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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

PEREC EL PRESTIDIGITADOR

Publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento cultural de “El Norte de Castilla”, el 20 de marzo de 2010

Desde hace mucho tiempo tengo a Georges Perec como mi particular geniecillo de la lámpara maravillosa, un maestro con perilla mefistofélica y pelos de sabio loco al que siempre acudo en busca de nuevos juguetes para mis artificios literarios. Le conocí gracias a la memorable “La vida instrucciones de uso”, un monumental puzzle lleno de historias y juegos desmenuzados por un narrador que, avanzando como el caballo del ajedrez, recorre capítulo tras capítulo las cien viviendas de un inmueble parisino. A partir de ese momento, me enamoré de él y me adherí para siempre a la literatura que él propugnaba. Una literatura en la que la memoria, la manipulación de las estructuras narrativas y la fascinación por las palabras y por los juegos se convirtieron en los pilares fundamentales con los que construir una de las obras más fastuosas y originales de la historia de la literatura (“Georges Perec es, sin duda, el novelista más grande de la segunda mitad del siglo XX”, llegó a decir Roberto Bolaño). Perec me descubrió la literatura lúdica, la literatura entendida como un juego, algo por otro lado muy borgiano. Perec escribió, por ejemplo, “La disparition”, una novela en la que no aparece en ningún momento la letra e. Luego escribió “Les revenentes”, una novela construida con la e como una única vocal. Sus juegos lingüísticos y sus trucos de ilusionista no terminan ahí: lipogramas, heterogramas, anagramas, crucigramas, palíndromos, cronogramas…. Su obsesión por la memoria y por la arqueología de los recuerdos la mezclaba prodigiosamente con su vocación por los catálogos, por las listas, por los objetos, por las interminables enumeraciones. En su literatura todo valía y se transformaba en originales malabarismos literarios: enloquecidas tramas detectivescas enriquecidas con toques folletinescos y de novelas de aventuras, guiños literarios y homenajes continuos a otros autores, una lista de pinturas colgadas en una galería de arte, variaciones sobre una receta de cocina, enumeraciones jugosas encabezadas por “Me gusta” o por “Me acuerdo”, 243 postales que no recogen otra cosa que el texto de otras tantas postales enviadas por el autor, enumeración de algunas de las infinitas posibilidades de ordenar los libros de una biblioteca, etc. La lista es interminable. El juego para él era un elemento tan imprescindible que su literatura no es otra cosa que la excitante aventura de ver cómo ha sorteado las trampas que previamente se ha tendido a sí mismo. La filosofía de Perec consistía en autoimponerse unas reglas de juego y hacerlas coincidir con su deseo de contar una historia. Eso fue, precisamente, lo que me empujo a unirme incondicionalmente a la religión perecquiana, a convertirme en un hijo de Perec. Así, en mi primera novela, construí una serie de 26 capítulos en base a otras tantas constricciones sobre las letras del alfabeto español. En el primer capítulo no podía aparecer la letra a, en el segundo la letra b, en el tercero la letra c, y así sucesivamente. En mi segunda novela el protagonista es un fanático de los palíndromos, de las frases capicúas, y el libro está lleno de ellos. Por supuesto no me quiero olvidar de mi fastuosa experiencia con el blog de El Norte de Castilla en la que participaron más de 600 personas que me regalaron su particular colección de “Me acuerdos” y que espero algún día poder organizar y publicar. En realidad todas mis novelas están llenas de juegos perecquianos (en la tercera aventura de mi detective de libros Ariel Conceiro, “El viaje de invierno” será una referencia fundamental) porque siempre trabajo con constricciones, algunas tan sencillas como establecer una serie de palabras, citas, alusiones o referencias que deben formar parte obligatoriamente del capítulo a escribir. Es un método muy bueno para hacer excitante la escritura y para hacer un corte de mangas al tremendo abismo de la página en blanco. De esa forma ya no existe la página en blanco. Hay un crucigrama del que sabemos algunas cosas y que hay que rellenar para darle sentido: la constricción se convierte en un estímulo que abre la puerta a la imaginación. Porque no hay que olvidar que detrás siempre hay una historia. Perec lo sabía. Por eso, a pesar de ser un gran experimentador, no paraba de regresar y citar a Julio Verne, su autor favorito. Y por eso, siempre que comienzo a escribir, me encomiendo a Georges Perec que está en los cielos.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


marzo 2010
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