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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LA MOVIDA

Publicado en El Norte de Castilla el 11 de febrero de 2010

Se celebra esta semana el aniversario de la mítica Movida madrileña. Fue el 9 de febrero de 1980 cuando unos jovencísimos músicos se reunieron en la Escuela de Caminos para homenajear a Canito, batería de Tos (más tarde, Los Secretos). Tocaron un puñado de grupos emergentes y novatos, entre ellos Alaska y los Pegamoides, Mamá, Nacha Pop y Paraíso. El concierto se retransmitió por TVE y supuso el pistoletazo de salida de lo que posteriormente se denominó la Movida. Eran años difíciles, de censura y represión política, con un panorama cultural desolador. Aquellos chicos de pantalones ajustados, pelos teñidos y enamorados de la moda juvenil llegaron dispuestos a pasar de un mundo en blanco y negro a otro multicolor. Enarbolaban la bandera de la frivolidad, del desparpajo y de la trasgresión. La movida fue la cara amable y cachonda de la Transición política y resultó crucial en un momento especialmente delicado, con un país inestable zarandeado por intentos de golpes de estado, por una ultraderecha activa, por una ETA sanguinaria, por un paro terrible. La movida fue, sobre todo, libertad, frescura, espontaneidad, deseo salvaje de salir del oscurantismo. Hubo un interés desaforado por la cultura alternativa, por lo ‘underground’, por todo lo prohibido y por todo aquello que nos habían robado durante cuarenta años. La Movida fue la banda sonora de nuestra juventud, pero también fue el cine de Almodóvar, las columnas de Umbral, ‘La Bola de Cristal’, los dibujos de Ceesepe, las fotos de Ouka Lele y un sinfín de hitos culturales. La movida, sin embargo, terminó muy rápido y dejó por el camino muchos mártires. Los excesos y el vértigo acabaron con ella. También el éxito. Los héroes de aquella revolución alternativa empezaron a sonar en ‘Los 40’. La industria los fagocitó y la juventud se nos quedó atrás. Seguí a todos aquellos grupos desde sus primeras actuaciones. No sé si sentirme orgulloso o sentirme viejo. A veces uno mira por la ventana del pasado y se alegra de haber estado allí, de haber formado parte de aquello, de seguir dando besos a la chica de ayer, de haber nacido en el Rock-ola y continuar vivos. Lo mejor de aquella época: que éramos jóvenes. Lo peor: el Rock-ola convertido en un supermercado. Nuestra juventud convertida en un supermercado de recuerdos.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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