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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

EL PRINCIPIO DEL CAMINO

Publicado en El Norte de Castilla el 12 de marzo de 2010

Siempre que hablo de Delibes recuerdo “El camino”. Camino de aprendizaje. Camino de enamoramiento. Camino de deslumbramiento. La strada felliniana en campos de Castilla. El Duero machadiano pasado por la turmix del Pisuerga y de “el Mochuelo”. La profesora linda y novata que consiguió domar a cuarenta potrillos con el lenguaje preciso y deslumbrante de Miguel Delibes y su camino de vida. Recuerdos y más recuerdos de una época dorada, mis once años, la edad de “El Mochuelo”, cuando una jovencísima profesora de literatura nos obligó a leer “El camino”, nuestra primera novela, nuestro primer libro serio, literatura de mayores, Literatura con mayúsculas. Delibes publicó “El camino” en 1950: sesenta años ya de caminos de jardines que se bifurcan en la memoria. Sesenta años de nostalgias y lágrimas. La infancia que se asoma al abismo de la aventura perdida para siempre. Un viaje desolador y emotivo a partes iguales que nos lleva a un territorio único e irrecuperable. Todo eso era “El camino” y también muchas cosas más. El Mochuelo, hijo del Quesero, que abandona el pueblo para “progresar” en la ciudad. Las travesuras de tres niños (el Moñigo, el Tiñoso y el Mochuelo) tiznados con el sol bendito de la infancia, la patria única, la patria perdida. “El camino” no fue la primera novela de Delibes (antes de ella nos había regalado “La sombra del ciprés es alargada” y “Aún es de día”) pero yo siempre lo he considerado el gran libro del Maestro, el verdadero pistoletazo de salida de una carrera prodigiosa. Curiosamente, la meta de esta maratón de literatura única fue un libro único por sorprendente e imprevisible. Cuando los popes de la literatura más afilaban los cuchillos contra el boom de la novela de género y contra el despegue mediático de la novela histórica, el intocable (por clásico, por autor mayor, por currículum y por bemoles lingüísticos) don Miguel Delibes se saca de la chistera, como un mago prodigioso y abracadabrante, “El hereje”, friso narrativo del Valladolid del siglo XVI. El canto del cisne de nuestro autor más influyente y memorable. Porque, desde entonces, la Plaza de la Fuente Dorada ya sólo es el lugar mágico donde confluyen la procesión de los condenados y la comitiva real antes de desembocar en la Plaza del Mercado y revelarnos el Auto de Fe. Porque Cipriano Salcedo camina todos los días con nosotros por la ciudad. Porque todos nosotros muchas veces paseamos por la calle de Santiago con la mirada puesta en el “brasero de herejes” situado en el Campo de Marte donde paradójicamente (o no) hoy sólo hay cisnes y pavos reales de Rubén Darío. “La cabeza de Cipriano había caído de lado y las puntas de las llamas se cebaban en sus ojos enfermos”. Y Miguel Delibes no volvió a escribir….

De “El camino” a “El hereje”. El hereje del camino. El camino de la herejía. El camino herético de la Literatura a la Gloria. Delibes en Mi Menor. Todo está en Delibes. Hay mucha literatura pero toda está en Delibes, podrían decir los mayores fanáticos de la obra del vallisoletano. Y es cierto, incluso para los que navegamos por aguas extrañas al mundo “delibesiano”. Incluso para los que nunca acabamos de entender muy bien la filosofía del personaje “castellano y montaraz hasta el corvejón”. Da lo mismo. Delibes no puede morir porque hace tiempo entró en el Olimpo de los escritores inmortales. Como vallisoletanos nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por haber escrito toda su obra con tinta pucelana. De Valladolid al cielo de Cervantes. Hoy más que nunca me siento el Mochuelo, el niño que vela a su amigo para dejar de ser niño. Hoy no es el final del camino. Es el principio.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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