difícil mandar a la mierda a un festival de música que no se rige por la música sino por criterios políticos o de proximidad geográfica? Italia ya lo ha hecho y no se ha caído la torre de Pisa.

Vienen todos estos dimes y diretes a cuento de una noticia que me ha revuelto las tripas y que apenas ha tenido repercusión. Es el tremebundo caso de las niñas afganas que se ven obligadas a dejar la escuela por el acoso talibán al que se encuentran sometidas. Atentados con ácido, asesinatos, quemas de escuelas, secuestros y violaciones. Todo vale con tal de que las mujeres, seres infrahumanos para los talibanes, no reciban ninguna educación. En los últimos meses, 138 estudiantes y maestras han sido asesinadas; otras 172 han sido heridas; unas 650 escuelas han dejado de funcionar tras ser atacadas o incendiadas. “Estoy muy triste, ¿qué pasó en mi escuela? Yo sólo quiero estudiar”, escucho decir a una niña que ha sido atacada con ácido sólo por cometer el terrible pecado de ir al colegio. Esto, desde luego, no importa nada ni genera debate. Nos encendemos con temas como la maldad de los extranjeros que nos quitan los puestos de trabajo, las caras entradas del fútbol o el penúltimo puesto de Eurovisión. Eso cuando no nos aburren con la comunión de la hija de Belén Esteban o con el faraónico nuevo proyecto de San Florentino. Las niñas de Kabul, claro, quedan muy lejos.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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