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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LOS EVANGELIOS FUTURISTAS DE LEONARD COHEN

Publicado en el suplemento ARTES de “El Norte de Castilla” el 25 de julio de 2009

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Desde su retiro en un monasterio zen, allá por los años noventa, Leonard Cohen se ha convertido en una especie de monje budista. Ha dejado las drogas. También ha dejado de luchar con el sexo y con el tabaco. Ya había decidido tener una jubilación tranquila, sin editar discos, sin estar en el centro de los focos y, por supuesto, sin hacer giras. Desgraciadamente, nuestro poeta descubrió un día que su ex-manager le había dejado en la ruina. Tuvo que desempolvar poemas, editar dos nuevos trabajos y volver a la carretera, embarcándose, a sus 75 años, en una agotadora gira mundial durante año y medio. En España aterrizará el 31 de julio en el Arena León. Luego, regresará en agosto y en septiembre. Nos reencontraremos con su voz dorada tras 16 años de ausencia. Eso sí, el año pasado, y en medio de la gira mundial, estuvo como invitado en el famoso y multitudinario Festival de Benicassim. Allí, los jóvenes fibers alucinaron con el abuelo y con la paz espiritual que derramó durante una hora de concierto. En un templo acostumbrado al ruido y al decibelio, las oraciones budistas de Leonard Cohen dieron la vuelta al ruedo.

El público español lleva una eternidad esperando volver a escuchar su voz profunda, densa y sobrenatural. El vals de ‘Dance me to the end of love’ está marcando el inicio de los recitales. Una ceremonia privada de absoluta belleza protagonizada por himnos de esperanza, rezos colectivos, larguísimos ruegos a amantes imposibles y el éxtasis místico sobre los escenarios de un poeta iluminado que mira al cielo para gritar sus oraciones. Desde su lejana torre de madera, la de “Suzanne” (porque los amores locos no se olvidan jamás), Leonard Cohen sigue regalándonos todo un tsunami de amor y saudade con su voz drogada de nicotina y alcohol, mientras continua susurrándonos al oído versos épicos, existencialistas, románticos y humanistas. Un mundo, el suyo, que se mueve en el extraño espacio que hay entre la lujuria y la tristeza, un mundo de pájaros en el alambre, de borrachos en coros de medianoche, un mundo perdido en las pasiones de la fragancia, en los harapos del remordimiento. Por eso se ha pasado toda la vida saludando desde la otra orilla del dolor y la desesperación, brindando por el corazón sin amante, por el alma sin rey, por la primera bailarina incapaz de bailar nada, anhelando nadar en el mar y que su corazón pueda descansar de tanto desgarro, intentando olvidar lo inolvidable (“hace tiempo encontré a una mujer de pelo tan negro como el negro pueda ser, era una profesora del corazón, dulcemente respondió no”).

Leonard Cohen es un soldado de la vida, un borracho de elegante luto, un romántico enamorado de perdedores, prostitutas y proscritos. Leonard Cohen es mitad lobo-mitad ángel, es el amante que Lorca nunca tuvo, es la espina de la noche en nuestro pelo, es la lanza del tiempo en nuestro costado. Nació unos meses antes que Elvis Presley y se enamoró en el Hotel Chelsea, el mismo hotel por donde vagabundeaban Joan Baez, Bob Dylan, Jimmy Hendrix o Janis Joplin. Ha vendido más de quince millones de discos, ha publicado once libros de poesía y dos novelas. Ha seguido la senda de Dylan y de Brel, de Lord Byron y de Lorca. Precisamente, la versión en inglés del poema “Pequeño vals vienés”, perteneciente al poemario “Poeta en Nueva York”, marcó el comienzo de los cuatro evangelios futuristas. El epílogo de una obra inigualable. La tetralogía del amor y la saudade. La Biblia que muchos de sus fans tienen encima de la mesilla de noche. Los cuatro últimos álbumes de estudio del poeta canadiense. En ellos casi desaparece la guitarra que siempre le había acompañado y toman protagonismo las programaciones de máquinas de ritmo y los sintetizadores. Son canciones que casi se podrían bailar en discotecas, con ritmos quebrados y preciosas voces femeninas apoyando los estribillos; instrumentaciones esqueléticas y maquinales sobre las que cabalga la inigualable poesía de Leonard Cohen. Son los cuatro evangelios futuristas que el poeta iluminado nos ha regalado en los últimos 20 años. Una buena parte de sus temas serán escuchados en los nueve conciertos españoles.

