GRITOS Y SUSURROS

Publicado en El Norte de Castilla el 3 de septiembre de 2009

Ha pasado ya un mes. Un largo mes de fuego y memoria inflamada. El último día de julio cantó Leonard Cohen en León y el primer día de agosto tocó Bruce Springsteen a la puerta de casa. Uno, hijo de Lord Byron y Lorca. El otro, de Elvis y Jim Morrison. Todavía no nos hemos recuperado. No todos los días te visitan dioses. Los dos han atravesado el siglo XX con rabia, poesía y fe. Uno se despedía para siempre y el otro seguirá incendiando estadios pero es difícil que vuelva a bailar el Twist & Shout con José Zorrilla. Uno es un chamán de la lírica el otro el mayor gurú de la épica. Susurros y gritos. Dos formas muy distintas de alcanzar esa cosita tan necesaria de la Belleza.

Leonard Cohen llegó con un violín en llamas y nos llevó bailando hasta el final del amor. Como un borracho en un coro de medianoche, buscó la libertad y buscó amigos con su sombrero y su elegante traje negro. Lo hizo a pesar de que sus profecías resultaron dolorosas y certeras. Nos recordó que el futuro es un crimen y que no hay cura para el amor. Se arrodilló en el particular Getsemaní de su adiós y se desnudó, a mil besos de profundidad, con toda la belleza del perdedor. Se despidió para siempre de Marianne y de Suzanne e inundó la ciudad de plegarias. Era la hora de echar el telón. El final de la generosa sabiduría de Johnny Walker. El poeta cogió del brazo a Sharon Robinson y se perdió tras el león de la luna.

Al día siguiente el poeta místico dejó paso al poeta de los chevrolets ardiendo, de los corazones solitarios y de las autopistas atascadas de héroes callejeros. El himno ‘Badlands’ dio el pistoletazo de salida. Fue el principio del delirio. Una coctelera de brujos cojos, ninfas interestelares, ojos de taberna que brillaron vacíos, ratoneras llenas de cruzados del soul, amantes que llevaban años sin verse y bailaban sobre el mismo césped, besos franceses y truenos en el corazón. La mitad de una fiesta en la ciudad de un solo perro, brillantes ojos ardiendo esperando la señal del levantamiento, 34.000 personas prisioneras de sus sueños y bailando en la noche repleta de luz. Bruce se mezcló con la gente y subió a una afortunada a bailar con él. También recogió tarjetas de princesas llenas de recuerdos. Peticiones de cartón que se transformaron en un viejo jukebox en el que escogíamos las canciones. Regaló a una chica que cumplía 14 años el ‘Surprise, surprise’ y se picó con un cartel que, jugando con el doble sentido de la palabra balls, decía: «Si tienes huevos toca Great Balls of Fire». Jerry Lee Lewis no lo hubiese hecho mejor. El puto jefe. No necesita efectos especiales, escenarios giratorios ni puestas en escena grandiosas para regalarnos tres horas de bailes en la oscuridad, de callejones repletos de derrota y de amores de contrabando. El evangelio de Springsteen. Un evangelio con olor a gasolina dentro de una noche de éxtasis colectivo para miles de corazones hambrientos, de hermanos de sangre unidos en la noche tormentosa de verano. La luna se alzó y desnudó la tierra hasta los huesos. Un hijo de Jesse James había obrado el milagro. Nunca entenderé a los que no quisieron ir. Se perdieron el concierto del siglo en Pucela. Habrá otras oportunidades, dicen. No saben que nunca será como ésta.

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