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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

BENITO SUPERSTAR

Publicado en El Norte de Castilla el 17 de septiembre de 2009

Era un dandi del pincel, un dibujante exquisito, el ilustrador más memorable y versátil de Vogue. Fue el mayor cronista de los felices años 20, el pintor por excelencia de la mujer elegante y el más importante representante del art decó. Eduardo García Benito se formó en su Valladolid natal y, gracias a una beca del Ayuntamiento, acabó en París compartiendo pinceles con Picasso, Modigliani, Juan Gris, Manet, Gauguin, Julio González y Matisse. Muy pronto, las más prestigiosas publicaciones de prestigio reclamaron sus obras. El célebre modisto Paul Poiret le presentó al editor americano Condé Nast y con él trabajó durante casi treinta años, convirtiéndose en la imagen de las míticas revistas ‘Vogue’ y ‘Vanity Fair’ para las que creó un sinfín de portadas. Vivió entre París y Nueva York y amasó una fortuna considerable. El crack del 29 y la II Guerra Mundial le arruinaron por dos veces. Nunca quiso adherirse a ningún grupo vanguardista ni pasar por el aro de los marchantes, lo que no impidió que conservase prestigio y caché (incluso pintó el retrato del Jefe del Estado francés y el de los emperadores de Indochina). Viajó a lo largo de su vida por varios estilos y se quedó para siempre en el estilo Benito. En su coctelera maravillosa de formas geométricas, trazos ágiles y dinamismo encantador, con evidentes ecos de Modigliani, convivieron el fauvismo, el expresionismo, el constructivismo y una especie de cubismo estético. Una nueva mujer, la mujer Benito, protagonizó toda una revolución en la moda. Ella acaparó, casi en su totalidad, las portadas de las revistas de moda que Benito dibujaba con gran riqueza colorística y valor decorativo. Era una mujer de rasgos exquisitos, refinada, cosmopolita, moderna, atrevida. Una mujer independiente que fumaba en público y que se había convertido en la estrella de las elitistas fiestas de Nueva York. Pero Benito era mucho más: un genio de la pintura, del diseño, del grafismo, de la caligrafía. Fue figurinista, rotulador, dibujante, ilustrador, decorador de mansiones en Hollywood. Escribió artículos (la mayoría en EL NORTE DE CASTILLA), una novela, ensayos de arte, cuatro obras de teatro e, incluso, tradujo ‘El Buscón’ al francés. Sin embargo, a pesar del descomunal éxito, Benito deseaba regresar a Valladolid para reencontrarse con el adolescente que dejó atrás. Nadie entendía que quisiese cambiar las orillas del Sena o los rascacielos de Nueva York por su ciudad natal. «¿Qué voy a hacer yo en París o en Washington, si lo que me gusta es comer cocido y jugar al dominó con mis amigos?», repetía él. Su gran ilusión consistía en crear un Museo de Arte Contemporáneo, al que estaba dispuesto a donar 300 dibujos originales y 100 óleos. Los políticos y la penuria económica tiraron para atrás el proyecto. Ahora ha regresado a casa. Curiosamente, lo ha hecho al Museo de la Pasión, el lugar que Benito había propuesto como Museo. Y lo ha hecho con una exposición imprescindible titulada ‘Los años en Nueva York. Ilustraciones para Vogue y Vanity Fair’, un espejo sublime de aquellos felices años 20. Es el momento de rendir pleitesía al gran Benito. Este país, y no digamos esta ciudad, debería de cuidar mucho más sus referentes culturales.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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