I’M YOUR MAN (1988)


Considerado una especie de regreso musical, en parte por la poca promoción que tuvo su anterior trabajo y en parte por el profundo giro musical llevado a cabo, “I’m your man” se convierte, de inmediato, en un gran éxito y en la confirmación de que el comandante de campo Cohen está en plena forma. “Todos estamos heridos, primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín”, susurra en el himno apocalíptico que abre el disco: se trata de un tema crítico con el sistema empresarial y financiero, especialmente con su antigua compañía discográfica que lo abandonó tras veinte años de relación comercial. Un tono iluminado y casi evangélico sostenido por cajas de ritmo y programaciones variadas permite a Leonard Cohen hacernos una proposición de amor irrechazable: “Si quieres un boxeador, saldré al cuadrilátero. Y si quieres un doctor, examinaré cada centímetro de tu cuerpo. Soy tu hombre. Me arrastraría hasta ti. Y caería a tus pies. Y aullaría a tu belleza como un perro en celo”. La única esperanza ante la desolación de los nuevos tiempos está en el amor, una droga eterna para la que nadie ha encontrado cura: “Los libros sagrados abiertos, los doctores trabajando noche y día, pero nunca encontrarán esa cura para el amor. No necesito que me perdones por amarte tanto. Está escrito en la Biblia. Está escrito con sangre. E incluso oí a los ángeles proclamándolo en las alturas. No hay cura para el amor”. Desgraciadamente, y eso lo sabe bien Leonard Cohen, el terrible paso del tiempo arrasa con todo, especialmente con el amor o con lo que queda de él: “todos los puentes que pudimos cruzar ahora están ardiendo, pero me siento tan cerca de todo lo que perdimos: no tendremos que volver a perderlo”. Para muchos, la obra maestra de Leonard Cohen.

THE FUTURE (1992)


En 1992, tras una desconcertante relación con la actriz Rebecca de Mornay, Leonard Cohen se recluyó en un monasterio de monjes Zen cerca de Los Ángeles. Por entonces, salió al mercado “The future”, una obra de redentora belleza alquímica que mezcla lo melancólico y lo perturbador, en la que todos los miserables poetastros aparecen intentando sonar como Charlie Manson, en la que la sabiduría de Johnny Walker es generosa, en la que el violinista toca cosas tan sublimes que las mujeres se arrancan las blusas y los hombres bailan sobre telas de lunares, en la que la nueva tecnología instrumental y la nueva voz ronca se mezclan con suspiros, gritos y besos hambrientos. En “The future” regresamos al ropaje depresivo, al desasosiego y a la certeza de que el amor es el único salvavidas que nos queda, por eso siempre estamos esperando el milagro (“He estado esperando tanto tiempo tu beso, esperando que pasara algo así”), aunque todos sabemos que nunca llegará (“No quiero que el amor vuelva a hacerme daño: así que no me des el mundo hoy y me lo quites mañana, no me hagas eso, cariño”). La particular visión de Leonard Cohen acerca del futuro se resume en la máxima filosófica que protagoniza el disco: “Devuélveme el muro de Berlín, dame Stalin y San Pablo, dame Cristo o Hiroshima, he visto el futuro, hermano, y es un crimen”. El pesimismo existencialista desgarra un mundo en el que parece que todo está oscuro y nieva continuamente: “el río ha empezado a helarse y estoy harto de fingir. Estoy roto de inclinarme. He vivido demasiado tiempo de rodillas”. Desde el principio, “The future” se convirtió en una piedra preciosa capaz de devolvernos nuestras noches rotas, de llenar nuestras habitaciones de espejos, de susurrarnos al oído nuestras vidas secretas.

TEN NEW SONGS (2001)

Tras nueve años encerrado en un convento budista, el gran poeta de la música regresó con un nuevo disco titulado sencillamente “Ten new songs”: diez temas de belleza devastadora tratados con tono intimista y susurrados por la voz profunda de amante fumador y alcohólico que siempre caracterizó a Leonard Cohen, tal vez más profunda, ebria, triste y susurrante que nunca. La aureola mística de su figura y de su música permanece intacta y los jirones de voz de Leonard Cohen siguen meciéndose con la poesía y las seductoras e imprescindibles voces femeninas que siempre le acompañan. Ahora, las nuevas melancolías llegan envueltas en un agradable sentimiento de paz interior, como si gracias a la oración zen y a la insoportable dictadura del tiempo, el viejo poeta se hubiera librado por fin de la tiranía del deseo (“Confinados al sexo, empujamos contra los límites del mar. Vi que no quedaban más océanos para los carroñeros como yo”). Sin embargo, nada es tan sencillo como nuestras vidas secretas: “Me muerdo el labio, compro lo que me dicen: desde el último éxito a la sabiduría del viejo. Pero siempre estoy solo y mi corazón es como el hielo y está atestado y frío en mi vida secreta”. Seguimos teniendo al mismo poeta cantando a los viejos amores que han quedado a un millar de besos de profundidad, al poeta que cierra el Libro del Deseo, al que pertenece por fin a Babilonia, al poeta de los crucifijos descruzados, al que vaga por la oscuridad de los ríos, al que regresa eternamente a la calle Boogie (“todavía recuerdo los placeres que conocimos, los ríos y la cascada donde me bañé contigo. Allí estaba, tan extasiado por tu belleza, que me habría arrodillado para secar tus pies”). La vieja historia del hombre despechado que ha amado a la mujer equivocada (“Barrí las salas de mármol, pero tú me tiraste por tierra. Me impediste creer, hasta que me permitiste saber que yo no soy el que amas”), el perdedor que nos recita oraciones sobre la evanescencia y derrota del amor, el poeta que echa mano de Kavafis y despide para siempre a su gran amor que se marcha mientras caen sobre él las voces y el vino. “Ten new songs”, un disco de una belleza tan deslumbrante que, realmente, duele. “Te echo tanto de menos, no hay nadie a la vista, y todavía estamos haciendo el amor, en mi vida secreta”.

DEAR HEATHER (2004)
A los 70 años, Leonard Cohen editó su último álbum de estudio hasta la fecha, el último de sus cuatro evangelios futuristas. Una vuelta de tuerca más a un mundo poblado por versos crueles y contundentes, textos apocalípticos, canciones amargas, tristes y solitarias apoyadas en los temas de siempre: en el amor, en la soledad, en el odio, en el paso del tiempo. Ahora, viejo y cansado, el canadiense de sangre judía y alma mediterránea, el hippie existencialista, el mujeriego irredimible, el poeta, músico y monje zen hace un repaso de sus soledades y misterios. Cínico en su herida y taimado en su desesperación existencial nos entrega un disco meditabundo repleto de bellas y elegantes canciones que lucen una digna resignación: “Ellas se desnudan, cada una a su manera, y dicen, mírame, Leonard, mírame por última vez; luego se inclinan sobre la cama y me cubren como a un bebé que está temblando”. Nos obsequia un intenso y particular homenaje de dos minutos al 11-S (“¿enloqueciste o te hiciste presente el día en que hirieron a Nueva York”) y reclama para todos el territorio torpedeado de la paz (“una cruz en cada colina, una estrella, un minarete, tantas tumbas que llenar; amor, ¿no estás ya cansado?). Su voz ronca, áspera, profunda y oscura, respaldada por preciosas y cristalinas voces femeninas, sigue escupiendo el desamor (“estoy en ruinas detrás de ti”), la angustia de la derrota (“luché contra la botella pero debí hacerlo borracho”), la desesperanza (“hay una guerra entre el rico y el pobre, entre el hombre y la mujer, entre el de izquierdas y el de derechas, entre el blanco y el negro, hay una guerra entre los que dicen que hay una guerra y los que dicen que no la hay”) y la certidumbre de su fracaso (“el juez no tiene otra salida: el cantante debe morir por tener la mentira en su voz”). El perfecto epílogo para un poeta al que sólo le falta el Premio Nobel.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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